Como cuerpos orgánicos porque están formados por personas, los sistemas políticos no son inmutables sino que cambian por contextos o por dinámicas propias. El sistema político de democracia occidental --con mayor o menores grados de eficacia-- está enviando algunos mensajes que parecieran más botellas echadas al mar y que serían serias advertencias de disfuncionalidad: el reparto proporcional del poder y los equilibrios en las instituciones parlamentarias no responden a la composición de la sociedad.
Los datos están a la vista:
--En los EE.UU. la sociedad es la única responsable de empujar a Donald Trump a la candidatura republicana y de ponerlo en situación de posibilidades de victoria en las presidenciales de noviembre.
--En México se ha pasado de un dominio absoluto del PRI hasta 1988 en todas las posiciones de poder a un poder repartido entre tres tercios de fuerzas equiparables: PRI, PAN y PRD-Morena y abstencionistas.
--En Brasil una mayoría logró votos en el congreso para destituir a la presidenta Dilma Rousseff con todo y su mayoría electoral.
--En Chile la protesta ha salido a la calle para reventar decisiones legislativas mayoritarias en temas educativos, provocando respuestas violentas de los aparatos policiacos del Estado.
--En Bolivia el presidente indígena Evo Morales sigue siendo la figura más querida por las masas, pero esas mismas masas le negaron en votación especial la posibilidad de modificar la Constitución para buscar una nueva reelección.
--En Cuba, aún careciendo de mecanismos democráticos mínimos, la sociedad está harta del autoritarismo de los hermanos Castro pero sigue siendo fiel a ellos en nombre de la revolución cubana que echó a los gringos explotadores, aunque los Castro hayan ya regresado a los gringos a apoderarse de nueva cuenta de Cuba.
--En Europa un caso especial: en España la elección del 20 de diciembre pasado terminó con el ciclo del bipartidismo y votó por cuatro fuerzas políticas, pero sin posibilidad de acuerdos para construir una mayoría absoluta. La nueva elección del 26 de junio próximo repetirá el mismo reparto de poder y por tanto planteará el mismo desafío: no habrá acuerdos para armar una mayoría absoluta; la nueva opción obligará a acuerdos.
--Y en Portugal la sociedad votó por un gobierno de izquierda para que gobierne con un programa económico de la derecha y lo quiso hacer --sin resultados-- con un ministro de Finanzas de izquierda radical que tuvo que renunciar sin que la sociedad lo apoyara.
En el fondo se percibe la crisis de funcionalidad del modelo de representación política proporcional. Para los observadores objetivos, ese modelo de organización política sigue siendo operativo, aunque necesita ajustes; lo que se percibe es que los políticos creyeron que la comodidad de la mayoría era un mandato absoluto y eterno. Pero ya no: el voto de la sociedad está apostándole a la fragmentación porque las élites políticas y de gobierno se olvidaron que la política es, además del ejercicio del poder, la representación.
A mediados del siglo XIX hubo un diputado mexicano bastante joven --33 años de edad-- que estableció sin saberlo la primera teoría de las minorías: Mariano Otero dijo que la representación parlamentaria debería reflejar y reproducir la composición de la sociedad: es decir, con las minorías. Por cierto, el sistema político mexicano le hizo caso a Otero un siglo después, cuando en 1964 estableció el mecanismo de diputados por porcentaje de votos y no por distritos.
Los parlamentos modernos funcionan a través de mayorías absolutas pero se niegan a negociar con las minorías relativas. Por eso el voto de la sociedad está dificultando el modelo. En realidad, el esquema de las mayorías absolutas se manejó como mecanismo de hegemonías o alianzas mayoritarias para excluir a las minorías del sistema de toma de decisiones. Así se llegó a lo que calificó el académico mexicano Miguel Basáñez como la hegemocracia o forma de gobierno mayoritaria pero excluyendo a las minorías.
En México opera el gobierno de minoría priista con mayoría por alianzas con otras pequeñas fuerzas subordinadas --no aliadas-- al PRI porque estas minorías no representan una propuesta ideológica sino sólo un número de sillones legislativos. En los EE.UU. Trump podría ganar las elecciones por la fragmentación del voto de la sociedad en tres ideas diferentes: la derecha racista, el establishment imperialista y la izquierda anticapitalista. Y en España la abstención en la investidura dejaría el camino para la mayoría simple.
El desafío radica en cómo actualizar el sistema de representación política equilibrado. Porque lo que se teme en todos los casos es que la mayoría simple que llegue al gobierno se olvide del mecanismo democrático del consenso o de los acuerdos para toma de decisiones. La sola polarización ideológica que define los partidos --izquierda o derecha o centro o fundamentalismo-- podría anunciar desde ahora los bloqueos parlamentarios y la falta de decisiones de gobierno.
Lo malo para los gobiernos es que existe una crisis que todos han soslayado: el agotamiento de los modelos económicos tradicionales, el capitalismo, el socialismo y la socialdemocracia. Y que ya no son tiempos para decisiones unilaterales. De ahí la necesidad de enfocar la crisis de las mayorías no sólo como reflejo de la fragmentación de la sociedad sino también en función de la falta de funcionalidad de los sistemas ideológicos y productivos. Lo malo es que partidos se acostumbraron al modelo Duverger de los partidos por ideología, cuando existe el modelo Panebianco de las coaliciones dominantes.
El desafío de las crisis políticas y de gobierno debería comenzar a explorar nuevas teorías en ciencia política para analizar reformas sistémicas.
@carlosramirezh