El jueves pasado el Parlamento de la República Federal de Alemania aprobó por mayoría abrumadora -hubo sólo un voto en contra y una abstención- una resolución titulada “Recuerdo y conmemoración del genocidio de los armenios y otras minorías cristianas en 1915 y 1916”. Berlín se une al grupo creciente de países que han reconocido el Genocidio Armenio de forma expresa a través de resoluciones de sus parlamentos nacionales. Así hizo Francia, por ejemplo, cuya Ley de 29 de enero de 2001 tiene un único artículo que reza: “Francia reconoce públicamente el genocidio armenio de 1915”. En la Unión Europea, 12 de 28 países han reconocido el genocidio. Como ya he escrito otras veces, desgraciadamente España no está entre ellos.
Es cierto que la resolución del Bundestag no tiene valor de ley. Sin embargo, su importancia política es innegable. La relevancia de las relaciones políticas, económicas y comerciales entre Alemania y Turquía dota a esta resolución de una gravedad que Ankara se preocupó de subrayar antes de la votación. La reacción turca no se hizo esperar: el mismo día en que se aprobó la resolución, el embajador de Turquía en Alemania era llamado a consultas. De este modo expresaba Ankara su descontento con Berlín. Esta forma de protesta de un Estado frente a otro suele ser temporal, pero no necesariamente breve. Las presiones políticas previas a la votación fueron tan intensas que el propio Norbert Lammert, presidente del Bundestag, advirtió que no se dejarían intimidar.
El Imperio Alemán y el Otomano fueron aliados durante la Primera Guerra Mundial. Militares y diplomáticos alemanes dejaron testimonios incontrovertibles de la destrucción de los armenios y de los planes para su total exterminio. Max Erwin von Scheubner-Richter, miembro de la legación consular en Erzurum, intentó salvar a los armenios que pudo y constató que las deportaciones eran una “política de aniquilación”. Paul Wolff-Metternich, embajador en el Imperio Otomano entre 1915 y 1916 acusó del exterminio directamente a Talat Pasha, ministro del Interior. Friedrich Freiherr, Kress von Kressenstein, general al mando del ejército del Cáucaso, escribió que “la política turca de causar hambrunas es una prueba evidente de la resolución turca de destruir a los armenios”. Martin Niepage, maestro alemán en Alepo, dejó testimonio de lo que vio en “Los horrores de Alepo” y señaló que el hambre era solo una de las formas de aniquilamiento de los armenios. El embajador ante la Sublime Puerta entre 1916 y 1917, Richard von Kühlmann, advirtió que “esta política de exterminio manchará durante largo tiempo el nombre de Turquía”. Hay muchos más testimonios. No es, pues, un problema histórico sino más bien una cuestión política turca.
Desde el final de la Primera Guerra Mundial, la diplomacia turca viene negando el Genocidio Armenio. El vigor de la negativa va unido a las consecuencias que se anuncian cada vez que un país hace algún gesto que pueda implicar reconocimiento. El primer ministro turco, Binali Yildirim, afirmó el jueves que “no hay en nuestro pasado ningún incidente vergonzoso que nos haga inclinar la cabeza”. El presidente de la República se preguntó cómo le mirarían a la cara a él o al primer ministro los funcionarios internacionales alemanes.
Sin embargo, pretender que el reconocimiento del Genocidio Armenio es una acusación contra los turcos de hoy es muy injusto. La propia resolución reconoce y honra a los turcos que salvaron armenios. Los diputados alemanes declaran que ante ellos “inclinamos la cabeza”. No, nadie pretende que Turquía o los turcos son culpables a título colectivo de crímenes cometidos hace más de un siglo. Nadie pretende imponer a los turcos una culpa colectiva ni un estigma. También es injusto pretender que la votación se produce ahora por los propios problemas internos de Alemania. Si hay un pueblo que se ha atrevido a mirar su propio pasado con ecuanimidad y valentía ha sido el alemán y su ejemplo debería servir como modelo para otros. La propia alianza con el Imperio Otomano da a esta resolución una trascendencia innegable también en el debate interno de la República Federal a la hora de valorar su papel en la Primera Guerra Mundial.
En la propia Turquía se está rompiendo el muro de silencio sobre el genocidio. Por encima de las amenazas y las presiones, el debate se está abriendo muy lentamente pero quizás de forma irreversible.
Alemania ha dado esta semana un ejemplo de coraje y justicia a la hora de nombrar lo que solo puede considerarse un genocidio. El testimonio de aquellos alemanes, más de un siglo después de la destrucción de los armenios, sigue siendo crucial para el conocimiento de la historia “tal como realmente fue” en palabras de Von Ranke.
Querría terminar estas líneas haciendo un voto por que algún día España reconozca, como han hecho tantos países, desde Argentina hasta la Federación de Rusia, que el exterminio de los armenios y las otras minorías cristianas del Imperio Otomano fue un genocidio. Ojalá algún día sigamos el ejemplo de Alemania.