No deja de ser desconcertante que Oliver Healy, partidario de la salida de Reino Unido de la UE, haya sido quien ha impulsado la iniciativa ciudadana –una petición popular que cuenta ya con cuatro millones de firmas- para que el Parlamento debata repetir el referéndum. En realidad, equivocadamente pensó que la repetición resultaría obligada al no haberse conseguido la retirada de Reino Unido en la votación y, en consecuencia, habría que movilizar a la gente para conseguir un resultado opuesto. No contó con que más de 17 millones de personas votarían a favor de la salida de la UE, convencidos de que con ello podrían controlar la inmigración y mejorar así la situación económica y social del país.
A este pintoresco escenario se ha sumado la dimisión en cadena de los protagonistas que promovieron el referéndum y el Brexit, lo que ha provocado no sólo desazón e incertidumbre entre los británicos sino una pérdida de liderazgo que complica la futura etapa de negociación. Si Reino Unido quería recuperar la soberanía nacional con la salida de la Unión Europea, lo primero que habría que saber es quiénes son los sujetos que se encargarán de esta proclama para que surta sus deseados efectos.
A ello habría que sumar que tanto Irlanda del Norte como Escocia mantienen que el futuro ha de estar con su permanencia en la UE y por ello deslegitiman el resultado del referéndum apoyándose en que nada menos que un 48% no apoyó la retirada de Reino Unido de la UE. Más que de una “minoría grande” habría que reconocer que fue casi la mitad de la población la que no apoyó el Brexit, estando ésta en su mayor parte formada por jóvenes de menos de 35 años que no se quieren sentir vinculados por la decisión incorrecta de los más mayores.
No me cabe duda de que son muchos los que viendo el escenario político tan grotesco, provocado por los últimos acontecimientos, votarían ahora de forma contraria en caso de repetirse el referéndum, fundamentalmente, porque han visto que las promesas electorales han sido ilusorias y poco realistas y además se ha jugado con los sentimientos de la gente sin atender a criterios de racionalidad. Sirvan de ejemplo las declaraciones de Nigel Farage, tras conocer el resultado del referéndum, en las que se desdecía de la inyección de fondos para la Seguridad Social que traería el Brexit, poniendo en evidencia su claro discurso demagogo. La charlatanería ayudó a ganar el referéndum y lo peor es que los charlatanes hacen ahora mutis por el foro. Eso sí, hay que reconocerles que supieron cómo hacer campaña para influir en la gente y conseguir que no se captara que los mensajes eran mera palabrería. Las palabras mágicas fueron prometer un control absoluto sobre la inmigración o el acceso total al mercado único. Nada se hablaba en cambio de que la salida del club europeo traería para los británicos una inmediata devaluación de su moneda, menor poder adquisitivo, pérdida de la tarjeta sanitaria europea, etc.
Si lo pensamos los británicos nunca creyeron en el sueño de Jean Monnet de construir unos Estados Unidos de Europa ni en la idea de contrapesar con el club comunitario el poder norteamericano. Gran Bretaña ha apostado desde sus inicios por una Europa de la cooperación más que de la integración en la que el peso no debía recaer en una asamblea parlamentaria sino en un comité de ministros de carácter ejecutivo. Claro que le ha interesado siempre sacar tajada de la integración comercial pero sin perder nunca el control de su política monetaria. Mejor prueba de su posición no puede ser si no el hecho de que en el referéndum no pudieron votar los inmigrantes europeos que viven en Reino Unido como tampoco los expatriados británicos que hubiesen vivido fuera de su país más de quince años. Así no se construye Europa.
Si queremos construir una Europa solidaria tenemos que reforzar los lazos entre todos los Estados miembros de la Unión Europea y empatizar con los que están en una peor situación, haciendo creíbles los postulados del Tratado de Lisboa. No caben medias tintas. La Unión Europea tiene la oportunidad de demostrar que los textos que durante décadas tanto esfuerzo y compromisos han costado para vertebrar su poder como organización, dotada de personalidad jurídica, no quedan en papel mojado. El euroescepticismo británico tiene como antídoto el propio desencanto que ha producido el resultado del referéndum así como el auge de los nacionalismos alimentados por partidos populistas de ultraderecha que tejen sus hilos con fuerzas xenófobas y radicales.