Opinión

Del buey mudo al loro impertinente

TRIBUNA

Francisco Massó | Sábado 11 de junio de 2016

El liderazgo es un proceso, una forma de hacer cuya excelencia convoca a otras personas que, a la vez que otorgan a alguien su confianza, se benefician de su buen hacer. Por tanto, no es un don personal, ni una gracia divina, sino una transacción, un trueque, un do ut des, que se mantendrá mientras haya beneficios recíprocos.

¿Recíprocos?, ¿el líder también obtiene beneficios? Sin duda. Alguien ha dicho que el liderazgo recae, sobre aquel miembro del grupo que necesita del grupo más que los miembros restantes. Evidentemente, la necesidad es peculiar de la persona, y no ganan todos los líderes igual, ni en la misma moneda: quién busca hacer dinero, quién prestar servicio, quién se mueve por el prestigio, quién por la influencia, quién viene a reforzar su autoestima, quién a imponer una ideología, predicar unas creencias, etc. Las motivaciones son diversas, e incluso pueden operar desde la sombra de la consciencia del actor.

En todo caso, el líder cubre una necesidad del grupo: es su cabeza y, como tal, ha de ofrecer un pensamiento de autor, original, con la autoridad precisa para enfrentar cada problema que afecta al grupo y la autonomía suficiente para actuar libremente y resolverlo. Autor, autoridad, autonomía, tres palabras hermanas. Nos falta la cuarta hija del authentés: autenticidad, que el líder ha de ser de fiar, transparente, sincero, honesto, leal... Un verdadero caudal de valores éticos a emplear, a fondo y en superficie.

Lo que antecede es el marco. Ahora descendemos al bazar de la realidad: el campo empírico, donde la idea se hace cosa.

Hay una manera de hacer mohína, que se agazapa tras la mirada torva, algún gesto adusto y la sonrisa etrusca, puesta en cara de plata. La persona carece de espontaneidad, no confía en sí misma, de tan lastimada que la tienen su drama infantil, el acoso escolar y la marginación de adolescente sufridos. En su soledad, relame sus heridas, o vuelve a escocerse cuando es el rencor el desinfectante con que las bizma. Y es que aquello que se tuerce durante la infancia, sólo hace formaciones reactivas por ver de enderezarse.

Como le ocurrió al primer Buey mudo, mote de Santo Tomás de Aquino, la compensación psicológica puede llevar a la persona a conseguir triunfos, en un ámbito contrario a aquel en el que ha sido denostado. Por ejemplo, cosechar éxitos intelectuales, cuando ha recibido burlas por algún defecto corporal. Santo Tomás, objeto de burla de sus condiscípulos, por su imagen física, escribía cuadernos tan sesudos que, al ser conocidos por su maestro San Alberto Magno, le hizo exclamar: “A éste lo llamáis Buey mudo, pero sus mugidos asombrarán al mundo”. Entre silencio y silencio, el Buey mudo puede escribir la Summa teológica, aunque esté trasnochada y sea imposible su digestión. La persona trata de ocultar un déficit, mostrando el superávit. Este mecanismo de defensa es tan vulgar, que apenas nadie escapa a su corriente. Y tiene rédito.

A distancia, se inquieta el líder incesante, dotado con mirada de camaleón, o al menos de ojo compuesto. En movimiento continuo, anda con prisa dudando en qué dirección y se atropella con las manos, que suben, bajan, se encuentran y desencuentran en un pis-pas. Nunca lee, su verbo es raudo; no soporta la parsimonia de pensar y repensar, e improvisa a uña de caballo, sin conciencia de que hoy dice lo contrario que dijo ayer, porque carece de pasado, sólo el futuro es su acosador. Intento tras intento, activismo permanente y hacer por hacer. El riesgo de confiar en él, es derrapar en sentido antero-posterior. Sin embargo, es eficiente.

Salvo don José Múgica, Pepe Múgica para todos los que nos consideramos amigos de su humanidad, hay otros muchos líderes que suelen rezumar narcisismo, por el engreimiento que les otorga estar arriba. Se encreen, como decían en el siglo XIII. Se colocan en la creencia de ser superiores, de estar mimados por Dios, o las circunstancias. Los Hados les han sonreído y se pavonean de su espléndida suerte, conseguida por méritos propios. Este liderazgo, pavo real, está vacío; es pura apariencia, cuyo objeto se agota en prevalecer ufano, encantado de sí mismo, en la cresta de la ola de la admiración y el vasallaje. Siempre que topamos con el narcisismo en bruto, hemos de asumir el riesgo de que el líder nos deforme la realidad y pretenda vendernos como triunfo estrepitoso, lo que ha sido un suculento fracaso.

Asunto de otro cantar es la sobre-compensación psicológica. Otro mecanismo neurótico de defensa. En este caso, la persona pretende paliar los daños de la autoestima personal, la inferioridad vivida, buscando aparecer superior, alardeando de poder y dominación. Como no cura el daño vivido, la autoestima sigue lastimada y su afán sobre-compensatorio puede ser peligroso. Un ejemplo espeluznante de sobre-compensación psicológica es Hitler, cuya infancia fue dramática en muchos sentidos. Pero hay muchos ejemplos de aquí y de allá.

El hambre de poder, proveniente de sobre-compensación psicológica, amasada con una ideología salvadora, da origen a un liderazgo trepador, siempre escalando; lenguaraz como un loro, siempre atento a la oportunidad del impacto; y antagónico, porque es más fácil pugnar, luchar o guerrear, que crear y construir. Este liderazgo puede cristalizar en carismático, si lo aderezamos con buena dosis de emotividad, fervores hacia no importa qué ídolos y esperanzas mil, de bicocas y gollerías sin cuento. El modelo presenta el máximo riesgo para el grupo que lo alienta y los grupos adyacentes: traspasar los límites de la realidad y entrar en el frenesí de la locura, es una cuestión de detalle, porque son liderazgos de la entropía, o de cuánto más ruido haya, más revuelto bajará el río. Y las locuras colectivas son inmensamente dañinas.

Afortunadamente, los liderazgos reales son colegiados: hay un equipo detrás de las personas que los encarnan. Con ello, se consigue paliar la neurosis personal del jefe. Paliar, no suprimir.

El liderazgo es una función del grupo, que no puede trabajar descabezado, máxime cuando toda la justificación de la existencia de los grupos es transformar la realidad, solucionando los problemas que afectan a sus miembros, que estos no pueden resolver por sí mismos. El liderazgo, necesariamente, ha de ser transformador, un gerente del cambio continuo, que acompaña al grupo en su andadura.

El líder transformador utiliza la empatía para escuchar a sus seguidores y comprender mejor los avatares de la realización de cada uno. Esto es, dialoga después de escuchar. Como el director de orquesta, protege la armonía, que cada instrumento suene integrado, en su momento y compás, a beneficio del conjunto. Para conseguir este objetivo, no vale un buey mudo, ni un loro borracho de poder, ni un pavo real, ni una ardilla Zipi-Zape, sino un maestro con la batuta en la mano, sereno, con conocimiento de la partitura y la orquestación.

Un reto actual del liderazgo es el cambio de la jerarquía de las necesidades, de manera que el desarrollo de la humanidad de cada persona prevalezca sobre el aliento del consumo y la acumulación de objetos, estimulaciones y derechos retóricos. Es preciso atender al cambio de paradigma del modelo occidental, si queremos mantener vivo al planeta, lograr una sociedad estable y un modo de ser, hombres y mujeres, cada vez más completo, integrado y espiritual.