Para escudriñar el rastro de la simiente que proporcione comprensión a la actual pomposa tesitura que acuna al Atlético de Madrid es necesario viajar hasta mayo de 2013. Bajo la oscuridad de un Santiago Bernabéu plomizo, abatido, las lágrimas de despedida de Radamel Falcao se fundían con la burbujeante alegría de la plantilla colchonera. Habían arrancado la Copa del Rey del paladar de su enemigo íntimo, constatado la teatralización del cisma neurálgico e icónico del epílogo de la era Mourinho en Chamartín y despedazado la inercia de vasallaje (14 años encadenados) en los enfrentamientos directos contra el Real Madrid. En la noche de aquel viernes 17 amaneció el indicio de la floración que alumbra la mirada de la hinchada rojiblanca. Si bien el proyecto de Diego Pablo Simeone ya había tocado gloria precoz en su primer capítulo -un año antes, cuando tomó las riendas de las ruinas consiguientes al mandato de Gregorio Manzano con el curso empezado, clasificó quinto al club y alzó la segunda Europa League consecutiva para la entidad capitalina-, la clausura de la primera temporada con plenos poderes del técnico argentino en lo relativo a confección de plantilla, planificación de los picos de rendimiento y gestión de los recursos humanos desembocó en el regreso a la Liga de Campeones (objetivo prioritario), con un desempeño de rigurosa regularidad durante todo el calendario liguero. Pero, de vuelta a la resaca recién estrenada del sintomático entorchado copero mencionado, el preparador latinoamericano expuso en sala de prensa, más templado de lo que sugeriría el paroxismo de su delegación, la línea maestra de su revolución: “El equipo ganó con el corazón de cada uno de los jugadores. Se olvidaron de todo, le perdieron el miedo y tuvimos la suerte que hay que tener, porque a la suerte hay que ayudarla, y hoy lo hicimos”. “El equipo jugó con una entrega y una amor propio enormes, porque ellos son mejores que nosotros y, desde esa aceptación de que son mejores, les jugamos un partido inteligente”, diagnosticó para zanjar su discurso de lo acontecido, como un broche metafísico devenido en mantra intestino, resaltando que “nos costó mucho, pero con nuestras herramientas y con nuestras posibilidades hemos podido darle batalla a grandes rivales en este último tiempo. Este triunfo debe ser una referencia para la gente, que trabaja y no le salen las cosas. Hay que seguir, porque con trabajo y con compromiso las oportunidades aparecen, y hoy tuvimos una oportunidad y volvimos a ganar”.
El relato histórico acusa de protagónicos a conceptos verbalizados de manera sistemática como el “sacrificio”, el “trabajo” y el “compromiso”, abono sobre el que la astuta correlación de voluntades entre el banquillo y la dirección deportiva convulsionaba el vestuario anualmente, con el fin de aumentar la competitividad potencial de las piezas de manera progresiva, manteniendo y alimentando una fundamentación identitaria. La ideación del prototipo colectivo, esa definición de la personalidad coral, emergió, desde el principio, como un elemento nuclear sobre el que gravitaría el muestreo de nombres que han ido asomando y huyendo de la rotación, cada vez mejor engrasada, de los ardorosos custodios de la Ribera del Manzanares. “Los equipos tienen una vida”, proclamaba el Cholo meses después de rozar un doblete legendario que inscribiría en la retina del subconsciente atlético el triunfo liguero en el Cam Nou. “Su vida es cómo juega y se define si sumas mucha gente que piensa de la misma manera, más allá de que jueguen mejor o peor. Porque, no pasa por jugar bien para ganar, sino por qué transmites y cómo te compenetras. Y lleva un tiempo, pero, la verdad es que tenemos mucha gente similar. Uno los mira y ve a Godín, Juanfran, Giménez, Saúl, Koke, Raúl García, Mandzukic, Tiago o Miranda: todos son tipos con el mismo corte. No te van a fallar. Puedes jugar mal, claro, y nosotros lo hemos hecho, pero se trata de pasar el momento, hablar dos cosas y vuelven otra vez porque son competitivos”, avanzaba en su reflexión el arquitecto argento, que tomaba, entonces, un episodio acontecido en la pretemporada de 2015 para afilar la profundidad de su razonamiento. “A Raúl García lo dejé fuera de la lista del primer partido de la Supercopa Española ¡Fuera de la lista! Al día siguiente estaba entrenando a las ocho de la mañana. No es casualidad que vaya a la selección española o que pueda jugar en varias posiciones, donde lo pongas. Es un tipo competitivo y eso se transmite al grupo”, explicó.
El navarro, que se esfumaría con el advenimiento del actual viraje hacia la preponderancia de la calidad técnica, sirvió al campeón de Italia (pulmón puntiagudo de la Lazio de Sven-Göran Eriksson en la Seria A 1999-2000) para ahondar y zurdir el remate de la idea (por otra parte, asimilada de manera explícita a la convención exitosa de los San Antonio Spurs de Gregg Popovich, que cuentan con tres estrellas de escaño en el salón de la Fama que se bajan el sueldo para seguir aspirando a sumar y no a protagonizar): “No es fácil porque no todos los futbolistas piensan igual. Hay algunos que necesitan jugar, prefieren jugar 20 partidos y tienen cierta valoración individual aunque su equipo acabe la Liga el decimocuarto, y es aceptable. Hay jugadores de ese tipo en todos los equipos, pero cuantos menos futbolistas tengas de ese estilo más preparado para competir estás. Creo que hemos logrado, poco a poco, ser cada vez más personas que pensamos del mismo modo y así va a ser difícil quebrarnos”.
Desprovisto de complejos y justamente sordo ante críticas integristas que tildaban de anacrónica su propuesta, el Atlético se fue granjeando el espacio oportuno para terminar por reclamar legitimidad como exponente del fútbol español, al grito de su balance de resultados. En el entretanto en que la atmósfera nacional regeneraba el oxígeno tras años de deliciosa (y ruidosa hasta la angustia) polarización estilística, provocada por el auge de la rivalidad Madrid-Barça con Guardiola y Mourinho al dictado, el planteamiento indio eludía los focos y sostenía con seriedad su silencioso proceso de solidificación, con un magnetismo labrado después de una amalgama ingente de horas de laboratorio en el Cerro del Espino y en Los Ángeles de San Rafael. La riqueza táctica de la pareja Simeone-Burgos y el sublimado estudio y preparación de situaciones específicas que descollaban del rutinario mordisco ante púgiles de tronío (valga como ejemplo paradigmático el 4-0 asestado al coloso merengue en febrero de 2015, en el que Ancelotti se desangró por la vía de las características superioridades laterales), nutrían el bagaje del custodio de la ortodoxia del modelo de repliegue y salida. Porque el monopolio ejercido por el fútbol patrio en el Viejo Continente evidenciaría con celeridad la transición pendular desde el ‘tiqui-taca’ hasta la energética cohesión y lectura venenosa de los espacios, con Sevilla y Atlético como emblemas de la evolución ganadora. Así, avanzando en paralelo en la consistencia de la mentalidad y de la ejecución, la reputación de incómoda visita se tornó en invitado indeseado para la aristocracia. La conquista del cielo nacional y europeo sobrevino de la mano, como guiño del destino para con una metodología y concepción filosófica del juego tan particular como denostada. La distancia con los horizontes otrora utópicos se recortó sobremanera, gracias al crecimiento exponencial de la automatización de la atención táctica, la deliberada conducción hacia el plano físico de cualquier baile -relativizando el pedigree del oponente-, la desconcertante desconsideración con respecto al papel del balón en la trama -excepción hecha del cruce con el proto-Chelsea de 'Mou' en 2014-, la magnánima gestión del sudor y la extremada amortización de las ocasiones -con la estrategia, el vértigo contragolpeador y el instinto del nueve en liza como irresistibles desencadenantes-.
La distinguida sabiduría posicional y temporal en la utilización de la frugalidad rítmica entretejió una ecuación indescifrable para ilustres víctimas propiciatorias (Barcelona, Bayern de Munich, Real Madrid, PSV, Benfica o Chelsea han dado cuenta) que promocionaron el ascenso del estatus rojiblanco extramuros. Y, con el tiempo y el poso de las probaturas nominales al galope de la exigencia recién adquirida, pulió dicha estratagema hasta el punto de edificar una altura de ejecución que desafía, con valentía, a los modelos asociativos propositivos más virtuosos (por el cauce de la transmutación de roles forzada, con la presión radical y asfixia de cada pulgada de respiro en sustitución de la primitiva reclusión contemplativa), penalizando cada imprecisión contrincante en grado sumo. Este imponente resultado presente -que muestra lógico e implementa el escepticismo sobre la trascendencia de la calidad técnica individual desligada del empeño por mor del bien común- no es hijo del éxtasis, sino de la introspección consiguiente a la frustración. El recorrido que ha dibujado el regreso al peldaño más resplandeciente y elitista de este deporte, que convoca este sábado a más de 180 millones de espectadores en San Siro, no ha sobrevenido como una suerte de justicia poética casual, de un merecimiento sentimental intangible, sino que ha experimentado el mesurado desarrollo coherente a la querencia por repensar los epígrafes básicos, en ocasiones troncales, que demostraron falto de soluciones (con balón) al Atlético en su eliminación de la pasada edición de la Liga de Campeones (frente al desfragmentado Madrid de Chicharito), en la carrera por el título liguero de 2015 e, incluso, en la cota que supuso la Décima madridista, cuando la arriesgada elección del lesionado Diego Costa y la diana asestada por Godín decretó el intensivo repliegue de filas, condenando a los suyos a un esfuerzo anatómico y de concentración de tintes agónicos. El resuello, principal nutriente, estaba pagando la cara b del libreto.
Es aquí donde se refresca el paralelismo con la franquicia texana cinco veces campeona de la NBA. Popovich, confesó posteriormente, susurró a sus pupilos usar el sentimiento de desazón que les colmó tras contemplar cómo el anillo se desvanecía por un escorzo sensacional de los Heat de Lebron James. Que fijaran aquella jugarreta como una afrenta motivacional para alzar los niveles de sensación de pertenencia, unidad, sacrificio y hambre. Por el camino, el técnico estadounidense abrió las ventanas de su planillo a un matiz más ambicioso en su relación con la pelota, con el empoderamiento de la circulación y la búsqueda continuada de tiros abiertos, como variante decisoria en la sutura de las cicatrices y reconstrucción del camino hacia unas nuevas Finales. La actividad defensiva que se le presuponía hizo el resto. En sintonía con los Spurs, que volvieron a medirse a Miami doce meses después en el baile final -para ganar y mostrar su mejor versión conocida (de aroma legendario)-, las oficinas del Calderón acometieron, en el pretérito mercado estival, la realización de las conclusiones extraídas por el cuerpo técnico. El abrazo de la épica física, convertido en sistémico, percutía con filo abrasivo el fondo de armario y buqué de la candidatura de su sistema, por lo que había que idear una respuesta acorde con la dimensión presupuestaria de un club (todavía) vendedor. Y el ungüento escogido por la regencia colchonera significó un atentado controlado a los cimientos del conjunto: había que redescubrir el balón como elemento complementario y no arrinconado.
Cuanto mejor se relacionara el Atlético con el cortejo del esférico menos dañina se evidenciaría la auto-exigencia anatómica. Más minutos disponiendo del cuero con la intención de padecer menos desgaste subrayó su importancia, si se quiere como planteamiento en perspectiva, incrustado en la fórmula de trazo grueso de una temporada y limitado a la influencia accesoria en los cruces de campanillas (cuartos y semifinales de esta Champions League). Para ello se debía modificar, de la forma menos traumática, la idiosincrasia y la relación de nombres (Mario Mandzukic, Mario Suárez y Raúl García, peones de parámetros más potentes que técnicos dejaron su lugar a finas figuras como Correa, Vietto, Óliver, Carrasco y, sobre todo, Saúl, todas ellas retrato del cambio buscado). “La identidad (competitiva y consistente en el equilibrio) no se negocia”, repitió de forma periódica Simeone a lo largo de la trompicada travesía experimental, mientras jugaba con los esquemas y atribuciones de sus jugadores en busca de la proporción adecuada para acertar con el punto de cocción postrero. No iba a resultar asequible la enmienda, y no lo fue, aunque la maquinaria siguiera defendiendo en puntaje semana a semana. ¿Cómo evolucionar hacia una propuesta más ofensiva sin exponerse?
Esta ha representado la incógnita, argumento de debate interno, más complicada del desafío asumido por el Cholo en el banquillo atlético. Pues bien, a un partido del final del curso, la panorámica parecería esbozar que la lesión de Tiago, jugador referencial todos estos años como balance clarividente con pelota, la maniobra de retirada con Jáckson Martínez y la desbandada de Arda Turan (faro creativo, casi en exclusiva, del lanzamiento del proyecto) funcionaron como acicates que promocionaron la puesta en práctica de la complicada decisión. Los límites del dibujo se estiraron hasta hacerlo más fluido de lo imaginable, con variables que acogieron el 4-3-3, 4-4-2,4-2-3-1 o 4-5-1, y Koke y Saúl (Augusto arribó de pié y a tiempo para que la mezcla cuajara) asentaron la relación de equilibrios necesaria para que la suma de los carrileros a la medular (con el retorno de Filipe Luis a la cúspide internacional de su posición) creara el trasiego interlineal que disparó los réditos de Griezmann (32 tantos es la cifra provisional) y la contribución posicional y goleadora de Torres. La velocidad y desequilibrio (individual o en combinación) de Yannick Carrasco vino a suponer el relevo exterior multiplicador del papel al espacio o en estático jugado por Adrián, Arda, Diego, Sosa o el Cebolla Rodríguez, ampliando una amenaza que no supieron contrarrestar los clubes que se atravesaron en el viaje hasta la final milanesa. La inyección coyuntural de Thomas, Kranevitter, Lucas, Savic o Lucas redunda en la confección de la competitividad hipertrofiada que se quedó a un suspiro de campeonar en Liga, de nuevo. La mutación que subió el ratio de posesión contaminó de placidez la resolución, que no el cierre (los penaltis contra el PSV subrayan este apartado), de un buen puñado de partidos, aportando guarnición a la regularidad lucida. Este matiz guarda una notable relevancia en los exuberantes guarismos finales (mejor defensa de Europa, con el Zamora-récord de Liaño conjugado por Oblak, 24 partidos competidos sin encajar y sus seis derrotas concedidas por un solo gol de distancia) y se tornó, en el cuerpeo en pos del champán continental definitivo, como el complemento idóneo para el ferviente movimiento posicional, mencionado con anterioridad, que discute el timón de la batalla o congela el fragor del achique. Se antoja complicado que este aprendizaje permita asistir a otro encierro sometido colchonero si la pugna por alcanzar la Primera Copa de Europa esbozara la reproducción de la gestión de una ventaja.
Porque ha sabido hilvanar la profundidad al espacio perdida con la marcha de Diego Costa y adicionarle la gestación de rutas exteriores (pensadas para producir parábolas con dirección a Mandzukic) en una argucia de mútiples direcciones que complican el contrapeso rival del juego terrestre, de la combinación vertical en el terreno de la mediapunta y de los interiores llegadores, completando la paleta más colorida diseñada hasta esta fecha bajo la batuta de los preparadores argentinos. La obra maestra del Simeone entrenador se yergue, firme en su convicción y personalidad enriquecidas, más cerca que nunca de abordar uno de sus propósitos primigenios: reasignar magnitud al Atlético de Madrid, ganar en la hierba y en la semántica, y desterrar a la neblina del olvido la categorización de ‘Pupas’. La negación rutilante y vehemente de la condescendencia y autocomplacencia ha colaborado en el establecimiento del background ideológico que ha cultivado la robustez mental sobre la que ha florecido el resto de semillas. Y, a 90 minutos de autografiar la cúspide de la revolución descerrajada, la “vida del equipo” madrileño resplandece en su madurez, hambriento por confirmar la legitimidad del respeto ganado y empezar a degustar el reconocimiento como principio transformador del monoteísmo atacante y preciosista impuesto en este intervalo de fútbol moderno. El célebre baluarte de la necesaria multiplicidad de concepciones que saca lustre al balompié, alejándolo de la pretendida unidireccionalidad, ya ha trascendido a la caricaturización que de él quisieron hacer los gigantes cuestionados y derrotados. Ni violencia, ni malas artes ni picardía antideportiva; profesionalidad humilde, conexión simétrica entre un club que anhela evolucionar y un collage homogéneo de futbolistas entregados su crecimiento particular, irreverencia trabajada, fanática solidaridad de esfuerzos, planteamiento presentista de las metas, potenciación hiperbólica de la ventaja que otorga ser consciente de las limitaciones propias y convencimiento, sin oquedades, de una plantilla que sólo entiende como válida para subsistir en la excelencia la lógica de su cuerpo técnico. “Con compromiso y con trabajo aparecen las oportunidades”, reza el principio absoluto, por lo que no parece haber secreto. Lo que si se desnuda como un apartado irresoluto es la condición de perpetuidad del efecto sobre el capital humano, inherentemente volátil, disponible. Negado también el esputo que cataloga este experimento como moda, sólo el tiempo asignará a este trienio como el mejor de una entidad centenaria tan particular que, a fuerza de creer, sudar y concatenar decisiones brillantes, abandonará también su vitola más reconocible, la de sufridora.