Las elecciones del 26 de junio ya son parte del pasado, pero sus consecuencias son todavía acción del presente y determinarán el futuro de España para los próximos años. Suele ocurrir en este tipo de procesos que surgen análisis del más variado tipo, todo parece partir de cero, muy pocos recuerdan sus palabras pronunciadas antes de los comicios y gustan de adaptarse a las nuevas circunstancias.
En este caso la situación es todavía más compleja, considerando que los resultados estuvieron muy distantes de las predicciones de las encuestas y de las proyecciones de los candidatos. Incluso el domingo 26, cuando se acercaba el término de la jornada electoral, una encuesta a boca de urna parecía sugerir una victoria histórica para la izquierda española, con un triunfo de Unidos Podemos, dando el famoso y previsible sorpasso al Partido Socialista Obrero Español, que dejaban en la historia al gobierno del Partido Popular y a Mariano Rajoy.
Quizá por eso los rostros eran tan distintos cuando comenzaron a conocerse los resultados de la jornada. Los líderes de Unidos Podemos cambiaron la sonrisa de la campaña por rostros más adustos e incluso desencajados, al comprobar que no habían logrado superar al PSOE, que el resultado estaba lejos de lo presupuestado y que habían perdido cientos de miles de votos comparados con el 20 de diciembre pasado. Los socialistas, en cambio, mostraban un razonable relajo, cierta tranquilidad, considerando que estaban preparados para los peor, que era transformarse en una corriente minoritaria después de décadas de historia donde han gobernado en varias ocasiones, como uno de los dos partidos fundamentales de la política española desde 1980 en adelante. Quizá por eso el mensaje de Pedro Sánchez enfatizaba que el PSOE continuaba siendo la principal fuerza política de la izquierda española. Finalmente, debemos mencionar a Ciudadanos, que surgió como una apuesta renovadora, logró un importante resultado en diciembre, pero sin lograr proyectar con éxito su propuesta: si bien disminuyeron en ocho escaños, han logrado consolidarse como la cuarta fuerza política del país. Y su líder Albert Rivera es un hombre joven y que todavía tiene un gran futuro por delante que deberá saber administrar adecuadamente, sin excesos verbales y sin acuerdos difíciles de comprender.
Donde los rostros eran todo alegría y felicitaciones recíprocas era en el Partido Popular. Mariano Rajoy, su líder, fue el gran vencedor de la jornada, después de haber recibido numerosos ataques e incluso de presentar dudas ante sus propios partidarios. Las encuestas le daban entre 116 y 121 diputados, una cifra incluso menor que la obtenida en diciembre. Sin embargo, los resultados fueron llegando y las caras de alegría comenzaron a aparecer en Génova, los cálculos más optimistas se quedaron cortos, y el Partido Popular llegó a tener 137 diputados y más de un 33% de los votos. Adicionalmente, los populares lograron casi 700 mil votos más que el 20D y 14 diputados adicionales, constituyéndose en el gran y único ganador de la jornada.
El sistema electoral y político español no deja resuelta la situación, pero los resultados permiten proyectar algunas cosas. La primera es que parece imposible un tercer llamado a elecciones, que resultaría incomprensible y ridículo, considerando que los cambios respecto a la elección de diciembre no fueron sustanciales. La segunda es que parece inviable un acuerdo por la izquierda del tablero político, que debería ser liderado por el socialismo. Sin embargo, es necesario tener en cuenta algunas cosas, como que el PSOE obtuvo su peor resultado desde el regreso a la democracia, superando su propia magra presentación de diciembre: cien mil votos menos y cinco diputados menos. No se ve cómo podría formar gobierno con Ciudadanos (que también perdió 400 mil votos y ocho diputados), es decir, están en una peor situación de la que representaban a comienzos de año. No se ve cómo podría formar gobierno con Unidos Podemos y otras tantas fuerzas, considerando las divisiones de campaña y que, en la práctica -además de la desconfianza acumulada- se ha ido explicitando de manera bastante clara que representan visiones distintas y proyectos contrapuestos.
¿Qué queda entonces? Todo parece indicar que están puestas las bases para un nuevo gobierno del Partido Popular, con Mariano Rajoy a la cabeza. Lo más probable es que sea una administración distinta a la que termina, considerando que no tendrá mayoría absoluta. Pero tampoco parece probable que gobierne con una coalición amplia con los socialistas (más bien llamados a liderar la oposición) ni con Ciudadanos, que han rechazado las fórmulas de continuidad. Con esto, el futuro gobierno -que debería constituirse pronto- será una administración de minoría, lo que exige una particular prudencia, humildad, capacidad de diálogo, inteligencia para buscar acuerdos puntuales con los partidos de la oposición y capacidad para integrar las buenas ideas que ellos hayan planteado en sus campañas. En definitiva, se trata de entender que España vive una etapa especial y que debe actuarse de acuerdo a ello.
El Brexit ha puesto a Europa en una situación inédita y ha hecho despertar los fantasmas de la incertidumbre en el continente y también en España. Esto implicará sensatez en la administración de los recursos, capacidad para generar confianza en los inversionistas y necesidad de resultados, para que los españoles puedan comprobar efectivamente una mejora en sus condiciones de vida, sus posibilidades laborales y las expectativas generales para los próximos años. Esto debería ocurrir para consolidar un modelo en que el crecimiento económico sea un pilar fundamental del progreso social y de la estabilidad del régimen constitucional.
Finalmente, tanto el Partido Popular como las demás corrientes políticas deben entender que España vive una nueva etapa de su desarrollo. La transición terminó y vale como antecedente histórico y fuente del progreso de las últimas décadas, pero no como proyecto político presente. Hoy corresponde proyectar la España del futuro, con una democracia consolidada pero que tiene riesgos en el camino, donde hay un porcentaje importante de la población que discute algunas de las bases de la convivencia y del régimen constitucional, y donde hay partidos que sistemáticamente atacan su historia reciente y algunas características de su modelo de desarrollo. Eso es una realidad y no se puede obviar, lo que exige una especial capacidad para comprender la historia, leer adecuadamente el presente, con exigencias muy claras respecto de la transparencia, la probidad de los partidos y figuras públicas, la capacidad de adaptar las instituciones sin destruirlas y un claro sentido de que la política existe para servir a la sociedad y no para obtener beneficios, prebendas o un sueldo del cual vivir.