Músculo, intensidad y colmillo parecen arrinconar a la calidad técnica. Por Diego García
El evento francés que alza su telón este viernes (21:00/Telecinco) viene a constatar el cambio de paradigma. El hipertrofiado calendario que le ha precedido, desembocando en una calibración energética similar a la que cultivó la cosecha del último Mundial brasileño, no sólo ha disparado la relevancia anatómica y del resuello en el campeonato continental de naciones por excelencia, sino que, atendiendo a los últimos peldaños de los escalones que han repartido la gloria del balompié en este ajetreado 2016, se entrevé la dirección en que sopla el aire en estos tiempos de volátil transición generalizada. Los clubes que han significado el abrazo del regusto ganador/referencial (Real Madrid, Atlético, Sevilla, Liverpool e, incluso, la romántica y arrebatadora escapada con cerrojo del Leicester en la Premier League) han remarcado, con su rendimiento extremado, la cesión de mando del rol monopolístico y esteticista defendido, todavía y con matices, por Barcelona y Bayern de Munich. Competidores que quedaron en el camino a pesar de reclamar protagonismo, a voces, en el presente desfragmentado de la aristocracia europea, con Manchester City, PSG y Juventus portando la bandera de los aspirantes, sustentan la preponderancia del trabajo táctico, el concienzudo estudio de vídeo y laboratorio, la imposición de un guión físico impío y la amortización, afilada, de los recursos en vuelo o en acciones de pizarra. Ahora el uniforme de antagonista agazapado y astuto, lector camaleónico de las flaquezas ajenas y sujeto pasivo y contemplativo, ha abandonado su caracterización vintage para sumir en lo exótico de la futilidad a las posesiones superiores del 60%. La improvisación con y sin balón representa la anécdota, para infortunio del integrismo demiurgo del “tiqui-taca” y exaltación de los preceptos del fútbol moderno: todos los peones están obligados a esculpir y derribar. No hay vida más allá del trabajo colectivo y comprometido. Ni fuera del alborozo ofensivo sustentado por un ancla destructor medular. Los centrales y los porteros han de saber relacionarse con el esférico, axioma del Guardiolismo, pero los genios también deben sudar y sangrar.
En pleno advenimiento de la mutación del escenario acontece una Eurocopa que no escapa a tal introspección en la relación de fuerzas del deporte rey. La final precedente, en la que España descerrajó un exquisito 4-0 a Italia en Kiev, y las semifinales del campeonato internacional de 2014, en las que Alemania afianzó su candidatura sobre la belleza asociativa mudada en rodillo evolucionado que deshilachó el granito, recién edificado, de la Canarinha (1-7, marcador legendario y congoja histórica carioca) se yerguen como únicos iconos dignos de memoria en la mochila de la concepción propositiva y preciosista que encumbró al combinado nacional entre 2008 y 2012. El certero y angulado remate de Mario Götze que negó a Leo Messi su estatus absolutista en la prórroga de la escaramuza por el oro de hace dos veranos ya avanzaba el viraje global. El Mundial que sacó a los pupilos de Vicente del Bosque a empujones, por la vía de la asimetría abrasiva en el ritmo y los vatios en ambas fases del juego, sirvió para anticipar el colapso de la circulación perpetua sin amarres. El tacticismo, recogido por la Argentina del Mascherano mediocentro y la contra al galope de Di María, el Brasil de Scolari, el Chile de Sampaoli (que conquistaría su primera Copa América en 2015) o las solidificadas propuestas ordenadas de Francia y Portugal, completó su salto al pentagrama de la conversación entre naciones, desnaturalizando la sensacional relación entre pragmatismo estadístico y poesía combinativa propia de la ortodoxia atacante. Así, cuando la inercia entrega alimento a la argumentación resultadista, comenzará la Euro`16, tres semanas en las que parecería dilucidarse una confrontación de estilos desigual, con el establecimiento del compás predominante en el horizonte.
En territorio galo han desembarcado los alemanes como favoritos rutilantes (encuadrados en un grupo plácido, con Ucrania, Polonia e Irlanda del Norte como fiscalizadores y, casi, sparrings) y únicos adalides del fútbol más colorido junto con la dulce transformación generacional española, matices hechos con respecto a versiones anteriores de ambos púgiles. La convocatoria de Joachim Low, que ha debido lidiar con las poco triviales ausencias de Phillipp Lahm, Marco Reus o Ilkay Gundogan, ofrece una reproducción de la intención controladora de toque frugal y avance sostenido, no exenta de variantes de contragolpe, vista la tesitura y la nómina en liza (como ocurre en los viajeros que partieron de Las Rozas). Toni Kroos, Sammi Khedira, Bastian Schweinsteiger y Mesut Özil gozarán de la responsabilidad tectónica de la idea dominadora a desplegar, como Busquets, Thiago, Koke, Iniesta, Silva y Fábregas lo harán en la vigente campeona. Sobre figuras como Julian Draxler (llamado a brillar en su alternativa), Mario Götze, Andre Schürrle, Nolito, Pedro y Lucas Vázquez recae la atribución del desborde exterior, arma de desatasco si la suma de los laterales a la posesión central no genera los espacios requeridos. En la era de la extinción de los especialistas (Thomas Müller y Álvaro Morata son ejemplares multifacéticos consecuencia de ello), dos países hermanados por el libreto balompédico se granjean soluciones a la horizontalidad repudiada desempolvando los roles de regateador y rematador (con Aritz Aduriz y Mario Gómez). En definitiva, germanos y españoles se adhieren al desarrollo de acople al intervalo histórico sin renunciar a la identidad sobrevenida que les ha señalado como triunfadores. Países Bajos, curiosamente, refleja el proceso contrario: negó su tradicional paladar delicado para rozar el trono y caer con estrépito, fuera de este torneo mientras renueva nombres y presupuestos. La pelota volverá a ser protagonista en los dos competidores mejor dotados técnicamente. Sin embargo, la pegada y la atención a la espalda tras pérdida y al equilibrio interlineal en defensa cobran una trascendencia particular en sus anhelos si se contempla el recorrido clasificatorio alemán y el fresco resbalón georgiano.
Este último epígrafe, el del pliegue de los fantasmas organizativos que se asumen como riesgos controlados en la propuesta de fútbol ofensivo característico, acelera su repercusión en base a la exigencia de precisión y capacidad de sacrificio que propugna el pelotón de candidatos. Francia, la urgida anfitriona e Inglaterra, incógnita perenne y esta vez ilusionada, dirigen la amplia gama de hambrientos (que incluye a Portugal, Italia o Bélgica) que aguardan turno para hincar el diente al postre. Y lo hacen con una premisa aprehendida como mantra: a través del trabajo, el orden, el ardor y la penalización obsesiva de los errores oponentes se puede tocar techo. Así, la selección dirigida por Didier Deschamps y la que ha confeccionado Roy Hodgson lucen exuberancia en sus planteles como fórmula y criptonita de la clase individual, otrora decisiva. Les bleus enfrentan la empresa de responder a su autoestima patria desde un grupo enjabonado (Rumanía -partido inaugural-, Suiza y Albania) y con una línea argumental tan sólida como eficaz, si bien la baja de Benzema y la obviedad de Gameiro mermarán sobremanera el devenir goleador. Sobre la morfología de Paul Pogba gravitará su desarrollo colectivo. Elementos de marcado cariz energético, como Matuidi, Kanté, Sissoko contruyen un centro del campo de ida y vuelta, que ha de traducir los encuentros en desafíos a la consistencia físico-mental del contrincante. El frenesí en transición de flechas jóvenes como Griezmann -reclamado líder de cara a la diana-, Martial y Coman mezclan con la sapiencia con pelota de Payet y el discutido acierto rematador de Giroud y Gignac, en la cima de un esquema que gusta de potenciar su velocidad de traslación y verticalidad tras robo.
Caso similar asoma en la enésima entente de los ingleses (secos de Eurocopas en su escueto palmarés y caídos en un grupo nivelado por abajo, con Gales, Rusia y Eslovaquia), también acoplada a la presunción de seguridad defensiva de una retaguardia menos eficiente de lo deseado si se dan fisuras en el dibujo. La revolución de nombres en la lista descubre a Dier como retazo único de mediocentro defensivo, rodeado de piezas box to box, con más o menos aptitudes con pelota. Barkley, Delle Alli (protagonista inesperado del resurgir del Tottenham), Lallana y Wilshere se antojan resolutivos en el lanzamiento de asociaciones, siempre de índole puntiaguda; Milner y Henderson ejercen de boyas musculadas en la directriz de rítmico desempeño a la que Sterling, Vardy y Sturridge añaden coherencia vertical, Kane suma remate y Rooney, cerebro y experiencia. Un análisis profundo encuentra lagunas tácticas en esta edición de Inglaterra si el dictado de tramas anárquicas (por imposición de un fluir sobrexcitado) no revierte en la disposición de partidos de pelaje anatómico. La ilusión desatada por la respuesta de las caras nuevas, por el contrario, no resulta anacrónica, aunque el Talón de Aquiles sigue fijo en una defensa que podría quedar expuesta a sus suturas si la energía decae en su conjunto. Hart, sobre todo, y Lloris volverán a soportar el peso de saberse tan determinantes como la puntería de sus compañeros atacantes. Si la cohesión de ambos equipos sufre desconexiones, las opciones de título de planteamientos tan mimetizados con el plano del esfuerzo agónico se ven mermadas de forma rotunda, pues la táctica es lo único que sostiene en tal circunstancia, y la trinchera británica es más endeble en este punto.
Detrás de los focos que alumbran las posibilidades de los seleccionados mencionados amanecen las esperanzas de catarsis de Portugal, Bélgica e Italia. Los lusos se presentan en otro torneo de campanillas con el orden como fin. Cristiano Ronaldo ha terminado por colgarse la jurisdicción, semi-exclusiva, del remate, como acomete Ibrahimovic en Suecia. La sorprendente Islandia y las rocosas Austria y Hungría examinarán el acierto en ambos extremos de este deporte del estilo modificado por Fernando Santos. Danilo, Renato Sanches (perla pescada por el Bayern) y William Carvalho sostienen un espacio troncal que lanzará un talento de factura asimilada, con Andre Gomes, Nani, Joao Mario y Quaresma como desbordantes y Joao Moutinho repitiendo como distribuidor destacado. La potencia de los obreros que copan todas las líneas formulan un escurridizo sistema, tan dotado para la resistencia e indigestión de rivales más privilegiados como capacitado para naufragar ante encierros más o menos intensivos. Dicha arista, incluida la dependencia de sus baluartes ofensivos, es compartida por la alternativa belga. Los red devils traen a Francia (se miden a Italia, Irlanda y Suecia, en el grupo más complicado de la primera fase) la vitola de tapado cualificado que deshicieron en el Mundial, pero con una diferencia: el magnetismo de Hazard está respaldado por la madurez de Kevin De Bruyne. La talentosa dupla, replicada con otro par de extremos finos y voraces (Carrasco y Mertens), constituye la punta de lanza de una selección que encuentra en su centro del campo el culmen de su filosofía. Exponentes de la destrucción, el golpeo y el medio fondo como Raja Nainggolan, Dembele, Fellaini y Witsel empastan un soberbio equilibrio que es discutido por la irregularidad anotadora de Lukaku, Benteke y Origi y la erosión que la lesión de Kompany pueda jugar en la convicción del repliegue. Courtois, silente referente actual bajo palos, emerge como estrella de obligada asunción de responsabilidad en aras de la profundidad del recorrido centroeuropeo. Como su homólogo filosófico portugués, se refuerza el abc familiar en busca de un escaño en los partidos por el trofeo. Sin permiso para el respiro ni perdón para el desatino de cara al gol.
La azzurra diseccionada por Antonio Conte paga en estos días el cambio de ciclo y las consecuencias de la revolución iniciada por Cesare Prandelli. El ex técnico de la Fiorentina o Parma retorció los cimientos sobre los que los transalpinos arrancaron cuatro Mundiales para dulcificar la apuesta, adaptándola al contemporáneo soplo español, y desterrar el Catenaccio a la semántica de reliquia. El experimento surtió efecto en la Eurocopa precedente, pero el ocaso de Pirlo, Totti, Cassano y demás futbolistas técnicos ha promocionado un regreso a la escena arquetípica de Marcello Lippi, esa que juega con la altura de la presión para morder tras robo. El reconstructor de la Juventus que ahora ha pulido Allegri se ha propuesto quemar su estampa en esta traumática transición, antes de asumir el banquillo del Chelsea. La pulsión competitiva que relega la pelota al papel de complemento útil ha vuelto a contaminar a una Italia que, esta vez, regresa con los colmillos limados. Con Balotelli -goleador de su última participación en este campeonato- fuera de circulación y Marchisio y Verrati lesionados, Conte necesitará estrujar su sabiduría táctica para que su equipo avance. Con un puñado de delanteros sin respaldo estadístico (y tan dispares como Eder, El Saharawy, Pelle, Zaza e Inmobile) y un centro del campo que no goza de cotas absolutas en ningún aspecto del juego (Parolo, Motta y De Rossi son los gestores de la pelota; Florenzi, Giaccherini y Candreva amalgaman el desequilibrio exterior), la lucidez de Lorenzo Insigne y la estructura defensiva de la Vecchia Signora representan los asideros colectivos de un vestuario por calificar en esta altura. Buffon no reniega, una edición más, de su protagonismo, aunque el sensible manejo de los carrileros y los tres centrales no termina de excluir a los italianos de nada. Más por pedigree que por presente.
El debut de Gareth Bale, las ganas de renacimiento de Arda Turan, el ansia de redención continental del Robert Lewandowski, lo excelso de la pareja croata Modric-Rakitic o la repercusión en el juego de David Alaba, desde su posición, rematan el interés de una Eurocopa que descifrará la calidad de la tensión de presuntos extras con asunción de actores secundarios como Suiza, Rusia, Austria, Turquía, Polonia, Eslovaquia y Rumania, todos ellos agraciados con el trabajo y organización sistémica suficientes para complicar el oxígeno de cualquier gallo en cualquier cruce. Porque la igualdad que el giro estilístico efectuado por el fútbol europeo ha esbozado en la fase clasificatoria pinta un torneo salpicado de atisbos de tropiezos y trampas. La guerra de guerrillas está servida en el colofón extraordinario a una temporada de dominio español. Queda por comprobar si la ampliación del formato auspiciado por Platini localiza un ascenso en el interés del campeonato asimilable al montante económico subsiguiente a la transformación del mismo. La hierba de los coliseos galos y el fuelle físico decidirán.