Juan José Solozábal | Jueves 12 de junio de 2008
En el último número de la Revista Claves tienen ustedes un artículo del maestro Lledó, que no debieran perderse. Se ocupa del Juan de Mairena de Machado, y de la actualidad de su pensamiento filosófico y político, proponiéndolo como acertado modelo de aquello en lo que una verdadera educación cívica debiera consistir. A mí me sugiere dos reflexiones que trataré de hilvanar.
La primera, que no puedo sino esbozar, se refiere a la mala suerte que hasta ahora ha tenido la exploración de la filosofía de Machado, desde luego en lo que se refiere a su manifestación en prosa. En la misma no faltan referencias filosóficas explícitas que denotan una formación sólida al respecto. Ello es obvio es sus alusiones a Bergson, el idealismo, sea moderno o platoniano, a Marx y otros autores como Nietzsche. Pero es claro que la propia comprensión de su poesía plantea cuestiones importantes, especialmente desde el punto de vista de la teoría del conocimiento, que atribuyen una complejidad notable a un poeta tan elemental, y maravilloso, como Machado. De este trasfondo filosófico como muestra sobre todo su epistolario era bien consciente el autor.
Pero a lo que querría referirme es sobre todo a la contribución de Antonio Machado a la construcción de lo que podríamos llamar el nacionalismo ético y las bases elementales del mismo, que se lleva a cabo de modo singular en su Mairena. No era casual, como recuerda don Emilio Lledó, que en un sistema nacionalista, tan aberrantemente opuesto como el franquismo, fuese difícil adquirir este libro.
Machado era bien consciente de la necesidad de asentar la democracia española en una cultura congruente con la organización republicana. Una forma política depende no sólo de sus instituciones sino de la formación de un sistema mental en línea con las mismas. Machado clamó muchas veces contra el momento meramente negativo de la revolución, y apuntó a la necesidad de establecer un suelo espiritual de los cambios democráticos. Esa cultura tenía un componente igualitario, de modo que la dimensión popular de la democracia partía de la valoración sin exclusiones de todos, “nadie es más que nadie”, y de la convicción de que el componente nutricio de la cultura nacional es el aporte de las clases populares. La suerte de esa cultura dependía de su arraigo en la juventud a la que pedagógicamente había que proponer el nuevo humanismo. Machado avanza una revolución en el arte de enseñar, primero en las formas, ya que la retórica de Mairena busca transmitir el conocimiento a partir del diálogo, método que casualmente trae alguien ajeno a la comunidad académica, pues Mairena se presenta como profesor de gimnasia. Además, en segundo lugar, en el fondo, pues la enseñanza se refiere mayormente a verdaderos problemas, los problemas de la vida, lo que con artificiosidad buscada llama los eventos “de la rúa”.
Finalmente la devoción a la comunidad, que había de estimular la educación cívica, si se nos permite el anacronismo, tenía que ver con la prolongación en nuestro tiempo de la obra de civilización y plenitud que los mejores españoles habían conseguido en la historia, comenzando naturalmente por Cervantes.
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