“Tenemos empleos que odiamos para comprar cosas que no necesitamos […] No sois vuestra cuenta corriente, no sois el coche que tenéis, no sois el contenido de vuestra cartera, no sois vuestros pantalones […] ¿Entonces qué somos? Sólo somos consumidores. Exacto, el producto secundario de una obsesión con el nivel de vida […] Las cosas que posees terminarán poseyéndote”. Fight Club (David Fincher, 1999)
En otra ocasión les comentaba mi opinión sobre los paradójicos efectos de la ‘incuestionable’ globalización. En aquel artículo, decía que la aceptada universalización, lejos de aportar y sumar, muchas veces restaba y nos forzaba a vivir en una “Economía global de supervivencia”. Todos somos conscientes de la enorme polarización que se está produciendo entre ricos y pobres y de la consiguiente erosión de la clase media, pero puede que no veamos tan clara la diferencia entre aquellos que defienden los intereses de los humanos y los que potencian los ‘no humanos’, al menos por la parteque nos pueda tocar a cada uno de nosotros. Curiosamente, intereses no humanos están promovidos por grupos sociales aparentemente muy dispares, al menos a priori: de un lado están los pocos que manejan el capital y del otro, los consumidores, en general.
En un (posible) extremo estarían el poder económico y financiero, representado por gestores, empresarios y accionistas tanto de grandes corporaciones como de medianas y pequeñas empresas junto con sus marionetas: políticos y banqueros centrales. A la vez, este grupo es un subconjunto del grupo de ‘los ricos’. Y en la otra punta, estaríamos en mayor o menor medida el resto, la gran masa de consumidores: burguesía, clase media, baja y los más pobres. Los primeros buscan producir al menor coste posible y los segundos buscan -cada vez más- el menor precio posible. Unos, amparados por leyes (o la ausencia de éstas) y por gobiernos y organismos internacionales que facilitan que los costes salariales tiendan a cero (o a 1 o 2 dólares al día, como pagan en muchos países del tercer mundo), otros, sin quererlo y bajo el anonimato ‘global’ de un ordenador, compran sin pudor y, siempre que pueden, al mejor-menor precio, ya que, como dice el eslogan: “¡yo no soy tonto!”
¿Qué motivación empuja a unos y a otros a comportarse de esa manera? ¿Es sólo una cuestión de dinero y egoísmo primitivo, o piensan que hay algo más que se nos escapa?
Suponiendo que progresar fuera sinónimo de crecimiento económico, empresarial, salarial y de gasto: ¿tan difícil sería darse cuenta de que si no defendemos nuestros intereses, los humanos, acabaremos por fagocitarnos los unos a los otros como si de un virus se tratara? Las consecuencias de nuestra poca visión periférica y del cortoplacismo (gratificación inmediata), nos empujan inevitablemente hacia el abismo económico, para empezar, y medioambiental, para finalizar. Buscar sin mesura y ‘ad infinitum’ el coste de producción y precio de compra más bajos sin tener en cuenta las consecuencias que produce en el largo plazo en los humanos y en la naturaleza, es el mismo impulso genético que motiva a una célula cancerígena a atacar al resto de células sanas hasta llegar a destruir al huésped. ¿Extraño, no creen?
Si los ricos no son conscientes de que cuanto más (aún) se polarice el mundo, más en peligro estarán sus vidas; si los gestores de corporaciones y empresas no se dan cuenta de que cuanto menos paguen, menos dinero habrá para gastar; si los políticos no ven que al gobernar para unos pocos, se enfrentan a unos muchos y que, a la larga, también acabarán linchados o exterminados; y si los consumidores, del primer mundo en especial, no somos conscientes de que al gastar cada vez más y comprar más y más barato, sin querer, estamos alimentando el mismo círculo vicioso y atentando contra nuestros propios intereses: humanos y terrícolas. Si no nos damos cuenta de todo esto, andamos por el mal camino del progreso, pero ¿cuál sería entonces el buen camino? Ese no, desde luego, que nos lleva al suicidio colectivo más que a ningún tipo de progreso. Les diría, como de costumbre, que menos es más y que, evidentemente, no me refiero ni a los precios ni a los salarios, sino al consumo exponencial, a los gastos y cosas inútiles con apariencia de necesarias (“¿Sufre usted de ‘morestuffismo’?”), a las muchas e improductivas horas de trabajo (“Miedo a la productividad, la regla del 80-20”), a los excesos, a las agendas repletas, a las prisas, a los abusos y masacres animales y naturales, al estúpido y adictivo dinero, a la ignorancia y hasta al número de personas en el planeta. Ya saben, más de lo mismo, o mejor dicho… menos.
"Le voy a contar una revelación que he tenido en el tiempo que llevo aquí. Esta me sobrevino cuando intenté clasificar su especie. Me di cuenta de que en realidad no son mamíferos. Verá, los mamíferos logran un equilibrio perfecto entre ellos y el hábitat que les rodea. Pero los humanos van a un hábitat y se multiplican hasta que ya no quedan más recursos y tienen que marcharse a otra zona. Hay un organismo que hace exactamente lo mismo que el humano, ¿sabe cuál es? Un virus. Si los humanos son la enfermedad, el cáncer de este planeta, una plaga… nosotros somos la cura". The Matrix (Hermanas Wachowski, 1999)
NOTA: La mayoría de estos escritos no dejan de ser una ‘autolisis espiritual’: una especie de remedio casero inventado por el gran chamán de la mente, Jed Mckenna, y que es una mezcla entre autocrítica y análisis que cuestiona todo lo que pensamos, vemos, leemos, escuchamos, sentimos, saboreamos o aceptamos como ‘verdad’ o ‘realidad’.