Opinión

Albert Rivera: o apoya al PP o se va al gallinero

POR LIBRE

Joaquín Vila | Lunes 27 de junio de 2016
Albert Rivera cree estar tan en el centro que ha hecho el ridículo y se ha quedado solo. Sueña con ser el Adolfo Suárez de la que él llama la segunda transición, la gran memez que ha repetido hasta la saciedad en los últimos tiempos. Y pretende emular el eslogan de UCD de “lo mejor de la derecha y lo mejor de la izquierda”. De ahí, el ridículo idilio con Pedro Sánchez y los guiños a algunos dirigentes del PP. Y, de ahí, el trastazo que se ha dado en las urnas.

Pero el joven emergente parece tan viejo pretendiendo revivir la transición de hace 40 años entre la dictadura y la democracia, como su compañero de viaje Pablo Iglesias, queriendo resucitar la dictadura del proletariado. Al final, van a estar más apolillados los emergentes que los ”viejos partidos”, como les llama el centrista Rivera. Y ambos han pagado cara su chulería en las urnas. Será el voto útil, pero muchos de los que apoyaron el 20D a Albert Rivera ya han comprobado que el centro es un cuento chino. Y es que se trataba de que gobernara un frente popular o el PP. Y está claro que la mayoría de los españoles prefiere un Gobierno sólido y serio del PP, incluso del PSOE, aunque no el de Pedro Sánchez, que la aventura populista. El bipartidismo no ha muerto; ha salido robustecido.

Y quizás, rememorando la terna que urdieron el Rey y Torcuato Fernández-Miranda para que Adolfo Suárez saliera elegido presidente, ahora ha tenido la ocurrencia de comunicar al PP su terna, eso sí con solemnidad: Ciudadanos jamás apoyará a Rajoy, pero podría llegar a acuerdos con el partido si el candidato fuera Feijóo, Cifuentes o Casado. Esta es la terna de Rivera. Con la consiguiente chulería: ni siquiera Sáenz de Santamaría. De modo, que el candidato del PP, con 137 escaños, debería dejar que el de Ciudadanos, con 32, le mande a su casa y elija a su sucesor. Un gesto que resulta sorprendente y pretencioso. Así es, según parece, el centro emergente. La nueva política. El cambio.

Pero lo mejor de su propuesta se encuentra en el argumento. Acusa a Rajoy de pensar más en los sillones que en España y que, por enrocarse, será el responsable de un nuevo bloqueo político. ¿Pero quién habla de sillones, quién veta “inquisitorialmente” al vencedor de las elecciones, quién pretende decidir con sus escuálidos 32 escaños el nombre del presidente del Gobierno, quién ha bloqueado la situación durante un mes con su pacto de no investidura? Pues él. Que ahora se arroga la potestad de decidir quién ocupa los malditos sillones, pese al batacazo sufrido en las urnas por su ambigüedad.
Despechado por Pedro Sánchez, que ya sabe que con Albert Rivera no se consuma nada y despreciado por el PP, el presidente de Ciudadanos se va a quedar solo, en tierra de nadie, sin tocar bola, lejos del centro del Hemiciclo, junto al gallinero.
Porque se ha equivocado de compañero de viaje. Ha centrado sus ataques en el PP, de donde le vienen casi todos los votos; seguramente con la intención de seguir pescando en ese caladero. Y ha ocurrido lo contrario. Mientras, por síndrome de Estocolmo o por ir de moderno, trata a Pedro Sánchez como si fuera Churchill. Y es de suponer que a los votantes de Ciudadanos no les seduce el almibarado idilio y todavía se sienten avergonzados por el paripé del pacto de no investidura.
O Albert Rivera espabila, se centra, no precisamente en el centro, y apoya un pacto de Gobierno con el PP, o, en caso de unas terceras elecciones, si quiere ir al Congreso de los Diputados, tendrá que ser a la tribuna de invitados. Ni en el gallinero encontrará sitio.