Opinión

La Feria del Libro

TRIBUNA

Natalia K. Denisova | Sábado 11 de junio de 2016

Este mes de junio está lleno de deberes. Uno de ellos es dar un paseo por la Feria del Libro. Vale la pena hacerlo, aunque sea sólo por el raro placer de husmear el olor de los libros nuevos que quizá sólo encierren las ideas más viejas del mundo. Da la sensación de que la mayoría de los autores empezaron a escribir sus obras antes de aprender a leer. Una lástima. No digo que nazcan viejos, sino que hay, como dijera el maestro Gabriel Zaid, “demasiados libros”. Quizá se hubiera ahorrado mucha tinta, y se hubieran salvado muchos árboles, si muchos autores hubieran pensado la validez de sus obras antes de darlas a la imprenta. Pero no hay solución… Todos escribimos y todos queremos que nos lean. Nadie renuncia a escribir su libro. Gracias a ese afán existen las ferias de libros.

¿Qué decir sobre esta última Feria del Libro de Madrid? Dos palabras resumen el contenido de las casi cuatrocientas casetas: didactismo y la utopía. Algunos libros hasta consiguieron combinar las dos cosas: pedagogía para la utopía. Todos quieren enseñarte algo, que no es un vicio del libro, sino un atributo imprescindible de todo libro. Pero no me refiero a lo que enseñen los libros, sino a ese vicio de la modernidad de “enseñarte” a cocinar, a hablar lenguas, a adelgazar, a comer, a dormir, a cuidarte, a descuidar a los demás… En fin, uno acaba hasta el moño de tanto didactismo o aprendizaje barato. Inútil. Esta literatura, llena de fotografías de gran calidad, de recetas sabias y más eficaces todavía que el bálsamo de Fierabrás, puede ser divertida e, igual, útil en algunos casos, pero al hojearlo no te deja la sensación de que sus “sabihondos” autores tratan al lector como a un menor de edad o, sencillamente, como a un pardillo. Otros libros habríamos visto, en verdad, si estos autores por lo menos una vez hubieran aplicado sus consejos para sí mismos.

Sin embargo, la mayor sorpresa y la más desagradable nos espera en las casetas de los libros cuyos editoriales se ocupan de la vida pública, o sea de la política. Ahí la cosa es dura. Muchos libros, diría demasiados, sólo por su estética exterior repugnan profundamente a cualquiera que conozca las miserias de los regímenes políticos que describen o justifican. Stalin, Chávez, Lenin. Estos “políticos”, por llamarlos de algún modo, de repente regresan a las portadas y a las cabezas de los teóricos políticos como ejemplos para mejorar la sociedad actual. Parece increíble, pero es la realidad. La miserable realidad de los políticos que se agarran a viejos dogmas fracasados. Las nuevas utopías, basadas en los viejos errores y en el desconocimiento completo de la historia, quieren hacerse realidad sin importarles a estos nuevos teóricos de la mala política el precio que requieren estos experimentos.

En fin, el bullicio de la gente, las largas colas en los puestos de helados y cortas ante las casetas de libros, me hace pensar en las viejas descripciones de las ferias populares de siglos pasados. Mucho progreso de boquilla y poco avance en la sabiduría.