“No recuerdo el ‘Tamudazo’ y no me interesa lo más mínimo”, espetó Luis Enrique Martínez en la previa del derbi de la Ciudad Condal que ilumina la pugna por el liderato en esta deliciosa trigésimo séptima jornada de Liga. La edición más ceñida de la historia de los campeonatos domésticos afronta este domingo el penúltimo capítulo de su recorrido, comprimido en la contemporaneidad de las 17:00 horas y a una altura en la que cualquier resbalón, discursivo, psicológico o ejecutivo, adquiere la carta de condena ad aeternum, cuando el título todavía se maneja en un baile de un punto entre Barcelona, Atlético y Real Madrid. Por todo ello, lo ajustado del brete, y en base a la urgida necesidad por degustar algo de éxito después del abrasivo sinsabor continental padecido, pareciera que el técnico asturiano se empeña en la negación como argucia. Practicó dicha maniobra de manera sistemática cuando arreciaba el proceso de decrepitud motivacional y anatómica que cauterizó más de una decena de puntos de colchón, y la desempolvó ahora que el aire sopla como brisa y no como vendaval. El 9 de junio de 2007, la reputación icónica de Raúl Tamudo trascendió de Montjuic a Chamartín por mor de un angulado aguijonazo, clavado a Víctor Valdés en el Camp Nou y en el minuto 90, para refrescar la mohosa rivalidad barcelonesa y evocar que Fabio Capello engrosara su currículo ganador al entregar al gigante capitalino un improbable entorchado en el torneo de la regularidad. Pero tal episodio no existe. O no debe existir. El entrenador que disparó la competitividad en Can Barça hasta el triplete durante el curso precedente no contempla abrir ni una pulgada de espacio a los fantasmas históricos ni presentes. El cortafuegos dialéctico sobreviene porque el contexto de aquel burbujeante desenlace se reproduce, casualmente, en 2016, cuando un Espanyol sangrante por sentirse perseguido en su labor antagonista del transatlántico culé se atraviesa en el camino y Lucho ha de autografiar, todavía, la vigencia de su legitimidad para proseguir como patrón.
La uniformidad de las voluntades ha de sentirse rotunda y extremada para digerir, sin ardores, la visita del vecino proletario. No obstante, el que, según altavoces afines a la entidad blaugrana, abroncara con algún que otro trueno a su refinado vestuario en el intermedio del plomizo enfrentamiento en el Villamarín del sábado pasado, señaló una semana más tarde, además, el que considera fundamento sobre el que gravitará el desempeñó sobre el verde. “La clave es la cabeza, sin ninguna duda”, expuso. La significación de este axioma, extrapolable a los otros dos gallos del corral, se encuentra en la Liga arrancada de la cuna azulgrana por las denodadas huestes de Diego Pablo Simeone en 2014. Una de las plantillas más costosas y mejor dotadas técnicamente del planeta no supo sobreponerse a sus vicios de autocomplacencia y se vio despojada del pedigree triunfador ante su tribuna y en la última fecha del calendario. El 1-1 final, que patrocinó el grito en la madrileña glorieta de Neptuno, descerrajó, además, una convulsión en la entidad catalana que desencadenó la conocida transacción de piezas y nombres, frenética y profunda, de la que el preparador ejerció como víctima y sujeto pasivo. Ante la latente perspectiva del abismo que supondría despilfarrar el talento y la ventaja, el Barcelona debe enfrentar sus aristas para sobrevivir a este fin de semana como puntero. No caben agujeros de intensidad y desatenciones a lo táctico, elementos característicos del tenebroso abril experimentado, ante la frugalidad energética de un oponente que no se juega nada –amortizada ya la permanencia virtual- pero que arriba con los colmillos afilados.
El 0-0 ganado por los pupilos de Constantin Galca en Cornellá, que horadó el excelente discurrir de la candidatura culé, edificado sobre un rigor estratégico y pulsión radicales que condujo el duelo al plano físico, de vaivén en la frontera delineada por el reglamento, conllevó una tormenta de calificativos que, cual máquina del fango, ennegreció la dignidad y nobleza del camarín perico. La crudeza erosiva catapultada, entonces, con un club en problemas clasificatorios como diana se filtró en la pertenencia del vestuario blanquiazul, generando, amén de una mejor fundida cohesión espiritual endógena, la sensibilidad herida del sediento de venganza. Después de la inmediata eliminatoria copera, que se saldó con rutilante victoria del Barça, mediaron semanas de congelación de la rivalidad, pues en juego estaba tomar oxígeno y atisbar el camino hacia la calma inherente a la salvación, pero, también, de incubación del sentimiento antagonista. Y, llegados a la vuelta de aquel polémico empate sin goles, el Espanyol se descubre, complacido, en posición de ajustar cuentas en un escenario más pomposo. El entrenador rumano interpuso el raciocinio estadístico como velo en sala de prensa, subrayando que “necesitamos todavía un punto”. “Hay que estar metidos, muy organizados, pensar sólo en sacar el punto o los puntos, si es posible, y salir convencidos, atrevidos y dispuestos a hacer un gran trabajo”, sintetizó, átono, un técnico que, por el contrario, sacó de la convocatoria a uno de sus emblemas, el centrocampista Burgui, porque “hay que estar a tope y no nos podemos permitir no entrenarnos con intensidad”. Así pues, se despliega en la capital catalana un partido en el que los locales tratarán de imponer su métrica -con obligada atención a la vigilancia tras pérdida- y los visitantes establecer una pegajosa guerra de guerrillas. El infortunio de Bravo se presenta como la única ausencia del líder, que podría cantar el alirón si fallan sus rivales madrileños, mientras que los opositores navegarán sin centrales titulares (Álvaro González y Duarte). Los puntos se repartirán, como tantas otras veces, en relación con la templanza, compromiso y puntería de un Barcelona que ve en su cara B a su contrincante más impío.
El segundo clasificado, y, a su vez, primer calificado como finalista del derbi madrileño milanés que volverá a sacar lustre al balompié español, medirá la consistencia de su plantilla ante el Levante, el único equipo descendido de categoría. Los granotas, despojados de todo nutriente motivacional relativo al pragmatismo, fiscalizarán su orgullo ante un Atlético al que afligen preocupaciones diversas a la del vigente campeón. La delegación desplazada desembarcó en Valencia en paralelo a la introspección de la pareja Simeone-Burgos. El Cholo, culpable de volver a generar un nuevo estándar en lo que a optimización de los recursos se refiere, después de acomodar la calidad adquirida en el mercado estival al uniforme de sudor y vuelo identitarios, contempla de reojo el cuerpeo con la leyenda del próximo 28 de mayo y ha de decidir cómo distribuye los esfuerzos en el maltrecho umbral de resistencia de su baqueteado capital humano y la anchura y calado de la asunción de riesgos. Con el doloroso precedente protagonizado por Diego Costa y Arda Turan, ausentes en la noche lisboeta que terminó por descorchar la Décima, el púgil rojiblanco no puede permitirse un respiro en su agónico rendimiento. El repiqueteado mantra que reza la andadura ‘partido a partido’ ya ha sido mutado, como marca el compás, en la natural adecuación a la ambición que rebasa el presentismo y los crípticos defensores de la Ribera del Manzanares tratarán de lucir lo camaleónico de la enmienda planteada por su arquitecto, esa que admite la posesión como una herramienta válida y no como una anécdota accesoria del juego. Necesita el sistema colchonero mostrar jerarquía y personalidad ante un oponente que le reclamará una actitud más propositiva que la que ha alimentado su estatus en la lides del Viejo Continente. Así, sin imprevistos ni lesionados (circunstancia no repetida desde septiembre) y con el regreso a la convocatoria de Tiago como enseña, la disyuntiva que susurra el cuidado de peones circundados por molestias arrastradas (Godín, Savic, Griezmann o Carrasco) hace acto de presencia en una visita que, desde la descontextualizada lectura del pasado, se desnuda incómoda.
Nunca ha ganado el que fuera mediocentro campeón del calcio italiano, como pulmón y corazón de la Lazio, en el Ciutat de Valencia. La era Simeone no ha tragado, todavía, este erizado plato. El Atlético de competitividad hipertrofiada sólo ha cosechado en el feudo del Levante dos empates y dos derrotas, una destacada como piedra notable cuando guerreaba por el título liguero de 2014. Los relatados antecedentes llevaron al Cholo a tildar de “desafío” el enfrentamiento de este domingo. Un envite que viene salpicado por la trascendencia, a su juicio, de “la intensidad, la concentración y la personalidad en el juego” y que queda circunscrito a la vehemente aceptación de que “sigo pensando que dependemos de nosotros”. Con el gol-average perdido, el escuadrón atlético ha de sacar seis puntos de este envite y la recepción del Celta en el Calderón del día de San Isidro, pero la fe en el fruto del trabajo no parece asumir variables estadísticas. Redundando en la idea esbozada por Luis Enrique, que prepondera el estudio mental del encuadre, el aspirante que también tiene prohibido el yerro enfrenta la empresa dominical conjugando la paradigmática ecuación de “ilusión, entusiasmo y perseverancia”. Las probaturas realizadas en la resaca del éxtasis muniqués apuntan a la titularidad de Ángel Correa, en detrimento del primus inter pares Griezmann y al reposo del mariscal de campo charrúa, Godín. Diagnosticó el cariz del reto el míster argento argumentando la obligatoriedad de hacer “un partido importante contra un equipo que viene de descender, que estará dolido por esa situación y con chicos que intentarán hacer un buen partido para dejar contento y la imagen de la mejor manera en el último encuentro en casa en Primera División”. En efecto, los presupuestos de exigencia parecen precisos en ambas direcciones. Joan Francesc Ferrer, Rubí, que habrá de eludir la baja de José Mari y las molestias de Orban y Camarasa, prometió “competir al máximo”, lo que aseguraría un devenir espeso, rudo, de achique impetuoso, que pintaría una conversación tacticista y tendente a la escaramuza, de la que la pericia en la gestión del cuero visitante (su implicación defensiva se presupone, como mejor sistema de cierre europeo) y la veracidad del apasionamiento local emergen como epígrafes decisivos.
Comparte el Atlético y su enemigo íntimo y acompañante en la final de la Liga de Campeones un afán asimilado que, guiños del destino, les constriñe a tocar techo histórico. A la espera del descuido catalán, ora en su escrutinio barcelonés, ora en su desplazamiento a uno de los puntos de sufrimiento actuales, Granada, el anhelo de los combatientes madrileños se sitúa en la jurisdicción de los récords. Ningún equipo ha ganado los últimos ocho duelos del campeonato liguero en un rango de cincuenta años. Los ocupantes del segundo peldaño clasificatorio acumulan seis triunfos y los diez veces campeones de Europa caminan por la undécima victoria consecutiva, lo que revestiría un soberbio 36 de 36 en puntos. Pero, además de esta exuberante perspectiva, ambos clubes participan de la preocupación equidistante de la compatibilidad de los objetivos nacionales e internacionales.
Zinedine Zidane, que negó verse respaldado por su sucinto currículo para continuar al frente del bloque merengue, asiste en estas horas al itinerario contrario de algunos de sus efectivos. Regresan a la lista de disponibles los fundamentales Benzema y Casemiro, pero abandonan tal consideración elementos no menos relevantes como Keylor Navas, Carvajal, Gareth Bale y Luka Modric (sobrecargado y baja el día de partido). Arriesgar o especular, con la vista puesta en la Lombardia. La economía del lenguaje que dispensa el técnico francés dio, en la previa, para declarar que “para preparar la final de la Champions la mejor manera es pensar en los dos partidos que nos quedan de Liga y para Cristiano es importante jugar siempre (resplandece en este punto el pichichi, con 31 dianas del luso por 35 de Luis Suárez), por lo que va a hacerlo los dos partidos que nos quedan”. Zizou, que describió el evento como una “final” y verbalizó la idiosincrasia que envolvió su toma de poderes, en enero (“mientras queden minutos por jugar seguiremos creyendo en las opciones”), ve examinada su capacidad en la organización de los efectivos, excepción hecha del único futbolista liberado de las labores defensivas, ante un Valencia redimido, que encuentra la luz en su tortuosa temporada en los pequeños placeres de asaltar teatros faraónicos. Ya lo hizo en el Camp Nou, para retorcer la crisis culé, en un ejercicio paradigmático de robo y salida que retará, también, a la cohesión interlineal y compromiso sin pelota colectivo del representante madridista. Y, en el entretanto, el cuerpo técnico intentará descifrar la fórmula que le permita la mesura en el despliegue energético sin despeñarse.
La despedida de Ávaro Arbeloa de la tribuna que le vio alzar siete títulos en 233 partidos acogerá el enésimo encaje de James, Isco, Jesé y Lucas Vázquez. Un diseño que, en esta ocasión, deberá disimular la colosal influencia del extremo galés. No en vano, la impronta del ex Tottenham en las sonrisas cultivadas en Vallecas y Anoeta no se antoja reemplazable con sencillez. Podría apostar el entrenador galo por un cuidado más monopolístico del balón o por un empeño querente de verticalidad ante un equipo que, presumiblemente, jugará con la altura de líneas y alternará repliegues ortodoxos y contemplativos con presiones desconcertantes. La negación de espacios a la espalda visitante entregaría la batuta a elementos como Benzema, James o Isco, en busca de la explotación de la mediapunta; la concesión de hectáreas para disfrutar del vértigo, sin embargo, aludiría a los canteranos canario y gallego. La participación de Casemiro (o Kovacic) reclama escena, pues se desperezará enfrente una transición efervescente que penalizará cualquier matiz de endeblez tras pérdida madrileña. La irregularidad del contendiente che, retrato global de su curso, se trasladará a Concha Espina después de ceder en Mestalla, con claridad, ante un Villarreal inmerso en un cruce de caminos que no le condujo al escenario final de la Europa League. Y lo hace con la duda de Andre Gomes y las bajas de Denis Cheryshev, José Luis Gayà y Zakaria Bakkali. En su particular huida hacia adelante en busca de la legitimidad, individual y colectiva, que le ha negado la clasificación, con el futuro en suspenso. “Cómo acabas es muy importante para cómo empiezas y también para las decisiones del propio club o de los otros, y cuatro o cinco semanas pueden cambiar el devenir de jugadores a nivel individual”, es el mensaje con que el ponente valenciano, gobernado por la clase de Parejo y el desborde de Rodrigo y Santi Mina, saldrá a tomar el foco en el Bernabéu. La aclimatación de los recién llegados a la titularidad e intensidad de los locales y la cota de autoexigencia en ambas fases del juego de los visitantes dictarán el futuro inmediato de la única pata del trío en desventaja. La gozosa Liga reiniciada en abril se aproxima, inexorablemente, a su ocaso.