TRIBUNA
Alejandro San Francisco | Martes 07 de junio de 2016
Comienzo a escribir estas líneas cuando las elecciones presidenciales en Perú -realizadas el domingo 5 de junio- todavía no tienen un resultado definitivo. Para mayor complejidad, los datos preliminares muestran unos números extraordinariamente estrechos entre Pedro Pablo Kuczynski y Keiko Fujimori, que más parecen propios de una novela de ficción que de una elección real. Pero lo es, abriendo con ello un escenario con numerosas variables y difícil de predecir.
A las 7.59 horas del martes 7 de junio, los números son los siguientes: la candidatura de PPK, llamada Peruanos por el Kambio, tiene 8.362.088 votos, lo que representa un 50,142% de los sufragios válidamente emitidos; la candidatura de Fuerza Popular, la agrupación de Keiko, obtiene 8.314.802 votos, con un 49,858%. Realmente impresionante, cuando ya se han contabilizado el 95,454% de las Actas de la elección. De esta manera, queda por esperar la resolución final, aunque la tendencia indique una victoria de Kuczynski como el resultado más probable.
Uno de los mayores problemas, adicional al estrecho resultado, se refiere al carácter polarizado que tuvo la segunda vuelta en Perú, lo que puede ser manifestación de un ambiente propiamente electoral, pero también de odios y recelos acumulados. Esto cobra mayor relevancia, en cuanto PPK apoyó a Keiko Fujimori en la elección presidencial del 2011, contra Ollanta Humala y hoy fue su contrincante. Eso suele pasar en política, no tiene ninguna gravedad.
Lo que es realmente preocupante es que en esta elección de 2016 gran parte de la argumentación ha sido sobre el pasado, especialmente sobre el gobierno de Alberto Fujimori, sus errores, su deseo de perpetuarse en el poder, la corrupción y los abusos que se generaron en esa administración, todos datos archiconocidos hace cinco años. Hoy la situación ha cambiado, no solo en el discurso, sino que en los probables efectos políticos del clima electoral, de la campaña del terror y de la eventual victoria de Kuczynski, quien planteó esta segunda vuelta como una lucha entre democracia y dictadura, encarnando él los valores de la libertad y su contrincante la herencia dictatorial del fujimorismo.
¿Cuáles son los problemas que se pueden observar en este nuevo escenario?
El primero es una cuestión ya zanjada: Fuerza Popular obtuvo 73 de los 130 diputados cuando se disputó la primera vuelta presidencial y se eligió la totalidad del Congreso unicameral de Perú. Con esto, un eventual gobierno de Kuczynski tendría sólo 18 parlamentario propios: ni siquiera sumando a la totalidad de los diputados restantes logran tener una mayoría para gobernar. Más de la mitad de los parlamentarios son “dictatoriales”, si usamos la descalificación tan repetida en las últimas semanas.
Con esos números, el fujimorismo es necesario para dar gobernabilidad a Perú, para aprobar leyes, para avanzar en los desafíos que aparecían como principales en los debates y declaraciones: la educación, la salud, la delincuencia, el crecimiento económico. Sobre esto último hay algunas bases sólidas, considerando la inversión que ha habido en las últimas décadas, así como también que se han completado 80 meses de crecimiento en el producto. El resultado es una economía confiable y de enormes posibilidades hacia adelante, siendo casi el único país al cual el Fondo Monetario Internacional le ha corregido al alza las proyecciones hacia el 2017. Pero mantener esta tendencia exige que el clima político mejore, dejar atrás la división y asumir como proyecto la “concertación”, quizá la palabra más repetida en Lima el pasado domingo, especialmente por algunos analistas o por figuras como el ex presidente Alan García.
De alguna manera en esta misma línea ha comenzado a presentarse Kuczynski, quien comentó que era necesario “conversar con todos”, lo que es a la vez una responsabilidad y un riesgo. El apoyo recibido para esta segunda vuelta por parte de las fuerzas de izquierda, especialmente por Veronika Mendoza, resultaron un apoyo clave para la eventual victoria, pero no constituye necesariamente una fuerza valiosa para constituir gobierno o emprender ciertas reformas o políticas. Después de todo, Mendoza y su Frente Amplio -que cuenta con 20 diputados- es cercana a las posturas del socialismo del siglo XXI, y no a la tradición económica que representa Kuczynski. Ambos, además, mostraron una gran división e incluso insultos recíprocos en la primera vuelta.
El fujimorismo, por su parte, debe mostrar no sólo patriotismo, sino que espíritu democrático y capacidad de dar gobernabilidad a Perú. Una postura obtusa o intransigente no solo sería negativa para el desarrollo del país, sino que también traería de vuelta los fantasmas del pasado y presentaría a Keiko Fujimori como una persona que no supo aceptar su derrota. El problema es que hay muchas heridas abiertas, más todavía cuando los ataques sobre ella y sobre su eventual adhesión a la democracia fueron muy extremos y repetidos, mientras la candidata de Fuerza Popular planteaba la necesidad de unidad y reconciliación.
Está llegando la hora de la verdad y el escenario no será fácil. Existe un ambiente de polarización que ahora debe dar paso a un gobierno. Un editorial del diario El Comercio, de Lima, da luces sobre la actitud que corresponde tener en esta nueva etapa, al señalar: “es de esperar que en todas las partes involucradas las voces reflexivas se impongan a las recalcitrantes en este trance post-electoral”. Buenas ideas para una política que necesariamente es más compleja y que tiene fracturas reales entre los políticos peruanos.
Sin embargo, es necesario que Perú pondere que la situación en América Latina está bastante movida y que no hay espacio para juegos ni farras. La situación de Brasil muestra lo que significa un gobierno presidencial de minoría y con una división política manifiesta. Venezuela vive horas dramáticas y su régimen está agonizando en medio de la miseria y los abusos. Pero también hay notas de esperanza, como ilustra el ejemplo de Argentina de Mauricio Macri. Corresponde ahora a Perú, gobierne quien gobierne, decidir en qué lado de la historia va a estar, si elegirá “joderse”, como decía Vargas Llosa hace medio siglo, o si optará por un futuro de prosperidad y mejor calidad de vida para su población.