Opinión

Una soprano a la fuga

EPPUR SI MUOVE

Antonio Hualde | Martes 17 de mayo de 2016

Si Giacomo Puccini hubiera visto la representación de su última Tosca en la Ópera de Viena, habría montado en cólera. Tras interpretar el célebre E lucevan le stelle -“Y lucían las estrellas”-, Jonas Kaufmann se quedó solo: la soprano Angela Gheorghiu le dio plantón. En vista de su ausencia, Kaufmann siguió cantando con la misma tonalidad de la partitura "¡Ah, non abbiamo soprano!" -"¡Ah, no tenemos soprano!"-, entre las risas del público. Finalmente, la Gheorghiu se dignó a aparecer y la ópera continuó. ¿Explicación? Hay dos. La primera, una llamada de la naturaleza. La segunda, los celos de una diva ante el éxito de su compañero de reparto, tan mal digeridos como para dejarle plantado un buen rato.

Lo cierto es que la ópera da mucho juego; por ejemplo, Wagner. El alemán caía muy mal; hasta el punto de que un hijo de Carl Maria von Weber, pianista de cierto renombre en su época, fue emplazado para que interpretase un fragmento de Tannhäuser. Advertido de que había colocado la partitura al revés, contestó: “sí, lo pruebo así. Antes la he tocado al derecho y me ha parecido mucho peor”. En el estreno de Lohengrin, el protagonista perdió su “medio de transporte” en pleno acto final. La historia narra las andanzas del bravo Lohengrin, que se casa con la princesa Elsa a condición de que ella no le pregunte jamás por su verdadero nombre y procedencia. ¿Adivinan? Claro, ella preguntó, y al revelarle él que es hijo de Sir Perceval, se ve obligado a abandonarla por un antiguo voto. Pero no de cualquier modo, no, tiene que irse como llegó, montado en un cisne blanco. Pero en plena aria, el cisne de atrezzo pasó de largo y dejó al tenor Leo Slezak allí tirado. La ovación en la Opera de Berlín fue enorme cuando Lohengrin, resignado, preguntó al respetable “¿Saben ustedes a qué hora pasa el próximo cisne?”

Volvemos a Viena. Se representa Don Giovanni, quien ha de descender a los infiernos por una trampilla colocada al efecto en mitad del escenario. El mecanismo se atascó, y el pobre Don Giovanni se quedó con medio cuerpo fuera, momento que aprovechó un diplomático italiano para exclamar: Mio Dio, l'inferno è pieno!” -“¡Dios mío, el infierno está lleno!”-. Un infierno debió parecerle también al creído de Roberto Alagna cuando representaba Aida en la Scala de Milán. Muy fino no debía de andar, a juzgar por los abucheos que le estaba dedicando el público. Indginado, abandonó el escenario, no sin antes alzar su dedo corazón hacia el patio de butacas. En el cual, por una feliz casualidad, se hallaba su suplente, en vaqueros y camiseta. Y de esta guisa Antonello Palombi, que así se llamaba el valiente tenor “de incógnito”, terminó “a pelo” el resto de Aida. Los nueve minutos de aplausos son la prueba evidente de lo bien que lo hizo, pese a su “vestuario”.

Y que no falte la tragedia. A mediados del siglo XIX, en Calabria, un cómico asesinó a su mujer en plena representación por haber descubierto que le era infiel con un tramoyista. El magistrado que instruyó el caso se llamaba Vicenzo Leoncavallo. Su hijo Ruggiero, años después, recordando aquella vieja historia que su padre le contase, escribió la partitura de I Pagliacci, que hoy suele representarse juntamente con Cavalleria Rusticana, otra historia de muerte y venganza.

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