Miércoles 15 de junio de 2016
Las autoridades francesas han confirmado que la muerte de dos gendarmes apuñalados este pasado fin de semana ha sido un atentado islamista. Lo terrible de este hecho, aparte del asesinato en sí mismo, es la amenaza real de que cualquiera puede ser atacado en cualquier punto de Europa. Terrorismo de manual, nunca tan efectivo como hasta ahora.
Por desgracia, este modus operandi ya se ha repetido en otros países, sin que las autoridades puedan hacer mucho más de lo que ya hacen. Es materialmente imposible controlar a todo aquel que pueda suponer un riesgo potencial para la seguridad pública. Siendo fácil conseguir un arma de fuego, lo es aún más hacerse con un cuchillo y sembrar el pánico en plena calle.
Quizá la única posibilidad sea la unidad social, sin fisuras. No puede haber resquicios a la hora de condenar al islamismo radical, por más paños calientes que se quieran poner desde determinados sectores. El foco del problema es siempre el mismo: radicalismo islámico. Y hasta que no haya un rechazo social patente -uno de los asesinos de los atentados de Paris vivió tranquilamente tres meses en el barrio de Molenbeek sin ser denunciado por ningún vecino, pese a que sabían perfectamente quién era-, la amenaza persistirá. Tenía razón el Presidente Holande: estamos en guerra –y no sólo en Francia- y debemos actuar en consecuencia.
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