TRIBUNA
Natalia K. Denisova | Sábado 02 de julio de 2016
Es serio el problema al que se enfrenta Gran Bretaña en su negociación con la Unión Europea. Pero no es el único y, me atrevo a decir, que no es el principal. Mientras los políticos británicos luchan con los tecnócratas europeos por los intereses del Reino Unido, ¿qué es lo que sucede en el país que ellos representan?
Dentro de Gran Bretaña el referéndum ha desatado a todos los demonios: los ataques racistas a los “extranjeros” se han duplicado y, la semana después del relativo triunfo de Brexit, se han triplicado. Las páginas web que registran las agresiones, como True Vision, han constatado un incrementó de 57%, a lo cual hay que añadir las denuncias directas registradas por la policía y los casos registrados por Tell Mama, organización contra la islamofobia, que ha pasado de 40-45 al mes a detectar 33 casos de agresión en 3 días. Ahora bien, ¿quién se encuentra agrupado en esta categoría de “extranjeros”? Los ataques demuestran, y esto es aún más grave, que casi cualquiera es considerado extranjero. Parece que sólo el hecho de cruzar la frontera británica se ha convertido en ofensa a los británicos.
En efecto, parece que no hay plazos que pudieran acercar a un extranjero a ser ciudadano británico. Entre los agredidos se encuentran muchos descendentes de la segunda o tercera generación, que ahora tienen que vivir un duro conflicto de haber nacido en un país que los trata como a los extranjeros por el mero hecho de haber heredado la faz de sus antepasados o sus apellidos. Los británicos de origen paquistaní recuerdan su infancia al escuchar la palabra olvidada, desde los años 70-80, el “paki”. Es decir, fue breve la tregua que les dio el falso multiculturalismo. Acaso ni siquiera ha existido. Las agencias citadas destacan que las agresiones nunca habían desaparecido, estaban allí, pero se mantenían dentro de ciertos límites.
La campaña por el Brexit ha demostrado que Trump tiene muchos aliados entre los políticos británicos. Casi lo único que distingue a Boris Johnson o Michael Gove, los dos toris pro-salida de la UE, de Trump son las formas y no el contenido. No dudaron en apostar en su programa por el nacionalismo rancio: Boris Johnson asociaba el voto por la salida con el fin de la inmigración; Michael Gove asustaba con la entrada de Turquía en la UE; Nigel Farage, representante de la UKIP, hacía lo mismo con la entrada masiva de los sirios. Para promover su postura política o su partido jugaron con el fuego y han conseguido que hasta en las regiones con menor migración, pero reprimidos por la desindustrialización, el primer problema señalado por los habitantes es, precisamente, la migración. La intolerancia del sentimiento íntimo e inaceptable se ha convertido en algo aceptable provocando una fiesta de la intolerancia (“jovial bigotry”).
Con todo esto, no dejo de sentir la vergüenza ajena por los “analistas” que se dedican a no hacer análisis de la situación, sino a insultar a los británicos por su decisión o a llamar al Parlamento del Reino Unido a despreciar el resultado del referéndum y seguir en la UE “como si no hubiera pasado nada”. Se equivocan. Los británicos, en el fondo, se han adelantado a la Europa continental. Otra vez han ejercido como la “nurse” de Europa. O acaso no son parecidos los acontecimientos del Reino Unido con los fenómenos políticos de la Francia de Le Pen, de Alemania de la AfD, hasta en los EEUU y Rusia se percibe el mismo malestar.
El problema más grave es que la élite política ha perdido el norte y ya no se representa ni a sí misma. Nadie en Gran Bretaña esperaba la salida de la UE. En este caso, como en muchos otros, se ha actuado como “si no me gusta lo que piensa la gente, esperemos que cambie de opinión”. Por eso, precisamente, ahora los políticos carecen del plan de acción más elemental. Se acercaba “el fin de la política”, por utilizar el término de Tim Stanley: los partidos políticos que abandonaron sus tradicionales discursos, que proporcionaban al votante la posibilidad de elegir, saber a qué atenerse y optaron por “non-ideological ideology”, el buenismo aséptico, incapaz de proponer soluciones ni siquiera para canalizar el malestar del hombre común, que se cabreaba con las crecientes desigualdades en una sociedad donde los únicos intereses que se cumplían son los de los grandes capitales. He aquí el contexto en que aparece un partido como UKIP, que apuesta por el aislamiento, o el nacionalismo regional, que tiene la misión de llenar el vacío de la representación.
Las fuerzas políticas no supieron representar los intereses de la sociedad que las elegía. Se negaron a pensar un discurso común que uniera a la gente de diversa procedencia y que le permitiera trabajar para un futuro también común. Por eso, no hay que sorprenderse ante la miseria nacionalista, guiada por la sangre y la tierra, que ha resurgido en el Reino Unido. Y que los políticos del resto de Europa no hagan aspavientos ahora al hablar de Brexit, porque también ellos tienen que pensar urgentemente en un proyecto nacional (nunca nacionalista) para sus países. Europa estará fuerte, en verdad, cuando los gobiernos que la componen sepan qué quiere un ciudadano medio e intenten realizarlo. Mientras tanto, asistimos a la crisis del esperpento burocrático en que se ha convertido la Unión Europea actual.