TRIBUNA
Emilio Arnao | Viernes 08 de julio de 2016
Leyendo a Ortega, exactamente en su artículo “Amor a la vida. Desdén a la vida”, me doy cuenta que el filósofo de Madrid no sólo tenía razón a principios de siglo XX, sino que ha pasado por encima, igual que un glaciar derritiéndose, un siglo y continuamos con la misma cosa. ¿Qué es la cosa? Se lo diré a vuestras mercedes:
La cosa es que los españoles o celtibéricos vivimos la vida siempre desde el artefacto del pesimismo, de la nolición, de la vesania o de la melancolía. Las tierras tristes de Castilla acompañan esta tristeza por el vivir que jamás ha igualado a la existencia de una nación tan próspera en cultura, historia, sociedad y humanismo como la francesa. Francia siempre ha amado la vida, para ello se ha pergeñado de un candil con el que iluminar todos los destinos que han ido sucediéndose uno tras otro. Sin embargo, empero, los celtibéricos somos terriblemente áridos, porque es aridez la que fotografía el alma española. Los franceses posibilitan un optimismo a la hora de ir cumpliendo siglos que pueden ser envidiados por estos numantinos que todavía seguimos siendo los españoles. Castilla continúa siendo Numancia, esto es, un caudal de resistencia que carece de acción y de energías valetudinarias, puesto que, como dice Ortega “el campo de Castilla no es sólo árido, desértico, áspero; hay en él, además, la huella del abandono. Es un campo desdeñado. La campiña de Francia no es sólo húmeda, grasa, blanda; es una gleba retocada, acariciada, gozada”.
Ese gozo de lo francés del cual nos habla Ortega es etimológicamente visible si viajamos a la Galia, pues que, ya desde su gleba, nos damos cuenta del carácter de vitalidad y de sentimiento radical ante la vida. El francés posee más cultura que nosotros, los celtibéricos, por eso ocurrieron cosas como La Ilustración, Villon, Pantagruel, la pléyade barroca, Descartes, Montesquieu y toda esa filosofía que nos gana en profundidad y en geografismo nada fatalista. Lo que mata a lo hispánico es precisamente eso: el fatalismo, las tragedias de Lorca, el duende mágico y gitano andaluz, la voz de Unamuno, el tradicionalismo de los escritores realistas y una filosofía que apenas ha existido si nos damos una vuelta por el twitter de la ontología íbera y celta.
Insisto, estamos todavía resistiendo la vida los españoles en Numancia y no nos hemos acabado de creer que una democracia abierta y fresca, oval y deportiva debería componerse de altas élites de prohombres como los franceses, cuando aquí sólo nos resta la mediocridad y un fondo saturado de desdén a la vida.
Goce de vivir, desdén de vivir, nos alerta, insisto, Ortega. Yo no diré lo contrario, porque continúo contemplando cuando viajo por este mundo catastrofista que es Celtiberia que los españoles somos más dados a la heroicidad de los santones antes que a la heroicidad de las razas fuertes y gnoseológicas. Por eso y no por otras circunstancias, Francia es un mundo de bengalas, vides y misticismo ateo, mientras que Celtiberia sigue colocada en la religiosidad fundamentalista, donde Dios escoge las normas para enfrentarnos entre nosotros según venga en su Mercedes Benz la amenaza de la amargura de la demencia. España es un manicomio y Francia un anuncio de perfumes por la televisión. La vida es bella. Suena la Marsellesa.