Editorial

Reforma laboral francesa: las matemáticas no engañan

Jueves 12 de mayo de 2016
Los franceses están en pie de guerra contra el Gobierno socialista de François Hollande. Desde que se anunció la reforma laboral, se han venido sucediendo multitudinarias manifestaciones, en las que hubo duros enfrentamientos entre los manifestantes y la policía. Tampoco escasearon las protestas y las huelgas, llegándose a una general que prácticamente paralizó el país. Las cuatro grandes centrales sindicales, a las que se sumaron organizaciones estudiantiles -y, aprovechando la revuelta, grupos antisistema- atizaron el fuego del descontento social y proclamaron a los cuatro vientos que esa reforma era una intolerable regresión en los derechos de los trabajadores adquiridos durante décadas. Naturalmente los sindicatos ocultaron que de llevarse a cabo supondría una merma de su poder.

Tras un continuo crescendo, esta semana la situación ha explosionado. Ante la imposibilidad de sacar adelante la reforma en la Asamblea Nacional, pues no solo se opuso a ella la oposición, sino también un buen número de diputados socialistas, y dado que fracasó el intento de introducir algunas modificaciones para conseguir el apoyo de los diputados socialistas rebeldes, el primer ministro Manuel Valls ha tirado por la calle de en medio y se aprobará la ley por decreto. El Ejecutivo de Hollande ha echado mano de un recurso excepcional, valiéndose del artículo 49.3 de la Constitución que permite imponer un decreto sin votación en el Parlamento. El mismo recurso al que Hollande se opuso de manera beligerante desde la oposición cuando lo utilizó el Gobierno de Chirac para su contrato laboral para jóvenes.

La tensión que se vive en Francia es un palmario ejemplo de que una cosa es predicar y otra dar trigo. En lo primero, la izquierda es una consumada maestra como demostró el Partido Socialista francés y el propio Hollande prometiendo un país de las maravillas si llegaba al Eliseo. Una vez allí se fue topando cada vez más con la realidad. Una realidad que hoy se ha hecho insostenible con una deuda pública disparada que crece y crece, una productividad en caída libre y una tasa de paro en continua expansión. Como guinda, la Comisión Europea ha certificado que en Francia no está incidiendo la recuperación y le augura unas negras expectativas.

La realidad ha hecho evidente que el actual sistema laboral galo no solo no soluciona la situación, sino que de no cambiarse irá produciendo cada vez más y más desempleo. De nada sirve por ejemplo unas cuantiosas indemnizaciones por despido si ello dificulta, como sucede, la creación de empleo que es el objetivo prioritario y urgente. Y esto no es predicar, pues la reforma laboral propuesta por Hollande y Valls se ha mirado en el espejo español donde ha surtido un inmediato efecto. La reforma del Ejecutivo francés es una línea de ratificación de la línea a seguir. Hollande está pagando su primigenia demagogia, pero parece que se ha dado cuenta que es suicida seguir predicando y no aceptar las ineludibles cifras de las matemáticas. Por el contrario, no ya la izquierda radical española, sino incluso sus correligionarios socialistas no abandonan su predicación, llevando en su programa como medida estrella derogar la reforma laboral del Ejecutivo de Rajoy. Pero las matemáticas, como el algodón, no engañan. Hollande lo ha comprobado.

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