Hace año y medio vi, estuve con, y le di mi enhorabuena a, Javier Donézar por última vez. La oportunidad tuvo lugar en el salón de actos de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Madrid, con motivo del homenaje que una nutrida nómina de autores optamos por rendirle (El poder de la Historia. Huella y legado de Javier Mª Donézar Díez de Ulzurum/ Pilar Díaz Sánchez; Pedro Antonio Martínez Lillo; Álvaro Soto Carmona (coords.); Miguel Artola Gallego (pr.). Ed. Universidad Autónoma de Madrid, 2014, 2 vols.).
Javier Donézar estaba, prácticamente, recién jubilado, y de lo que se trataba, justamente, era de consagrar al historiador emérito con una miscelánea de contribuciones, tan merecidas como inspiradas.
Javier estuvo feliz aquel mediodía. Se lo leía en el rostro. De su estado de ánimo dio cuenta su alocución al público universitario y de su entorno familiar y próximo que colmábamos el salón de actos. El nuevo profesor emérito (catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad Autónoma de Madrid) recuperó su humor contenido de siempre.
Propio es de un profesor maduro saber recurrir al sentido del humor cuando la natural seriedad del protocolo académico impone un comedimiento -verbal, gestual incluso-, apropiado a la ocasión, aunque convenga distenderlo con algunas ráfagas de ironía afable. Así, creo recordar que lo hizo Javier.
Quien redacta estas líneas había convivido con Javier Donézar durante un decenio de tareas docentes, de reuniones departamentales y de alguna que otra charla de cafetería sobre los tiempos nuevos que estábamos viviendo.
Corrían los años de la Transición, y variopintas iniciativas florecían en no pocas universidades de España. La Autónoma, en Cantoblanco, encarnaba la confirmación de un estado de ánimo que oscilaba entre la euforia del nuevo horizonte político que se avizoraba en todo el país y la cautela que inspiraban los tiempos nuevos con su derroche de expectativas ilusionantes.
Javier Donézar, en mi recuerdo, mantuvo un cabal equilibrio en aquellos momentos, difícilmente olvidables; cabal equilibrio, que no se me borrará del recuerdo. Javier puso siempre una nota de afable escepticismo hacia aquellos que fuimos algo más vehementes durante el período de la transición política dentro del ámbito universitario.
Además de ser un respetado investigador y autor de manuales y antologías documentales de provechosa utilidad para los estudiantes, quiero también recordar a Donézar -como muchos solíamos llamarlo- en aquella jornada de reconocimiento, no solo académico, sino de su entrañable personalidad; jornada a la que nos sumamos ahora, de nuevo, muchos de sus amigos. Porque Javier, en vísperas de este mayo, caluroso y lluvioso, se nos ha ido a mejor mundo sin previo aviso. Eso sí, con una discreta sonrisa, bañándole el semblante.