TRIBUNA
Víctor Morales Lezcano | Martes 10 de mayo de 2016
Corrían los últimos días de enero de 2015 cuando aterrizó en mi correo particular la noticia de que la editorial Flammarion (París) acababa de lanzar un nuevo título (Soumission) del controvertido novelista Michel Houellebecq.
Cuando encontré un hueco para aplicarme a su lectura, algunos fastidiosos imprevistos me lo impidieron. Apuntaba ya el verano cuando pude ¡por fin! leer el texto de marras en unas pocas veladas.
La reflexión a que me condujo la lectura de Sumisión (ed. Anagrama) me impulsó a redactar unas cuartillas. Estas terminaron por ser publicadas con el título de “El Islam en Europa. Las tesis de Sumisión y Eurabia” (Revista de Occidente, nº 415, diciembre 2015, p. 85-93).
Como se recordará, el relato de Houellebecq transcurre en una república europea -que no es otra que Francia- en la que sale ganadora de unas elecciones generales la hermandad de ciudadanos musulmanes nacidos y educados en la metrópoli, pertenecientes, pues, a la tercera generación de inmigrantes procedentes de los países del Magreb independizados entre 1956-1962.
La Francia en torno a 2023 (fecha en que se supone que transcurre la acción que narra el autor de Sumisión) es ya una sociedad agotada en varios sentidos; declina, por ello, en la hermandad musulmana la responsabilidad de gobernar la república. Y a la tarea se aplicarán -en transición suave- los nuevos franceses de souche coloniale elegidos por Francia para la salvación del país.
Esta breve retrospectiva viene a colación de una de las cuestiones palpitantes de nuestro tiempo: ¿está Europa -véase en particular la Unión Europea y el espacio Schengen- predispuesta económica y culturalmente para incorporar en sus estructuras constitutivas a legiones de migrantes económicos -y, ahora mismo, a cientos de miles de refugiados musulmanes-? Son bastante diáfanas las respuestas europeas al dilema: o bien, se aculturan los contingentes de forasteros admitidos en el mercado continental; o bien, se les permite su implantación en el territorio Schengen, respetando su especifidad cultural (religión, lengua, hábitos, etc.). Siempre y cuando cumplan las normativas cívicas comunes a la mayoría europea del país hacia el que han encauzado sus pasos -y, a la larga, sus destinos personales-. Alineamiento del tipo de Francia y Estados Unidos, de una parte; o de otra, multiculturalidad a la británica. Tal sería, grosso modo, el dilema planteado a la Unión Europea, desde hace algunos decenios, con el agravamiento, no tan en lontananza ni mucho menos, que ha introducido el factor yihadista en Europa desde hace un par de años.
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No hay que ser filósofo de la Historia, ni sesudo estudioso de sociedades complejas -que tanto abunda actualmente- para captar que a la altura de nuestro siglo XXI solo hay, en Europa, una salida digna al desafío que entraña el solapamiento etno-religioso-cultural que tenemos instalado en el viejo mundo: la incorporación de los descendientes de la inmigración a las estructuras sociales e, incluso, a los puestos más altos de la escala (si mostrada su competencia); o la xenofobia a ultranza, maquillada con frecuencia por la cosmética de salón.
Pues bien, lector, ha sucedido que el viernes 7 de mayo fue proclamado alcalde de Londres un ciudadano británico, de familia paquistaní e hijo de la inmigración; el electo resulta que se llama Sadiq Khan.
Hace más de un decenio se puso a la venta el erudito y ameno estudio de Robert Winder, que lleva por título Bloody Foreigners (2004). El ensayo fue recomendado por más de un crítico británico, en términos de “supremely readable”. Y que me blasfemen si no hago mía, también, la recomendación de la obra de marras. Winder puso de relieve, en esta, el peculiar perfil de la xenofobia británica, construida por aquellos mismos insulares que, desde el normando Guillermo el Conquistador hasta la Casa Real (de prosapia germana), han ido amalgamando el variopinto producto final que son los habitantes de aquellas islas situadas más allá del canal de la Mancha.
Quiero insinuar que no deja de ser, no una casualidad, sino una manifestación concreta del día de hoy, el hecho de que Sadiq Khan, abogado con perfil de especialista en derechos humanos, haya convencido no ya al cuarto de ciudadanos londinenses de origen foráneo, sino a más de otro cuarto de ciudadanos inveterados de London Town que le han votado favorablemente en los comicios municipales y regionales celebrados hace solo un fin de semana largo. Cierto es que el alcalde, señor Khan, ha recorrido una trayectoria institucional de envergadura: exempli gratia ministro de Transporte en el gabinete Blair, y miembro del Consejo Privado, tan próximo a la Corona.
Es evidente, palpable, incluso, que la solución londinense, a la cuestión en juego, es una de las dos pergeñadas brevemente, aquí y ahora. El lector -cómplice siempre- sabe cuál es la solución que se subraya en estas líneas, sin que se pretenda encapsular la salida favorita del dilema dentro de una fórmula que podría llevar estampado el sello made in London. No, no es una apología infundada de la solución británica al problema inmigratorio del que venimos hablando, sino que se trata de realzar la desafiante y comprehensiva respuesta que han proporcionado los ciudadanos del Támesis a la ecuación de compromiso en libertad que implica la democracia.
El hecho de que haya ocurrido en la mayor aglomeración demográfica y cosmopolita de Europa la elección como alcalde de un ciudadano de nombre Sadiq Khan, confiere una relevancia incomparable al resultado de los comicios londinenses del pasado 5 de mayo. No menos relevancia hay que otorgarle al perfil de identidad que el nuevo alcalde confesó al New York Times: “Soy londinense, soy europeo, soy británico, de origen asiático, de procedencia paquistaní, soy también papá y soy un marido”.
Buenos días y buena suerte, señor alcalde. Y un reconocimiento más al cáustico talento narrativo de Michel Houellebecq por las premonitorias intuiciones literarias en que abundan las páginas de Sumisión.
Cosa rara es que en Europa podamos estar de enhorabuena gracias al tándem de personajes que aquí se comentan. Que se repitan tales personajes y ocasiones similares a la que aquí se festeja.