Opinión

¿Y si Cifuentes salta al ruedo?

TRIBUNA

Luis Asua Brunt | Miércoles 06 de julio de 2016

La fiesta de los toros sigue su inexorable decadencia. Las corridas se han reducido casi a la mitad. Ya hay dos comunidades con tradición taurina que han prohibido los toros, Canarias y Cataluña. En América pasa lo mismo, en Quito donde se vivían los toros con enorme pasión se prohibieron hace poco.

La plaza México llevaba décadas sin llenarse hasta que este año anunciaron a José Tomás. La gente no va a los denominados acontecimientos o corridas históricas, en Istres, Enrique Ponce se anuncia en una plaza pequeña con seis toros –esmoquin incluido- y no llena. Finito de Córdoba hace lo mismo y tienen que suspender la corrida, aguacero incluido, porque no se había vendido ni un cuarto de entrada en su ciudad natal.

La situación es tan lamentable que pocas ferias sobrevivirían sin subvención. Con la influencia de Podemos (enemigo declarado de los toros) y los controles de gasto público es cuestión de tiempo que desaparezcan.

Hay excepciones como el caso de José Tomás que mantiene un enorme tirón y que sirve para vender el abono entero donde se anuncia. Por cierto, en Alicante estuvo descomunal en su segundo toro, vean, circula por la Red, el arranque de su segunda faena. También hay algunas ferias que siguen llenándose, pero son la excepción.

El espectáculo ha cambiado, evolucionado como dicen los taurinos. Analicemos algún caso. Por ejemplo el del Juli, quien sale por la puerta grande la mitad de las veces que torea. Lo cual debería ser un acicate para ir a verle, pero el problema es que el Juli no llena una plaza. ¿Cuál es el problema? Que el Juli torea siempre el mismo toro y de la misma manera. Un toro de origen Juan Pedro Domecq. Un toro de buena apariencia que tiene las tres reglas de oro, fijeza, recorrido y prontitud pero que se ha dejado en la cría lo más importante, la emoción. Es lo que en el colmo de la cursilería se llama el toro artista, y eso cuando sale bueno. Cuando no lo es, tampoco es malo, solamente muy aburrido.

Imaginen que el Real Madrid tuviera que jugar con el FC Barcelona todos los domingos. Se acabaría la pasión, acabaría siendo una pachanga infumable. Esto le pasa al Juli y a sus cada vez más escasos espectadores. En la feria de San Isidro se han anunciado toros de Domecq casi todos los días. Y salvo contadísimos días la gente salía bostezando.

Puede que hayamos puesto puertas al campo. Me explico: en España se ha valorado mucho la bravura. Hoy la perdiz es de bote, el jabalí ya no carga, no rompe el monte, entra trotando en las monterías (de valla a valla), me dicen que el galgo ha perdido su sangre española y tiene una crisis similar. Éramos un país de épica, gestas y remontadas que se ha hecho falsamente moderno. Más bien se ha edulcorado. Lo mismo le ha pasado a la lidia, ha perdido emoción para casi convertirse en un ballet, bastante malo por cierto.

Es una pena que un espectáculo que entra de lleno en muchas ocasiones en el puro arte y que aun siendo minoritario (ojo con los referenda sobre los toros que se perderían todos, miren lo que ha pasado en Quito) lo dejemos en manos de los taurinos para resolver su crisis.

El taurino salvo contadísimas excepciones suele ser un tipo pintoresco, bastante primitivo que sólo piensa en el dinero que se va llevar. Tarda mucho en evolucionar y cuando lo hace es para hacer trampas. Revisen lo que hicieron en Cataluña con los toros. Yo me he hartado de repetir que la fiesta de los toros en Cataluña la apuntillaron los nacionalistas pero el bajonazo se lo venían dando los taurinos desde hacía décadas. En Barcelona y el resto de las pocas plazas donde se daban festejos durante los últimos años, muchos años, se dirigían las corridas a los turistas. Y se imaginarán la calidad del espectáculo que le sacudían a uno.

Analicen lo que es la Feria de San Isidro, la más importante del mundo. Una treintena de festejos seguidos, casi todos encaste Domecq. Se celebra en Mayo en Madrid, en el segundo mes con la meteorología más desequilibrada del año –el viento es el peor enemigo del toreo-. La localidad es una piedra calculada para el español de los años veinte (más de diez centímetros más bajo, y mucho más delgado), no hay ninguna competición entre los toreros; este año creo, no se ha visto ni un solo tercio de quites. Y dicen que hay crisis de abonados. Entenderán que pueda afirmar que donde se mantiene la épica es en el cafrismo de muchos taurinos.

Se impone la hora del aficionado. Tiene que volver la emoción a la Fiesta. Hay que obligar a contratar otros encastes al de Domecq. Hay que modernizar de verdad la lidia y las plazas. Cambiar el reglamento. Permitir que el ganadero lidie toros terciados pero cinqueños, y que se explique desde la megafonía de la plaza las características de los toros que se van a lidiar. La corrida de toros tiene que ser también una prueba de bravura del toro y al aficionado hay que explicárselo. La megafonía no sólo está para anunciar que se ha perdido un niño. Exigir que se piquen los toros, y que se muestren. Un buen tercio de varas es inolvidable. Y por supuesto, incentivar la competición entre toreros. Y recuperar, como sea, las corridas de toros entre ferias. Por ejemplo, la corrida de la Beneficencia tiene que salir de la feria de San Isidro.

La comunidad de Madrid está a punto de aprobar el pliego de condiciones para la plaza de las Ventas. Debería ser el inicio –recordemos otra vez la bravura española- de la remontada. Cristina Cifuentes tiene en sus manos el futuro de la Fiesta.