A mi querido Ulpiano le fastidia España. Él creció en una, dice, estrangulada de patriotismo. Le calzaron tanto la bandera y el himno, que todo lo que le zumba a solar de la raza le irrita, le ulcera, le avergüenza incluso; creo que hasta evoca en él esa suerte de acomplejamiento nacional que ya diagnosticó López Ibor.
Ulpiano es un jubilado inquieto, de una curiosidad glotona. Él se juzga demasiado disperso y se deprecia como lector de solapas. Pero es mucho más que eso, y a pesar de escocerle España maneja con donosura el habla cervantina que le enseñaron los frailes.
Yo disfruto haciendo todología con Ulpiano entre cañas, periódicos y aceitunas moriscas. Es decir, que charlamos muy a la española. De todo menos de España. Si no es para quejarse de ella, de España mejor no hablamos. O se desfleca. Lo que empieza a ser un problema, ya que España cada vez me interesa más; también como problema. Quizá, quién sabe, porque sobre este asunto mi educación fue indiferente.
Ajedrezando mi sociogénesis a la de Ulpiano –que me lleva dos generaciones–, diría que los excesos de mi camada fueron el entretenimiento franquiciado made in USA: un régimen adolescéntrico saturado de azúcares catódicos y grasos en estéreo; chucherías para la nueva becerrada solitaria. En cuanto a la otra América, la nuestra, siempre la vi con aires de calima.
Yo le explico esto, a Ulpiano. Y sobre mi tardo y asombrado rodeo por la California de José Vasconcelos. O por ese Madrid alpino de Zubiri, García Morente y Díez del Corral. Y de cómo Ortega, meditando el Quijote, supo esquejar el edelweiss de las ideas entre la retama del ágora ibérica: Es la vida, el texto eterno, la retama ardiendo al borde del camino, donde Dios da sus voces…
Retazos, vaya, paisajes de la metanoia o despertar de mi entraña española. Conciencia cultural de asiento ancho y estirpe mestiza. España. Nación que al pensarse se muestra persona; que nunca es, lo español, demasiado humano. Y que por eso mismo, hasta cuando me aflige, yo vibro y quiero a España, con el aliento eléctrico del pesimismo alegre.
Comprende, envuelvo a Ulpiano, que nos anilla el perímetro de la circunstancia. Si no por impregnación telúrica, sí al menos como arrieros que trajinan por el surco de esta lengua cuyo amor compartimos. Yo pienso –recuerda– en castellano; y no es poca cosa, eso.
Cuando mento la lengua, Ulpiano tremola, calla; la estima demasiado. Pero enseguida ¡Que no! ¡Que no!, protesta castizo, ¡que yo España me la paso por los bajos! ¡Que a mí García Morente y el curilla de Zubiri me importan un bledo! España es vagón de cola: astillas de Lepanto y para de contar. Decadencia, chico, lee a Spengler. Sólo son mil quinientas páginas.
¿Spengler? ¿Por qué no? Spengler, Oswald: La decadencia de Occidente. Bosquejo de una morfología de la historia universal (1918-1922). Traducido aquí por Manuel García Morente, con proemio de Ortega que escancio como sigue:
“La Decadencia de Occidente es sin duda la peripecia intelectual más estruendosa de los últimos años (…) La riqueza y problematismo de las ideas spenglerianas impide que yo ahora intente ni un resumen ni una crítica (…) El señor García Morente ha hecho un enorme y cuidadoso esfuerzo para trasvasar al odre castellano la prosa de Spengler. El estilo del autor, su terminología, son tan bravamente tudescos que no era empresa dulce hallar sus equivalencias españolas. Yo mismo he colaborado un poco en la dura faena de esta versión (…)”. Madrid, 1923.
En fin, querido amigo, que como ya decretó tu homónimo romano bajo el imperio de Alejandro Severo: A cada uno lo suyo. Y a España, una caricia, al menos, por la dura faena de su parto entre las peripecias y el estruendo de los siglos. La empresa no era dulce, y nos aguarda todavía un bravo, enorme y cuidadoso esfuerzo. España, España, España, versó Eugenio de Nora: Dos mil años de historia no acabaron de hacerte. Un proemio cuya riqueza y problematismo me impiden que pretenda ahora su aquilate; su inquisición, que la intente el comisario.