Editorial

El aviso de Austria

Martes 24 de mayo de 2016
Las elecciones austriacas suponen otro serio aldabonazo para todo el continente. Sus efectos producen cuantiosos daños no solo en el ámbito nacional de Austria, sino también a escala internacional en toda la Unión Europa. El sistema bipartidista tradicional ha quebrado. Tanto los socialdemócratas como la democracia cristiana, que habían regido el próspero país desde la postguerra, se quedaron fuera de la segunda vuelta electoral. En ella, ambos han sido sustituidos por otro bipartidismo de una índole muy distinta: a un lado el ultraderechista FPÖ de Norber Hofer, y frente a él los Verdes de Alexander Van der Bellen, que ha vencido por un estrechísimo y casi simbólico margen de votos. Ambos representan la cesión a tesis populistas. También la polarización frentista del país. Como consecuencia, la alternancia anterior entre partidos capaces de pactar temas de Estado es sustituida por un bipartidismo incapaz de entenderse racionalmente y que reemplaza el diálogo por simplistas golpes dialécticos. Todo un destrozo.

Lo sucedido resulta particularmente alarmante porque no ocurre en un país asolado por la recesión. Más bien el revulsivo austriaco está instigado por el miedo. La economía crece muy moderadamente, con lo que se ha instalado el miedo a una hipotética crisis futura análoga a la vivida en otras partes de Europa. Si la sola amenaza de ese riesgo produce efectos tan demoledores, podemos imaginar lo que sucedería si el aviso se convirtiera en realidad. Del mismo, la inmigración está bajo control, pero el miedo colectivo a que, en un supuesto porvenir, se transforme en un flujo migratorio descontrolado genera una angustia colectiva. Sin duda, agravada por la inmensa oleada de refugiados que nadie supo prever y encauzar con antelación.

En Austria se ha materializado lo que en un país rico y estable parecía imposible que sucediese. Sirva, pues, como gravísima llamada de atención y como efecto de arrastre en otros países de la Unión. Si algo queda claro es que no se ha tratado de un éxito de los extremistas, sino más bien de un fracaso de las fuerzas tradicionales. Si los miedos se han hecho fuertes de ese modo en la sociedad austriaca, es porque muchas cosas se han estado haciendo mal. Ante los retos del siglo XXI, la política clásica ha carecido de las actitudes y los liderazgos necesarios para realizar auténticas reformas, ilusionantes y pragmáticas que conjuraran las múltiples amenazas. Esto se puede aplicar a la política austriaca, pero es igualmente válido para la gestión global de la Unión Europea, sin previsión, con reacciones de una lentitud inadmisible y con el proyecto común paralizado.

Lo ocurrido en Austria debe servir como revulsivo a las políticas tradicionales tan poco creativas como alicortas. Y para un avance real y con altura de miras hacia una mayor integración europea con una gestión más rápida y efectiva. Lo contrario conducirá a una confrontación interna cada vez más convulsa que es preciso evitar a toda costa.

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