Barcelona, 19 de junio de 1987. 30 kilos de amonal y doscientos litros de líquido incendiario y otros componentes. He aquí el contenido del coche bomba que explotó en Hipercor a las 16:10 de aquel día. Ahora se cumplen 29 años. Nadie con memoria necesitaría que le recordasen la magnitud de la matanza: 21 muertos, 45 heridos. Dejo aparte los daños materiales, que incluyeron 20 coches destruidos, otros 25 seriamente dañados y afectación del edificio y los inmuebles colindantes.
Los responsables de este atentado terrorista fueron Josefa Ernaga y Domingo Troitiño, condenados a sendas penas de 794 años como autores materiales; Rafael Caride Simón, partícipe en el delito, condenado a 790 años y medio; y Santiago Arróspide Sarasola, alias Santi Potros, a quien se le impuso una pena de 790 años y medio de prisión como máximo responsable de ETA.
El historial criminal y penitenciario de Santi Potros, que comprende -entre otras cosas- detenciones, puestas en libertad y acumulación de condenas por asesinatos terroristas daría para otra columna.
Hoy prefiero escribir sobre la memoria.
A casi 30 años del atentado de Hipercor, estos aniversarios van pasando casi desapercibidos. La narración de la derrota de ETA se ha ido nutriendo de otros relatos que buscan lavar la cara a los terroristas y presentar una historia donde los hechos se adapten a la conveniencia política del momento. Parece de mal gusto recordar los 300 atentados de ETA sin esclarecer o las decisiones, por ejemplo, en materia penitenciaria desconcertantes, por no decir escandalosas.
Los amigos de ETA, los simpatizantes, los aliados estratégicos o tácticos han ganado presencia pública en toda España. Quizás el ejemplo más claro -desde luego, no el único- sea la entrevista que Arnaldo Otegui dio hace algunas semanas a una cadena de televisión. La afirmación de que, en el atentado de Hipercor, “la intención no era matar” debería haber generado una ola de indignación y toda una reflexión sobre la ética del periodismo. Otegui describió el “desgarro personal y político” en la “izquierda abertzale” y afirmó “porque además muere gente trabajadora, gente humilde, gente que está haciendo las compras”. Este miembro de ETA añadió que “el sentimiento de abatimiento era total”.
Tómese el Parlamento Vasco, los Ayuntamientos de las tres provincias vascas, el Congreso de los Diputados, el Senado… Sobre ETA y la izquierda abertzale se cierne un manto de silencio cuando no cierto discurso tibio o incluso benevolente. La izquierda populista es pródiga en líderes que abiertamente han declarado sus simpatías por los “abertzales”. Es como si una epidemia de olvido, impunidad y mentiras se hubiese abatido sobre España.
La celebración del fin de la violencia -y en eso coincidimos todos, ¿quién no habría de alegrarse?- ha acallado todas las voces escépticas y toda advertencia sobre el efecto perverso del triunfalismo. El discurso de ETA y la izquierda abertzale -con su etnicismo, su totalitarismo, su odio a España, su populismo, su manipulación sistemática de la Historia- goza de excelente salud. El abogado de Santi Potros en su último juicio, Iker Urbina, era a la sazón diputado de Amaiur y portavoz en las Comisiones de Interior y Justicia.
La “izquierda abertzale” se ha granjeado las simpatías de otras izquierdas populistas. Pablo Iglesias habló en una Herriko Taberna refiriéndose a España como “el Estado” y sintiéndose orgulloso de estar junto a la “izquierda vasca” acompañado por Sabino Cuadra, comunista y diputado de Amaiur (otro más). En otra ocasión, directamente afirmó que “cualquier demócrata debería preguntarse si no sería razonable que los presos de ETA y aquellos vinculados al independentismo vasco… ¿no deberían ir saliendo de las cárceles?”. Pablo Iglesias aspira a presidir el gobierno.
A casi 30 años del atentado de Hipercor, estamos asistiendo a una reconstrucción de la historia y a una tergiversación de la memoria que pretende blanquear a ETA y presentar sus crímenes como producto de un “conflicto” donde los terroristas y sus víctimas estuviesen en pie de igualdad y donde una democracia como la española valdría lo mismo que la organización terrorista. Los pistoleros, los secuestradores, los extorsionadores estarían en el mismo plano que los militares, los policías, los guardias civiles. Las víctimas del terrorismo -entre ellas, los políticos democráticamente elegidos, los periodistas, los empresarios, cuyos asesinatos parecen menos graves a ojos de Otegui que los de otras personas- las víctimas, digo, tendrían como contraparte a Santi Potros y sus compañeros, a quienes se pretende presentar como “presos políticos”.
Parte de esta tergiversación pasa por manchar a la Policía Nacional y la Guardia Civil con la sombra de las acusaciones de torturas. Echo de menos una defensa más decidida de ambas instituciones y de los que trabajan en ellas. Ahora va a resultar que si ETA no mata es porque lo decidió y no porque las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado la fueron acorralando. Los policías y los guardias civiles se merecen algo mejor que sufrir la sombra de la sospecha que los terroristas arrojan sistemáticamente sobre ellos. Al final, esta acusación infame se arroja como un bumerán sobre dos de las instituciones más valoradas por los españoles. Precisamente esto era lo que perseguían las instrucciones de la banda de denunciar siempre torturas.
Hay, por supuesto, voces que rompen esta unanimidad de la desmemoria y la manipulación histórica. Ahí están las asociaciones de víctimas, algunos periodistas y políticos -bastante solos, por cierto- y poca gente más. El Estado parece haber bajado los brazos frente a estos intentos de reescritura de la historia y manipulación de la memoria. El abandono del sistema educativo o la renuncia al debate de ideas de fondo -como si todo se tratase de gestionar sin proyecto político alguno- han terminado creando una confusión que solo beneficia a los supuestamente derrotados.
Debemos reaccionar frente a estos intentos de blanquear a ETA y a sus simpatizantes pasados y presentes. La equidistancia -que tiene poco que ver con la ecuanimidad o la justicia- encierra un engaño peligrosísimo que se está extendiendo.