Cultura

Álvaro Pombo: "Estamos rodeados de cosas muy cutres"

UNA NOVELA AL AÑO

Rafael Fuentes | Sábado 04 de junio de 2016
Desde la anterior Feria del Libro de Madrid hasta la actual una de las novelas españolas más brillantes es Un gran mundo (Destino), de Álvaro Pombo, y acaba de entregar el manuscrito de otra. Lo entrevistamos en su apartamento de Madrid, envuelto en el pequeño caos de sus libros más queridos.

- Un gran mundo realiza una mirada crítica contra el franquismo, un juicio más moral que político quizá. Pero sobre un aspecto del franquismo con frecuencia olvidado, el señoritismo exquisito franquista. ¿Qué le ha llevado a interesarse en ese señoritismo representado por Elvira? ¿Fue un producto exclusivo de aquella época o jugaría hoy algún papel en el famoseo actual?

Creo que hoy en día no juega ningún papel. Se ha ido para siempre jamás. No volverá. Esto no es, por mi parte, una nostalgia del franquismo. Aquella fue una belle époque proporcionada por la estabilidad del régimen y reservada solo a los que contaban con dinero, a la aristocracia. Esa gente vivía bien. Aunque sea una parte olvidada del franquismo, es una parte real del franquismo. Los que lo vivieron se divirtieron mucho, pero presuponía una clase social privilegiada, con el chofer, con el coche. Un mundo que nosotros preferimos no tener. La protagonista, inspirada en mi abuela, era un poco sablista, pero tenía elegancia. Por una parte, mi abuela, Elvira, era una persona brillante, pero no daba de sí. Y aparte de tener buen gusto, conocía a todo el mundo, absolutamente a todo el mundo. Para ellos no fueron años de plomo. Vivían en una especie de globo, en un castillo encantado, de idas y venidas, de tablaos flamencos. Conocí a Antonio el bailarín, a Gades, en casa de mi abuela. Se trata de un mundo que las dictaduras hacen posible a veces, las dictaduras largas. Pero no vale la pena. Quiero decir, lo mejor es que todos los ciudadanos estén bien. Lo que pasa es que ahora no estamos tampoco tan bien y no tenemos sin embargo ninguna gracia. Estamos rodeados de cosas muy cutres. Aquel mundo ha sido ocupado hoy en día por otro mundo hortera y de dinero mal utilizado. Lo ha sustituido el famoseo, la telebasura y la cultura mediática actual. El famoseo es muy chabacano y muy bajo de forma. Pero, bueno, tampoco es una novela nostálgica, sino crítica.

-En Un gran mundo, Elvira frente a Teresa encarna un antagonismo ético y estético. ¿Exclusivo de la época franquista, o se trata de una contraposición que sobrevive aún en el siglo XXI?

Sí, se da ese antagonismo entre lo estético y lo ético. Básicamente sí. Es una actitud que yo no creo sea exclusiva del franquismo, que era el imperio hacia Dios y todo lo demás. Falso. Pero es una actitud que se da entre los dos personajes. Elvira tuvo mucho éxito en ese momento. Había creado una especie de arte. Pero su arte era menor. Tenía el talento de vender cosas, trajes, muebles. Un arte muy flojo. El franquismo produjo un arte flojísimo. En cualquier caso, en todas las circunstancias, siempre la estética da para lo que da. Y cuando hay asuntos serios, importantes, o que afectan a otras personas, los estetas se vuelven para otro lado.

- En Un gran mundo, el contrapunto a Elvira está en la estricta moral de Teresa. ¿Tiene algún paralelismo vital con su homónima, la santa de Ávila?

Lo tiene, pero no es muy deliberado, muy fuerte. Lo tiene porque las mujeres de aquella época, las nacionales, no las rojas, tenían a la santa, a Teresa de Jesús, como modelo. Mal modelo, porque esas mujeres estaban casadas y no eran monjas. Había una noción muy torpe en aquel momento, la Iglesia y la Falange propagaban una idea muy obtusa de la mujer. Aquel concepto de la mujer en casa, ama de casa, preocupada solo por las tareas familiares. Y que eran unas santas. El ángel del hogar. Pero resultaba un mundo muy hipócrita. Lo señalo, lo señalo. La religión fue una experiencia encorsetadora. Fue la experiencia de las mujeres antes de la rebelión de las mujeres. En España ha habido un momento antes de la guerra, las mujeres que leían, las mujeres del Liceo y de todas esas cosas, fue una revolución femenina importante. Zenobia Camprubí, María de Maetztu, Clara Campoamor, María Zambrano… Después, el franquismo significó un grave retroceso con respecto a la idea de la mujer. La concepción de la mujer volvió al de la mujer madre, la mujer en casa, con los hijos, fue un enorme retroceso. Y la Iglesia era muy cerrada en aquel tiempo. No se autorizaban los divorcios. Se recomendaba a las mujeres aguantar y sufrir con paciencia a los hombres. Y con esas cosas, a mí se me llevaban los demonios. A la narradora de Un gran mundo se la llevan los demonios.

-En relación con ello: ¿cuál es el valor de la experiencia religiosa ahora en el siglo XXI? ¿En qué medida lo religioso podría contribuir a aliviar el descontento de la persona consigo misma, como en su novela precedente La transformación de Johanna Sansileri?

Pues ciertamente no en la religión de rezos de aquella época. Tiene que ser una religión parecida a lo que está haciendo el Papa Francisco. Aquella Iglesia se ha agotado. Se ha acabado lo de los patricios con Benedicto XVI, que tenían esa idea de los rituales, de misas solemnes. En La trasformación de Johanna Sansileri sí hay una renovación: la de actuar. Johanna comienza a obrar. Decide acudir a la parroquia y lleva a cabo lo que tenía que hacer allí, fregar, enseñar inglés. Acción, praxis todo ello. No es teología. Está la teología y todas esas cosas, pero lo realmente interesante es la praxis. Es lo que ha caracterizado a los grandes santos. Quiero decir, han sido hombres de acción, o mujeres de acción.

-En su novela Quédate, Señor, con nosotros porque atardece, un monje trapense, el padre Abel, se suicida. Su comunidad huye de la banalidad, pero eso no le salva de ser una víctima de sí mismo.

Él no puede. Vamos a ver, ¿tiene sentido la vida monástica en este momento? La vida monástica entendida como se entiende allí. Como una vida de oración. La vida monástica estuvo de moda en los años cincuenta, en los cuarenta, después de la guerra, había eso y tal. Entonces algunos frailes entraron allí porque de algún modo era chic. Hubo muchas vocaciones. Luego, unos aguantaban y otros no. Están los que se marcharon. Su idea giraba solo en torno a la oración y la súplica. Y también al vacío. Lo deja claro: el vacío es no querer nada. No querer ni siquiera hacer la voluntad de Dios. Si la hago, digo: que bien lo estoy haciendo, que majo soy. Así que no hay que hacer ni la voluntad de Dios. De nuevo, a Abel le falta la praxis que le salve del vacío.

-Su editora, Silvia Sesé, ha afirmado que, en el futuro, los estudiosos hablarán de una nueva etapa en su obra tras sus últimas novelas: El temblor del héroe, Quédate, Señor, con nosotros porque atardece, La transformación de Johanna Sansileri y Un gran mundo. ¿Qué diferencias existen entre estas obras y las anteriores? ¿Qué singularidad las une?

Tienen una característica, que es que son más cortas, sin duda son más breves. Y que el elemento teatral es fuerte ahí. Una especie de contar un cuento concentrado. Son menos verbosas y menos embrolladas también. Sigue habiendo un trasfondo filosófico, por ejemplo el de Kierkegaard y otros muchos. Pero la filosofía está cogida aquí de refilón, por así decirlo. Yo tengo en cuenta todas estas ideas porque forman parte de mi manera de hablar. De las cosas que cuento, hablo y discuto en mi vida diaria. Pero no son ensayos. Son conceptos que utilizo en la vida corriente.

-¿La literatura debe contribuir a reforzar los valores morales? Un referente suyo en el pasado fue la fenomenología y la filosofía de los valores de Max Scheler, quizá en El metro de platino iridiado.

En realidad, El metro de platino iridiado es una novela precristiana. A las gentes del Opus les gustó mucho. Parecía que decía que la mujer se tenía que quedar en casa. Y yo no estaba dando en absoluto ese mensaje. Daba un mensaje más parecido al que da Henry James en Retrato de una dama. Hay una integridad. El decir: he hecho una promesa y me atengo a una promesa que he hecho. No es una promesa religiosa, y por eso se puede decir que es una novela precristiana. Ya le digo que uso solo a los filósofos que tengo en la memoria. Me ha gustado mucho la filosofía. La he estudiado en Inglaterra, en España, pero yo me he vuelto con los años un narrador, el que cuenta cosas. Sí, tengo la filosofía en la cabeza. La filosofía es muy elocuente, pero es otra cosa.

-¿Los valores morales están de verdad presentes en la renovación política iniciada en las últimas elecciones o no?

No sé, pero bueno. Que no roben. Si consiguen hacer cosas en las que las chorizadas que han cometido se supriman, entonces ya tendremos bastantes valores morales, si queremos decirlo de una manera pomposa. Que cumplan los mandamientos. Si corrigen las injusticias, estará funcionando lo que llaman valores morales. Hablar de ellos suele ser un pretexto. Una frase hecha. Una basura. Que los políticos no tengan puertas giratorias, que no se aprovechen para hacer negocios. Cuando me hablan de valores morales, apago la televisión. Cada vez que hablan de valores morales yo saco la pistola porque siempre es bazofia.

-En La transformación de Johanna Sansileri, la protagonista se preguntaba dónde se habían ido los indignados del 15-M. Ahora está claro. Han emigrado a los Ayuntamientos, al Parlamento. ¿Es un factor de esperanza, o de confrontación? ¿Cómo valora a Podemos?

-En ese Frente Popular que dicen no tengo grandes esperanzas. Preferiría un poco la fórmula de Rajoy, por burda que sea: PSOE, PP y Ciudadanos. Y que los otros estuvieran en la oposición, que no les vendría nada mal. Yo tengo esa idea. Vamos a ver después. Creo que los políticos son válidos, pero están cometiendo muchos errores de bulto. Todos. Aunque muchas veces los errores se corrigen errando, errando. A Podemos le vendría bien cuatro años en la oposición. Si no montamos una cosa híbrida rarísima.

¿Sigue pareciéndole Pablo Iglesias un reflejo de San Francisco de Asís?

-Dije eso y lo escribí en un prólogo. No se parece ahora a San Francisco de Asís. Se parecían los círculos de Podemos, tenían un punto franciscano, de improvisación, de fe en hacer juntos las cosas. Ahora no hay círculos. Podemos se parece cada vez más a los partidos tradicionales, es más como los demás. La imagen cada vez resulta menos interesante. El tiempo lo está erosionando con rapidez. Es que Pablo Iglesias, Errejón y todos esos, han sido muy hábiles, tácticos, han tenido una gran sagacidad táctica para colocarse con poco más de treinta años en el Parlamento. Yo estuve en UPyD, y a UPyD le ha pasado al revés. Se ha hundido. Hay menos de mil afiliados.

-¿Conociendo a UPyD por dentro, cómo cree que se ha llegado a esa situación? ¿Se cometió un error?

Se cometieron muchos errores. Uno fue no unirse con Ciudadanos. Había muchos de egos políticos. Claro que resulta fácil criticar desde fuera. UPyD hizo cosas muy bien hechas, como las denuncias. Pero un partido político tiene que ser más que eso, me parece a mí. Había personalismos. No sé. Me parece que UPyD no tiene que seguir como UPyD, porque se ha ido Rosa. La gestora debiera ser para liquidar el partido.

-¿Cómo fue la experiencia de un intelectual como usted, metido en la militancia política?

En mi caso particular lo que ofrecí es hacer bulto como figura conocida, en los mítines y esas cosas. Participé en las dos campañas. No estaba en la política del día a día, no tenía ni ganas, ni tiempo. Les dije: os animo, doy la cara. Es algo que no coarta la libertad intelectual, si se es serio y se trabaja. Está el ejemplo de Günter Grass y su compromiso socialdemócrata, no le coaccionó nunca en nada.

- Volviendo a la literatura, ¿qué nuevo proyecto tiene en marcha?

Ahora mando a Destino una novela, La casa del herrero, que también es menos verbosa, menos revuelta y complicada que las novelas que hice en la primera etapa o como se quiera llamar. Creo que he mejorado a partir del Premio Nadal con El temblor del héroe. La novela que acabo de enviar a la editorial, La casa del herrero, narra la historia de un hombre que trabaja con un señor rico, que es como un escritor, Alfonso, y que le deja toda su fortuna. Pero es una fortuna envenenada, porque este hombre ha mantenido a su mujer, y su mujer le engañó con su hermano recién casados. La venganza ha consistido en tenerla en casa toda la vida. No es un hombre limpio. Entra a trabajar como chofer, luego ayudante, secretario particular, y al final recibe la herencia. Se encuentra con una herencia envenenada. No porque haya nada irregular. Acaba dejándola y marchándose con lo puesto. Vuelve a ser chófer. Se trata de un dilema moral. Primero acepta ingenuamente la herencia, le agrada, pero luego las cosas no resultan ser así. No sé cuando se pondrá a la venta en las librerías.

-Está entregando una novela al año...

Sí. Yo tengo un buen ritmo. También tengo un proyecto de escribir algo similar a los “dardos en la palabra” que hizo Fernando Lázaro Carreter. Es un encargo del Instituto Cervantes, para Espasa-Calpe. Él escribía entre lo filológico y lo sociológico, y yo quiero enfocarlo también así. Y luego además estoy con relatos cortos. Escribo mucho. Una novela al año aproximadamente. Una novela es una forma que se puede desarrollar en un año, un año y pico. Ya no me gustan esas novelas largas, eternas, no las leo tampoco.

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