TRIBUNA
Enrique Arnaldo | Jueves 09 de junio de 2016
Los bostezos se agrandan cada día al leer el periódico. De hecho muchas personas han dejado de hacerlo… por puro aburrimiento.
Los personajes se repiten como las malas digestiones y, por supuesto, sus cuitas y declaraciones, convertidas en una retahíla de lugares comunes, de frases hechas a modo de estribillos de canciones del verano. Dicen 50 veces lo mismo durante 50 días cambiando, a veces, el punto en la i o añadiendo dos puntos y una coma. Sopor. Más de lo mismo. Ahora se llaman argumentarios.
Quizás Saramago pudiera reescribir su “Ensayo sobre la ceguera” como “Ensayo sobre la necedad”. Nos toman por necios alimentados de su barata demagogia de parvulario. Nos toman por necios pues creen quedamos absortos por sus peleas absurdas cuando realmente nos indignan. Nos toman por necios crédulos de sus engaños, de sus manipulaciones, de sus trucos elementales. El circo mediático que montan cada día es vergonzante. No hay otra escapatoria que ponerse los cascos y la música muy alta ante el desierto del debate.
Tener que explicar que Maduro es un sátrapa, un dictadorzuelo que concentra en sus manos sanguinolentas todos los poderes, que utiliza para perpetuarse en el sillón mientras los ciudadanos no tienen qué comer, mientras la oposición es encarcelada, es sencillamente ridículo. ¿Con qué tragaderas sostienen algunos que es un progresista perseguido por el imperialismo?
Tener que explicar que el genocidio del pueblo armenio por el Imperio otomano fue un hecho abominable, execrable, es también ridículo. El turco Erdogan amenaza (la última a Merkel) por la declaración de condena, que llega, por cierto, un siglo tarde. ¿Por qué tenemos que repetir lo que está demostrado indubitadamente? ¿Por qué perdemos tantas energías en el negacionismo histórico de lo realmente acaecido?
Entre nosotros tenemos también lo nuestro. La pareja dominante de la política catalana –que rememoran la de dos de los grandes cómicos del cine mudo que hacían pareja de hecho- invierten todo su tiempo en suspender en Historia y negar que Cataluña forma parte indisoluble de España. Su discurso es cansino además de paupérrimo y recuerda al de aquellos pésimos gobernantes que para salvarse a sí mismos condujeron al abismo a sus pueblos.
Hay sitio para muchos más ejemplos. Pero es agotador y no quiero cansarles.
Nos toman por necios quiénes hacen de la necedad su profesión. Debemos aislarlos en el sentido etimológico, concentrarlos en una isla lejana, quizás la isla de los necios.