Opinión

La mujer para Erdogan

TRIBUNA

Cristina Hermida | Miércoles 08 de junio de 2016

No deja de crear enorme perturbación que en pleno siglo XXI se escuchen declaraciones sobre la mujer como las del presidente de Turquía, Recep TayyRecep Tayyip Erdogan en las que afirma, sin disimular ni un ápice su franqueza, que cualquier mujer que rechace la maternidad “niega su feminidad”. A lo que, por si no fuera suficiente, añade: “Una mujer que rechaza la maternidad y las labores de la casa se arriesga a perder su libertad”. “Tiene carencias y es media (persona), sin importar el éxito que tenga en el mundo empresarial” (…) “producir en otros campos de la vida no obstruye la maternidad”.

Estas atrevidas declaraciones no sólo provocan una ofensa moral sino además jurídica. Empezaré por esta última. Tengamos en cuenta que el artículo 41 de la Constitución turca define la instrucción y aplicación de la planificación familiar como un deber, y además, en su artículo 10 establece que “el hombre y la mujer tienen iguales derechos. Es responsabilidad del Estado turco materializar esta igualdad” ¿Cómo puede el jefe del Estado turco situarse en las antípodas de la Constitución con semejantes declaraciones? No cabe duda de que el gobernante Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP, en el poder desde el 2003) está mostrando sin disimulo su lado islamista más radicalizado y defendiendo una visión de la mujer que se aleja claramente de estos principios constitucionales.

La Constitución queda en papel mojado cuando a lo que se anima es precisamente a lo contrario de lo que ésta dictamina. ¿A qué obedecen realmente estas declaraciones? Da la impresión de que Erdogan está construyendo los cimientos de una nueva sociedad en aras de invitar al pueblo turco a que conozca de primera mano la propuesta de reforma de Constitución que su Grupo islamista del AKP quiere llevar en un futuro próximo al parlamento.

De hecho, no es la primera vez que el polémico jefe de Estado se pronuncia sobre cuál ha de ser el papel de la familia en Turquía y cuál debe ser el rol de la mujer dentro de ella. Durante un reciente discurso ante una asociación juvenil arremetió contra la planificación familiar, abogando por un incremento de la población del país y reiterando su deseo de que cada familia tuviera al menos tres hijos, factor que contribuiría a la prosperidad del país, a su modo de ver. “En cuanto a planificación familiar o el control de la natalidad, ninguna familia musulmana puede entrar en esa mentalidad”, (…) “Nadie puede interferir en la obra de Dios. La primera obligación aquí corresponde a las madres”. Como han puesto de relieve diversos expertos islámicos, la invocación de que las mujeres tengan al menos tres hijos, argumentando que esa recomendación viene directamente del profeta Mahoma es completamente demagógica puesto que no hay ninguna doctrina religiosa sobre el número de descendientes que compete a los musulmanes.

El presidente de Turquía comete además, como ya dije antes, una ofensa moral con sus declaraciones. Debería saber el Señor Erdogan que una mujer que se abstiene de la maternidad al decir “estoy trabajando” no está en ningún momento negando su feminidad. La mujer tiene tanto derecho como el hombre para rechazar o retrasar la maternidad y las tareas del hogar no incumben solo al sexo femenino del mismo modo que el mundo de los negocios no compete solo al varón. Ser mujer y madre no es un status puesto que depende de cada cual y de cómo se ejerza esa doble condición en caso de haber optado por ella. Como ha insistido la Plataforma contra los asesinatos de mujeres, un grupo contra la violencia de género en Turquía: “La mujer es mujer, es mitad sólo en tu mente”.

Cuando Erdogan declaraba el pasado 8 de marzo, día de los derechos de las mujeres “para mí la mujer ante todo es madre” estaba ignorando además que la procreación depende de dos, no solo de la mujer, y que constituye un derecho nunca un deber. Asimismo su mensaje de que no se puede poner a mujeres y hombres en igualdad de condiciones por ir contra la naturaleza merece también una reflexión. Efectivamente hombres y mujeres somos diferentes, pero esa diversidad solo es comprensible desde una perspectiva de igualdad. “Iguales en la diferencia”, que diría Julián Marías, y además iguales en la dependencia recíproca necesaria que nos une y vincula como seres humanos.

Erdogan desconoce que lo sexual puede llegar a ser la culminación de una de las dimensiones de la relación personal, adquiriendo en dicho caso un valor distinto por su intensidad e importancia. Ahora bien, la confusión de lo “sexual” con lo “sexuado” -algo mucho más importante y abarcador- oscurece y confunde todo.

La mujer no es nunca una cosa, un objeto, un trozo de mundo. Es siempre humano y específicamente femenino. La humanidad y la feminidad están siempre presentes en la corporeidad y en cada momento suyo independientemente de que haya sido o no madre. Cuando esto se olvida no hay duda de que la relación entre hombre y mujer se pervierte, haciéndose tambalear la premisa principal: la igualdad en la diferencia.

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