Opinión

Por sus frutos los conoceréis

TRIBUNA

Manuel Sánchez de Diego | Sábado 14 de mayo de 2016

La primera vez que oí que alguien en Camboya hacía sillas de ruedas, me pareció una tontería. Es cierto que muchas veces la inocencia va unida a la estupidez y, a lo largo de mi vida, muchas veces he tenido que retractarme de mis pensamientos, menos mal que solo en pocas ocasiones tuve que “comerme” mis palabras y, ésta no fue una de ellas. Pero en todo caso me equivoqué.

El conocimiento de lo que un jesuita lleva haciendo en Camboya desde hace años me ha sacado de mi error. Acabo de leer un libro de José Mª Rodríguez Olaizola (El corazón del árbol solitario) sobre la labor desarrollada por los católicos en Camboya. Enrique Figaredo, el “obispo de las sillas de ruedas” trabajó primero en los campos de refugiados en Tailandia y después en la misma Camboya. Este país fue arrasado por los jemes rojos de Pol Pot ‑comunismo puro y sanguinario‑ responsables del genocidio de una cuarta parte de la población –unos dos millones de personas. Ya se sabe que esas teorías políticas que ponen a los hombres y mujeres a disposición de un ideal colectivo acaban sacrificando la libertad y la igualdad, por mucho que a sus dirigentes se les llene la boca de esas palabras. Y esto ha ocurrido en países tan lejanos como Rusia, Cuba, Venezuela, China y desgraciadamente también en Camboya. Muchas veces estas tiranías esconden sus intenciones bajo el rótulo de la democracia. Así ocurrió en la “Kampuchea Democrática" nombre oficial de Camboya entre 1975 y 1979. País que sufrió una larga guerra que no puede darse por finalizada hasta que muere Saloth Sar, Pol Pot, en 1998. Las guerras civiles siempre producen una profunda herida en las sociedades que se agrava cuando las minas antipersonas quedan esparcidas por todos sus campos, minas que aún siguen causando muertes y mutilaciones en la Camboya actual.

Los monstruos que en aras de un ideal –la dictadura del proletariado, amasar riqueza o adorar a un dios pagano…- sacrifican haciendas, paz y vidas, encuentran su contrapunto en personas de grandes ideales que sin hacer gala de ellos y sin que las palabras libertad e igualdad sean proclamadas cada dos por tres, trabajan de forma callada para mejorar, aunque sea solo un “poquito” la existencia de sus semejantes, pues “con lo pequeño se hacen cosas grandes”. Mientras sigan existiendo esos hombres y mujeres habrá primavera en la Humanidad. Por eso es de justicia reconocer los logros conseguidos, hacernos eco de los esfuerzos que nuestros compatriotas realizan en países lejanos y, comprometernos con ellos.

De los campos de refugiados a la Prefectura Apostólica de Battambang, pasando por Banteay Prieb y por miles de kilómetros de carretera y pistas de barro, Kike Figaredo sigue su apostolado en un país en donde los católicos son una minoría muy minoritaria, pero en donde los resultados son importantes. Él y quienes han trabajado con Kike han conseguido llevar la esperanza allí en donde no la había, han conseguido el Tratado para la Eliminación de las Minas Antipersona y, entre otras muchas cosas más, han logrado aflojar muchos bolsillos del primer mundo. Una buena forma es a través de la ONG Sauce.

Es una satisfacción escribir sobre gente que ha dejado un reguero de buenas acciones. Por eso cuando leo eso de “por sus frutos los conoceréis” me acuerdo de Kike y de todos aquellos que han hecho posible que mucha gente sea un poco más libre y más igual, incluso desde una silla de ruedas.

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