La economía, se supone, es uno de los temas centrales de la política desde que estalló la burbuja inmobiliaria en España. Entonces hubo un debate televisivo con muchos cartelones y muchos gráficos entre los dos ministrables en materia económica del momento, Pedro Solbes y Manuel Pizarro. Cualquiera que estuviera un poco informado sabía que ya estaba en marcha una crisis mundial con visos apocalípticos, y las posiciones estaban claras: Solbes defendió que España tan sólo afrontaba una ligera desaceleración, mientras Pizarro cargaba las tintas en la profundidad del problema que se cernía sobre el país. Al día siguiente se dijo que Solbes había ganado el debate. Se celebraron elecciones. El PSOE las ganó de nuevo y comenzó la segunda legislatura de Zapatero. Hablamos de 2008. Tampoco es muy necesario abundar en cómo se desmoronó la economía después.
En el muy futurista año de 2016, ya no son dos, sino cuatro, los primeros espadas de la economía que acuden a un plató para hablar de eso que –se dice hasta la saciedad- “importa de verdad a los españoles”. Pero no por repetirlo mucho conseguiremos que sea verdad. Si mi olfato no me falla, creo que el reequilibrio de la balanza comercial no va a ser el tema más comentado en los chiringos playeros, ni en parte alguna, y menos mal.
Una cosa es la economía y otra nuestro bolsillo. La relación entre ambos elementos no tiene porqué ser amorosa. De hecho, la economía se encarga de gestionar recursos finitos para satisfacer necesidades sino infinitas, al menos crecientes. “Todos queremos más”, decía un anuncio de televisión, creo que de una compañía telefónica, y resulta que era una vieja y olvidadísima canción de un tanguero argentino, Alberto Castillo.
Un cierto escepticismo, un cierto realismo, se transmite entre los españoles de generación en generación. Es una tradición que, siendo un poco románticos, podríamos remontar hasta Séneca y Lucano, ambos cordobeses, que, si hacemos caso a Borges, otro argentino, “antes del español escribieron toda la literatura española”.
¿Qué les habrán dicho esos cuatro economistas a los bolsillos de los españoles? ¿Cómo les habrán hablado a sus tripas, esas tripas que según Platón, albergaban la parte peor del ser humano, la parte concupiscente? Después de haber visto el debate no tengo ni idea. ¿Por qué están indecisos ese 32,4% de españoles indecisos, según la última encuesta del CIS? ¿Qué quieren escuchar sobre eso que “importa de verdad a los españoles”?
Yo creo que los contendientes del debate –Garzón, Garicano, Guindos, Sevilla- se lo preguntan también. Un debate a cuatro comienza a ser un debate complejo, y en esa maraña de déficits, de modelos productivos, de subidas y bajadas de impuestos, de salidas y entradas del euro, de impuestos, de contratos, uno sale con la duda de si ha colocado el mensaje que quería colocar. En formulación breve, y según una de las frases perentorias sobre empleo, economía y droga que ha dado el siglo pasado, “el que no esté colocado, que se coloque”.