Innegables diferencias biológicas aparte, la igualdad de género en Occidente suele darse por conquistada y, más o menos desde que la mayor parte de países de este lado del mundo reconoció el sufragio femenino –con algunas fechas sorprendentes, como que en Portugal no pudieron votar las mujeres sin la educación secundaria hasta la década de los setenta-, las reivindicaciones feministas tienen que andarse con pies de plomo para no levantar sospechas de radical o, en el mejor de los casos, progre trasnochada. Pero a veces, esos gestos espontáneos y asumidos que se conocen como micromachismos abren una brecha tan abismal entre los hombres y las mujeres del siglo XXI que compiten en evidencia con “los niños tienen pene y las niñas vagina”.
Garbiñe Muguruza –tiene vagina, sí- ha hecho historia trayéndose a España el trofeo del último Roland Garros. 16 años han pasado desde la última vez que una mujer española lo logró. He oído a fervientes amantes del tenis calificar de “impresionante” lo que hizo la tenista en la pista contra Serena Williams el sábado; y a los que no nos va tanto, celebrar la gesta deportiva y la explosiva felicidad de una persona que ve reconocido el trabajo duro y bien hecho (además de los gifs de Rajoy, aunque ese es otro tema). Y, sin embargo, el reconocido talento deportivo de una mujer en disciplinas que –llamadme loca- se atribuyen tradicionalmente a los hombres, tiene que justificarse en los términos genéricos con los que una sociedad patriarcal se sienta cómoda. En otras palabras: Garbiñe es fuerte, resistente y técnica, pero femenina: siempre que no está compitiendo o entrenando, lleva falda y tacones.
Y hay quien dirá que Rafa Nadal también sale en revistas de moda luciendo palmito. Claro. Y los medios especializados están en todo su derecho de coronar a “Garbiñe” (porque queda tierno y desenfadado despojar a las mujeres de sus apellidos: Soraya –Sáenz de Santamaría-, Tania –Sánchez-…) como “la más guapa” de la pista. El problema es quien acude a un telediario nacional del medio día y se encuentra con que una de las preguntas del ‘canutazo’ a Muguruza seleccionada para la pieza sobre su victoria es: ¿Te gusta llevar zapatos de tacón? Puede que en el ‘Corazón de (casi) verano’ de turno no esté de más, pero si en los que entendemos como medios ‘generalistas’ se prioriza este dato, el mensaje está claro: gana lo que quieras, pero vístete como Dios manda (a las chicas). A ‘Rafa’, como personaje público que es y, por tanto, motor de masas, le habrán preguntado hasta la saciedad por sus gustos en moda o preferencias de calzado. Pero no horas después de haber conquistado un título mundial.
Y luego está La Gabarra. El orgullo de los futboleros de Bilbao hecho barco, en el que los ‘leones’ celebraron los títulos de Liga del 83 y del 84 por la Ría vasca y convertido en símbolo de los triunfos del equipo. Pero las leonas no. Porque si en el tenis el problema es la diferencia, en el fútbol es la indiferencia, cuando no directamente el insulto. El título de Liga de las jugadoras del Athletic está, de hecho, consiguiendo una repercusión mediática relativa por el ruido de las campeonas, que han lanzado una campaña de firmas en Change.org para denunciar el trato discriminatorio: su victoria no es lo suficientemente importante como para poner La Gabarra a navegar.
Pues eso, que los deportistas tienen pene y las deportistas, vagina.