Empieza una nueva época en la historia, y ciego será el que no lo vea. Esta observación de Goethe ante la batalla de Valmy (1792), en la que los revolucionarios franceses derrotaron a las tropas austroprusianas, se registró por los historiadores como el primer éxito de la Revolución francesa. El apogeo de los principios que Goethe vio despuntar victoriosos en la aurora de Valmy, llegaría con los Tratados de paz de 1919. Wilson, presidente estadounidense, explicó doctoralmente como Europa debía organizarse sobre el principio de las nacionalidades. Sus palabras descendieron de la cátedra a los tratados, y de éstos a la realidad. Se cortó y recortó el mapa de Europa para que las fronteras limitasen pueblos libres “de disponer de sí mismos”. Veinte años después, todo cuajaría en sangre, sudor y lágrimas (Churchill), dando la razón a Robert Lansing, secretario de Asuntos Exteriores de Wilson, que al comentar la terca insistencia de su jefe en organizar Europa sobre el principio de las nacionalidades, gritó: Eso es dinamita. Tras más de medio siglo viviendo a base de mantequilla, volvemos a los cañones (dinamita). El brexit es el síntoma que evidencia la recaída de Europa en su enfermedad crónica: los nacionalismos. Más que albor de una nueva etapa, incurrimos en errores pasados.
A fines del XIX, Inglaterra vivía en espléndido aislamiento teniendo a gala esta actitud como centro de su política internacional. Treinta años más tarde Baldwin y Chamberlain reconocieron que la frontera británica estaba en el Rhin. En los años de la guerra fría llegó al Elba. Hoy por la irresponsabilidad de Cameron (el Decamerón sin sensatez ni fortuna), retrocede al Canal de la Mancha. Esa singularidad británica de organizar imperios con criterios solo mercantilistas ha destrozado la Unión Europea. Según Stafford Cripps, canciller del Tesoro en la Inglaterra de 1949, no es posible querer guardar una galleta y al mismo tiempo comerla. ¡Y encima con mantequilla! Como dijo aquel gañán de Utrera: En la Europa de nuestros días, el espíritu del mal continúa atizando la revolución; ¡si sabré yo con los güelles que aro!
Y tras el diagnóstico continental, el pronóstico patrio. Habrá un presidente socialdemócrata. Será el momento de reeditar el Pacto Ibérico que Franco ideó con la Portugal de Carmona y Salazar para acercarse a Inglaterra. Todos los caminos llevan a Canterbury. Aquél feliz instrumento de concordia peninsular del año 39 puede servirnos hoy para volver a ser anglófilos y no germanófilos. Y si el gobierno es comunista retrocedemos a la murga de los “amigos de la URSS”: la revolución emprendida tiene la simpatía de las grandes masas populares en todos los lugares de la tierra. El pueblo español debe unirse a todos los países libres y pacíficos, especialmente, a la Venezuela de Maduro. Y bla bla bla. Eso en política, porque en fútbol ante Italia, llegamos a los penaltis. Y visto lo de Ramos, eso nos trae el sexit.