Opinión

Somme

TRIBUNA

Alfonso Cuenca Miranda | Jueves 30 de junio de 2016

Si en los últimos días Reino Unido ha sido noticia por lo que de momento parece su adiós definitivo a Europa, conviene recordar que ahora se cumple un siglo desde que la sangre británica regara los campos del continente, en la batalla más sangrienta de la I Guerra Mundial: la batalla del Somme, que tuvo lugar entre los días 1 de julio y 18 de noviembre de 1916, con un total de más de 1.200.000 bajas por ambos bandos, y más de 300.000 fallecidos. Tan sólo el 1 de julio murieron 20.000 británicos, a los que hay que sumar cerca de 40.000 heridos en dicho bando, en lo que constituye el día más aciago de la historia de las armas británicas.

El Somme fue el intento británico por desbloquear la inacción de una guerra estancada desde finales de 1914 en el Oeste tras los fracasos de abrir otros telones como el de Galípoli. Fue gestado en diciembre de 1915 en la Conferencia de Chantilly donde el alto mando aliado decidiría la acción coordinada para el verano siguiente de rusos en el Este, italianos en el Sur y franco-británicos a lo largo de la línea de trincheras entre Suiza y el mar. La ofensiva germana de febrero en Verdún obligaría a alterar el plan inicial, haciendo recaer el peso de la ofensiva en las tropas de la Commonwealth (australianos, neozelandeses y canadienses habrían de tener un papel relevante). Haig, el jefe de la Fuerza Expedicionaria Británica, mantuvo en su diseño los conceptos de una guerra, la de penetración, que el invento de Maxim había hecho imposible, pretendiendo romper el frente en una línea de cuarenta kilómetros, con un final que contemplaba la irrupción de la caballería (Haig era general de dicha arma) como momento culminante.

Tras seis días de bombardeos continuados sobre las trincheras alemanas, a las 7:20 minutos del sábado 1 de julio se hicieron estallar las minas excavadas semanas atrás bajo las trincheras alemanas. Pasados diez minutos, tras un silencio aterrador, sonaron los silbatos, poniéndose en acción la primera ofensiva de los 158.000 hombres preparados para la batalla. Una hora más tarde, 30.000 británicos estaban muertos o heridos. La solidez de la defensa germana, con profundas trincheras horadadas en el suelo calcáreo de Picardía, la ventajosa posición ocupada por aquélla (en terreno elevado) y la descoordinación del ataque aliado, hicieron que los objetivos señalados estuvieran lejos de cumplirse (apenas dos kilómetros y medio en su punto más profundo). El factor sorpresa (que en realidad nunca entró en juego) se esfumó, dando lugar a la reedición de la guerra de desgaste reproducida en otros escenarios. Ofensivas posteriores, como la del 1 de agosto, el 15 de septiembre, el 1 de octubre o el 15 de noviembre, conseguirían pequeños logros británicos, pero sin ser decisivos ni siquiera a nivel táctico: la penetración en su punto más profundo no llegaría a los 10 kilómetros.

Con todo, frente a la concepción anclada en el imaginario popular, el Somme no fue exclusivamente una batalla de trincheras, asistiéndose también a asaltos a pequeñas poblaciones, enfrentamientos en bosques o la utilización efectiva de los medios aéreos, no sólo como elementos de observación, sino también de destrucción. En el sentido apuntado, desde el punto de vista de la historia militar, el Somme ocupa un lugar destacado al ser la vez primera en que hizo aparición (el 15 de septiembre) el arma decisiva del próximo conflicto, el tanque. Y junto a ello, la artillería, concentrándose en pocos kilómetros una de las mayores potencias de fuego jamás vista (el 13 de agosto Churchill, en carta a un amigo, señaló que podía oír los cañones desde Sussex).

La batalla del Somme ha sido durante mucho tiempo evocada como la expresión alzaprimada del sinsentido de toda guerra. El hecho de que el propio Churchill criticara abiertamente la operación en el verano de 1916 tuvo mucho que ver en ello (Alberto, rey de los belgas, llegaría decir que la batalla era el producto de jefes militarmente incompetentes). Reconociendo el elevadísimo coste en vidas humanas, hoy se tiende a contextualizar la operación en el conjunto de una guerra para la que nadie estaba preparado a pesar de llevar casi medio siglo gestándose. Así, se argumenta que la operación era la única alternativa para los aliados en el frente occidental, y que militarmente tuvo como efecto beneficioso el rebajar la presión alemana en Verdún, haciendo posible el triunfo francés, y el propio desgaste germano, que llevaría meses más tarde (febrero de 1917) a retrasar la línea del frente hasta la denominada línea Hinderburg.

En cualquier caso, el Somme es en la cultura popular sinónimo del holocausto de una generación, estando rodeado empero de un halo de romanticismo (la propia “poppy” o amapola es el mejor ejemplo de ello). En ello pesa de manera decisiva el hecho de que buena parte de los batallones inmolados conformaban lo que se denominó el Ejército de Kitchener, llamado así por el programa de reclutamiento activado por el malogrado secretario de Guerra (premonitoriamente, el barco en el que viajaba fue hundido en las Orcadas apenas un mes antes del comienzo de la batalla), por el que los voluntarios de una misma localidad (o incluso gremio profesional) combatían en las mismas unidades (el primer batallón de este tipo se conformó con corredores de la City), creándose unos lazos que le valdrían el sobrenombre de “ejército de camaradas”. Pese a algunas quejas sobre su profesionalidad por parte de ciertos mandos (entre ellos Haig), su valor está fuera de toda duda, sorprendiendo el escasísimo número de deserciones habidas. En este sentido, es clásica la posición que señala que en el Somme “leones fueron mandados por corderos”, y parte de esa afirmación debe aceptarse; con todo, frente a cierto imaginario, debe subrayarse que en el Somme las bajas en la oficialidad fueron muy elevadas, porcentualmente mayores que en la tropa. Si pudo afirmarse tras Waterloo que la batalla había sido ganada en los campos de Eton, en el caso del Somme la involucración de las promesas de una generación fue incontestable, contrastando este compromiso de las élites con lo que sucedía en otros países (así, por ejemplo, nuestro sistema de quintos). Baste para ello contemplar hoy las lápidas conmemorativas de caídos en la Gran Guerra en instituciones como Westminster, Oxford o Cambridge. A nivel individual cabe recordar que el hijo del entonces premier Asquith falleció en la batalla (a ello podrían añadirse otros múltiples ejemplos: la muerte del hijo del secretario del gabinete, o del duque de Rohen, parlamentario francés, o de un nieto de Dickens) o que en la misma fue herido de gravedad el futuro primer ministro MacMillan, quien en su agonía en la Tierra de Nadie, ahuyentó el dolor mediante la lectura en griego clásico de la edición de bolsillo del Prometeo de Esquilo.

El heroísmo no oculta el horror, la Muerte se hizo Vida. Los campos de Francia eran a la vez batallas y morgues, en donde convivían vivos y muertos en un escenario de pesadilla, en donde lo real y lo irreal parecían una misma cosa. Y la muerte no era limpia, ni heroica, sino en la mayoría de ocasiones obscena, sórdida, como da fe el dato de que cerca de la mitad de los cadáveres enterrados en los más de 150 cementerios del Somme no están identificados. Existe una canción del cantautor escocés Eric Bogle (titulada “No man´s land”), dedicada a un soldado fallecido en el Somme a los 19 años, cuya estrofa final reza: “… una generación entera que fue masacrada y condenada. Y no puedo evitar preguntarme ahora, Willie McBride, ¿saben todos los que aquí yacen por qué murieron? ¿De verdad les creísteis cuando os dijeron “la Causa”? ¿De verdad creísteis que esta guerra acabaría con las guerras? Pues bien, el sufrimiento, el dolor, la gloria, la vergüenza, el matar, el morir, todo fue en vano. Porque, Willie McBride, todo volvió a suceder otra vez, y otra vez, y otra vez, y otra vez, y otra vez…”.

Tolkien sobrevivió al Somme, pero su recuerdo siempre le acompañaría. Su visión del Mal (Mordor) se inspiró en lo que allí vio (el pasaje sobre las Ciénaga de los Muertos es un holograma literario de los que allí cayeron); pero, en una terrible paradoja, fruto del horror es también lo mejor del hombre: su Sam Gamyi, prototipo del soldado inglés, del que da lo mejor de sí por sus compañeros, es también hijo del Somme.