Los hombres más influyentes del Partido Republicano han sido derrotados. Donald Trump los ha vencido. El empresario estadounidense ya no tiene rivales. Las sorpresas en las filas republicanas serán mínimas. O sea, seguramente, Trump será el candidato republicano a la presidencia de los EEUU. Por lo tanto, que Trump haya logrado tan pronto su candidatura tendrá implicaciones no sólo en las filas republicanas sino también en las demócratas. ¿Qué candidato será el mejor de los demócratas para enfrentarse a los peligros que trae Trump? Quizá no sea ahora la señora Clinton la mejor candidata…
Lo cierto es que la candidatura de Trump ha roto por completo la dinámica republicana. La relación del partido con su excéntrico candidato ha empezado con el rechazo. Pensaban que nadie le iba a apoyar. Ahora cuando Trump ya ha logrado convertirse en el candidato tiene más partidarios que enemigos, nadie ya se escandaliza con sus mentiras ni insensateces, todos están frotándose las manos cuando ven cómo suben sus votos. El rechazo se ha convertido en una gran ilusión. No pasa nada, consideran ellos, porque al llegar a la presidencia, Trump ya no podrá seguir con sus declaraciones un tanto inaceptables y menos llevar a cabo sus ideas. Creen que lo principal es conseguir la presidencia, porque luego el partido podrá imponer a Trump las reglas de juego y el orden constitucional. Ilusos.
Aceptar a una persona que declara la tortura como imprescindible y matar a los civiles durante los conflictos. Sus ataques a los rivales políticos revelan su desprecio al juego limpio; la persuasión, el debate abierto sin descalificaciones personales del rival ya ha pasado a la historia. Ahora estamos en otra cosa más peligrosa. En efecto, la candidatura de Trump ha cambiado las reglas de juego de la campaña electoral. Eso significa que si Trump llega a la presidencia, ¿por qué no podrá cambiar el orden constitucional de los EEUU? La pregunta es más que pertinente. Es urgente responderla.
La aceptación de un político totalitario dentro de una democracia es un peligro para la propia democracia. Una vez adquirido el poder nadie tendrá posibilidad de controlar las ocurrencias de un político como Trump: impulsivo, autoritario, sin comprensión de la historia de su propio país. Los liderazgos de parecidos personajes dejan una huella demasiado profunda en las instituciones de cualquier país y cualquier nación. La democracia es un régimen frágil…Cuidado, pues, con el triunfo de Trump.