La anécdota reciente ayuda a precisar el marco analítico del populismo: con la creencia de que lograría algún guiño de apoyo del presidente Obama, el presidente mexicano Enrique Peña Nieto criticó al populismo pero recibió la respuesta desconcertante del mandatario de los EE.UU: “yo soy populista”.
Antes de que comience a hundirse la pesada nave de las categorías políticas habrá que hacer la primera precisión: el populismo, en efecto, es una caracterización politológica que ha sido degradada a justificación o ataque. En España luego de las elecciones generales del 26-J se calificó a Unidos Podemos de populista, pero el PSOE y el PP tienen rasgos populistas. Y en Iberoamérica hay un gran debate mucho más rico sobre el tema porque el populismo tuvo una ola de consolidación en el periodo 1934-1982.
La confusión es clara:
--Donald Trump es populista de derecha y Obama es populista a secas.
--En México son populistas el PRI y López Obrador.
--En Venezuela fueron populistas Carlos Andrés Pérez y Hugo Chávez y Nicolás Maduro se quedó con la inercia.
--Argentina reinventó el populismo con Juan Domingo Perón, hasta la fecha clave ideológica del movimiento progresista.
--Los militares progresistas en Bolivia y Perú fueron populistas, ante militares represores que aplicaron el populismo autoritario.
--En Brasil Joâo Goulart introdujo el populismo, los militares implantaron el populismo autoritario y Lula regresó el populismo progresista.
--Al final, los regímenes revolucionarios de Cuba y Nicaragua son populistas, los gobiernos civiles de Bolivia y Ecuador son populistas.
Y qué decir de Europa:
--En España se caracteriza a Unidos Podemos de populista, el partido conservador inglés es populista de derecha, en Italia el M5E del payaso Grillo es populista, en Grecia y Francia los grupos contra el neoliberalismo son populistas.
--En fin, el movimiento Otro mundo es posible del Foro Social Mundial de Seattle es populista progresista.
En un primer acercamiento al asunto habrá que precisar escenarios: el populismo como categoría nació en Francia a mediados del siglo XIX. El populismo como movimiento de masas con un líder carismático lo caracterizó Marx como bonapartismo y lo colocó como un movimiento intermedio entre el comunismo y el capitalismo. En El 18 Brumario de Luis Bonaparte ilustra Marx el populismo, los líderes de masas y las clases sociales asumidas como masas y no como clase, por tanto una organización social sin ideas, empujadas por la pobreza a la violencia y a la espera de que el líder cesarista-bonapartista los provea de bienestar: el lumpenproletariado.
La dialéctica capitalismo-socialismo desde el último cuarto del siglo XX a la fecha hizo emerger al populismo como una fase colateral y a veces como desviación del socialismo: un comunismo sin ideas de clase, sin luchas de clases y sin clase proletaria. El líder puede ser Obama, Trump, Berlusconi, López Obrador, Cárdenas, los posperonistas. A falta de condiciones sociales y productivas para redinamizar la lucha burguesía-proletariado y capitalismo-socialismo, los grupos activistas han llevado la confrontación no a modelos de producción sino a políticas económicas: mercado-estatismo, neoliberalismo-populismo.
El populismo puede ser una categoría política pero no es una fase del desarrollo productivo. A falta de una clase obrera organizada, los populistas organizan a las masas alrededor de una propuesta, de un líder o de un programa asistencialista. En la realidad productiva, el populismo no promueve la lucha de clases; peor aún, la lobotomiza, le quita sentido ideológico; ya no se lucha por una sociedad comunista idealizada o su búsqueda como ideal de justicia distributiva, sino que encuentra las formas fiscales y presupuestales para repartir lo poco que hay de riqueza después de la apropiación de la clase productora; por eso el populismo es propiamente fiscal, de gasto público, no de modo de producción.
El populismo ha sido una desviación ideológica de la izquierda socialista y la izquierda comunista; en el siglo XX encontró un espacio propio en liderazgos carismáticos o estructuras partidistas funcionales, sobre todo ante el desprestigio del socialismo real en su fase de dictadura en la URSS y el campo soviético y en el autoritarismo dictatorial del castrismo en Cuba que nació junto con el triunfo de la revolución en enero de 1959. Al final de cuentas, el populismo obtenía el apoyo de las masas a cambio de asistencialismo presupuestal y no se asustaba a la burguesía que en ocasiones ha apoyado el asistencialismo.
Los populismos duran poco, a veces por los escasos resultados sociales, en ocasiones por la desesperación de las masas depauperadas y casi siempre por el desgaste de la figura del caudillo. Pero a pesar de su duración transitoria, suele heredarse de un líder a otro o de un grupo dirigente a otro. Al final de cuentas, mientras haya masas empobrecidas que encuentran en el gasto social su última esperanza habrá siempre la base social para los populismos.
Los populismos de derecha se sustentan en su base social: la lumpenburguesía --extensión de la categoría de lumpenproletariado de Marx a la clase propietaria pero ya sin capacidad de influencia en el modo de producción-- deseosa de obtener privilegios por encima de las masas, aunque menores a la propiamente burguesía. Si los populismos de izquierda o progresistas derivan en dictaduras de masas al grito de todos pobres, los populismos de derecha se enfilan hacia fascismos, al fin y al cabo los dos con idénticos resultados.
De ahí que haya que debatir a fondo el populismo para encontrar salidas a la crisis del desarrollo, no justificaciones, ni desviaciones,ni paliativos.
@carlosramirezh