¡Permítanme, que insista! –parece haber dicho Rajoy vistos los resultados de las urnas. Y aquí estamos de nuevo en el rincón del cuadrilátero contemplando como resuellan quienes ya se veían luciendo el entorchado de la victoria. Curioso, no obstante, que los doblegados sobre la lona traten ahora de sacar punta al lápiz pretendiendo escribir con letras mayúsculas las consecuencias de una derrota que no obedece a pretexto distinto del que ha dictado la voluntad popular.
En España somos muy de menoscabar a los que actuamos con neutralidad y mente fría, y créanme, somos unos cuantos millones los que acudimos a votar guiados desde la transición con la clara consigna de mantener el equilibrio entre la cordura y la perseverancia de lo bien ganado después de tantos años. Que todo es mejorable, por supuesto, que hay que reinventarse y exigir responsabilidades a quienes adulteren la convivencia por y para su lucro personal, también. Sin embargo, la cordura de un país como el nuestro no debe prestarse a quienes tratan de alfabetizar a la población con un abecedario de nuevos verbos traídos desde el seno de una vida placentera y del empacho de un ocio bien administrado, o sea, como se suele decir, se les nota que están de no pasar hambre.
Que nadie se sienta derrotado en política, es lo natural, ahora bien, que los resultados habidos dejan claro el postulado de la mayoría, frente al fiasco de otros, también. El Partido Popular ha ganado porque la acción ciudadana así lo ha decidido y no cabe otra. Así pues, más allá de los regañadientes de los vencidos lo que hay que demostrar es humildad y buenas formas de hacer dictado.
Algunos partidos, aun habiendo fracasado en resultados, montan un tinglado verbenero como si esto fueran las fiestas patronales del pueblo. Creo que lo que exige el guion no es otra cosa que celebrar, una vez más, el éxito de la democracia, algo que carece de siglas y que, para muchos, parece que el asumirlo no comporta otro precepto que el de acosar y derribar al ganador del plebiscito utilizando el mismo erre que erre como coletilla al estilo de aquél “Así, así, gana el Madrid”
Y ahora viene lo que en madurez se denomina hacer política para el interés general; o sea, demostrar que cuantos están metidos en este tinglado no solo han de ser políticos, sino también parecerlo. Difícil antojo el mío, lo reconozco, pero en esa estamos seis meses después, aquí y con la venia de la estoica paciencia demostrada por los electores que hemos pasado por urna; de manera que esta vez o se forma gobierno o ir por ir una tercera vez, es tontería, como diría el bueno de José Mota.
La rivalidad ideológica debe ser consuetudinaria en campo abierto, pero a puerta cerrada es donde la disciplina de partido debe quedarse en el paragüero de la entrada. El Partido Popular y el PSOE tienen la única oportunidad de cohabitar como lo hacen en otros ejemplos europeos. La socialdemocracia es una filosofía de convivencia entre elementos dispares en apetitos ideológicos, más no por ello se abandona la razón de lo que vienen a representar que, como antes dije, lo más importante es el interés general de todo un país.
Progresismo sí, regeneración, también, pero no al precio de radicalismos ni de extraños experimentos cuyas voces altisonantes ya se encargan de apagar las urnas, como ha quedado demostrado. El pueblo soberano tiene razones para recuperar apuestas de futuro a través de quienes la experiencia en gobierno avalan lo cabal, generan templanza y no cultivan el desasosiego. Aquí no caben los auxiliares de la demagogia ni los que flirtean con la generosa gratuidad de corregir desigualdades denostando a quienes llevamos toda la vida aportando y soportando cuantas cargas sociales y económicas nos han sido demandadas hasta el día de hoy. Estuvimos antes, durante y después de la transición y nadie nos regaló nada salvo el gozo de la libertad democrática. De manera que ser solidarios, sí, ahora bien, tener que mantener al flautista de Hamelín además de llevarse lo mejor de nuestras vidas, pues a otro perro con ese hueso.
Ha ganado España, ese ha sido el auténtico sorpaso (que no sorpasso), ahora solo falta la rúbrica de los dos principales protagonistas de este país que deben guiarse por el espíritu de aquella transición, repito, la misma que nos trajo una democracia tan libre como necesaria. Cierto que la democracia de nuestro país requiere de los ajustes que todo órgano vital precisa con el paso del tiempo, pero eso serían los flecos si lo comparamos con la voluntad de lo que la mayoría de este país espera de sus dirigentes, que no es otra que la de hacer política de verdad para sentirnos seguros y confiados en presente y futuro.