Opinión

Elie Wiesel ha muerto

ORIENT EXPRESS

Ricardo Ruiz de la Serna | Domingo 03 de julio de 2016

El sábado pasado murió Elie Wiesel, escritor, profesor, periodista, Premio Nobel de la Paz (1986), superviviente del Holocausto. Nació en 1928 en Sighet, una ciudad de los Cárpatos en lo que hoy es Rumanía y que formaba entonces parte de Hungría. En la casa de los Wiesel se hablaba yiddish -la lengua de los judíos de Europa Oriental- pero también alemán, rumano y húngaro. A lo largo de su vida, esta voz única de la memoria de la Shoah escribiría además en hebreo, francés e inglés.

Creció en un hogar influido por la tradición mística judía de los hasidim, su celebración de la alegría y su confianza absoluta en los designios del Creador. A pesar de haberse asomado a las simas del horror del siglo XX, jamás abandonó esa espiritualidad luminosa cuya capacidad de sobreponerse a la historia aún nos asombra. Haciendo buena la bendición del maggid -el narrador de historias que elevan el espíritu y son necesarias para sobrevivir- Wiesel llamó a todas las puertas y resonó en todos los corazones para hablar por aquellos que no volvieron de los campos, aquellos que murieron de hambre y frío en los guetos, los ametrallados, los gaseados, los quemados, los enterrados vivos en fosas… Esta tradición hasídica de poetas y santos milagreros alimentó una obra literaria, periodística y académica consagrada al testimonio, la memoria y el compromiso.

Cuando los nazis invadieron Hungría en 1944 y comenzaron a deportar a los judíos, Wiesel lo vio todo y lo vivió todo. Confinado en uno de los dos guetos de Sighet, preso en Auschwitz, abocado a una muerte cierta, la retirada de los nazis lo condenó a las marchas de la muerte y a un encierro en Buchenwald donde finalmente lo salvaría el ejército estadounidense. Cuando llegaron los americanos, llevaba seis días sin comer. Su padre había muerto pocos días antes. Los nazis lo mataron a golpes. Wiesel consideró que haber sobrevivido le imponía una responsabilidad. La de dar testimonio. Quizás por eso, resolvió no escribir sobre el Holocausto durante diez años. Reconsideró su decisión después de hablar con François Mauriac, uno de los grandes escritores católicos franceses y miembro de la Resistencia contra los nazis. Llegaron a ser grandes amigos.

En 1956, en Buenos Aires, la Unión Central Israelita polaca publica en yiddish “Un di Velt Hot Geshvig”, “Y el mundo permaneció impasible”. Yo no puedo resumir el contenido de ese viaje aterrador que el libro cuenta. Léanlo. Atrévanse a contemplar la destrucción del mundo de la Cabalá y el Talmud, de quienes lloran la destrucción del Templo y aguardan esperanzados la llegada del Mesías. Véanlos hacinados en vagones de ganado. Miren las fosas. Contemplen la destrucción de los judíos de Europa a manos de los nazis y los colaboracionistas. Elie Wiesel lo vio y lo contó. Yo no puedo repetirlo, pero ustedes pueden leerlo.

Como el testimonio de Abba Kovner en el juicio a Eichmann o como la búsqueda de justicia de Simón Wisenthal, la obra de Wiesel crea en torno a sí un silencio que solo rompe la voz del superviviente que mira al futuro empleando el pasado como si fuese, al tiempo, un trampolín y una brújula: nos impulsa y nos guía. He aquí el papel de la memoria en la tradición bíblica. Tomen ustedes “Celebración Hasídica” o “Los judíos del silencio”, que describe la triste vida de los judíos en la URSS. En todos sus libros encontrarán esa mezcla misteriosa de celebración de la vida y denuncia de la muerte.

También hallarán la exigencia del compromiso y la condena de la indiferencia. Es inevitable recordar el texto de su discurso de aceptación del Premio Nobel: “He tratado de mantener viva la memoria, he tratado de luchar contra los que olvidan. Porque si olvidamos, somos culpables, somos cómplices.” Defendió a Sajarov, a Walesa, a Nelson Mandela. Enseñó al mundo que el Holocausto tiene una dimensión de universalidad que abre a toda la humanidad la posibilidad de aprender del pasado y esforzarse para que jamás se repita nada así en el futuro.

Elie Wiesel ha fallecido en un tiempo en que el antisemitismo tiene en Europa nuevos rostros para el mismo odio de siempre. Han vuelto los boicots, las agresiones a judíos, las campañas de propaganda que pretenden ser antisionistas cuando, en realidad, son simplemente antisemitas. Wiesel denunció el terrorismo de Hamás, la utilización de los niños como escudos humanos, el culto de la muerte que inspira a las organizaciones terroristas yihadistas.

Su voz era inconfundible. Hablaba desde la altura de quien lo ha visto todo. Sus palabras eran una llamada a la reflexión que impulsaba al oyente a actuar después de haber pensado. Nos quedan sus libros, sus artículos, sus conferencias, su recuerdo.

En el judaísmo, hay que decir el kaddish por los que han fallecido. Es una oración bellísima y muy profunda en la que se bendice al Creador y se le ruega que anticipe la venida del Mesías y la redención. Para los supervivientes del Holocausto, la tradición ashkenaz atesora una oración especial llamada Malei Rahamim. Puede escucharse durante las conmemoraciones de la Shoah. En ella se pide al Señor del Mundo por las almas de los seis millones de judíos asesinados, matados, quemados, exterminados por la santificación de su Nombre por los asesinos nazis alemanes y sus colaboradores de otros pueblos; y se implora al Señor de la Misericordia que los acoja para siempre.

Esta columna eleva hoy una oración por el alma de Elie Wiesel.