José María Herrera | Domingo 15 de junio de 2008
Un lector terriblemente malicioso me transmitió el otro día la sospecha de que esta columna estuviera usurpando el lugar que en cualquier periódico ocupan los horóscopos.
“¿Qué necesidad tiene un diario de un colaborador dedicado a des-actualizar las noticias? Lo que usted hace –dijo- no es periodismo, es metafísica”. Aunque la crítica, en lo que me afecta, me pareció desorbitada, celebré la analogía. ¿Qué es la metafísica sino eso, astrología de las palabras?
Paul Valery, de quien proviene esta definición, creía que la astrología y la metafísica guardan con la astronomía y la ciencia una relación semejante a la que tiene la tobera de un cohete con su cápsula. Hicieron falta para impulsarse, pero una vez alcanzado cierto punto, se vuelven un lastre y hay que deshacerse de ellas. Mi crítico comparte su parecer. Según él, hay quien trata los temas de forma adecuada, el heliocentrista de la noticia, por decirlo así, y quien pretende encajarlos en un modelo obsoleto, una suerte de geocentrista condenado sin remedio al fracaso. Yo soy uno de estos.
Geocéntrico, o como se obstina en decir mi corrector ortográfico, egocéntrico, es el desdichado que sigue creyendo que existe una relación estrecha entre el devenir cósmico y su propio devenir. Traducido al lenguaje sublunar: aquel que no ve la noticia como algo que pasa, sino como algo que le pasa; un suceso que le concierne íntimamente y no un suceso externo y objetivo. Fruto de ello sería el estilo nigromántico, la poetización de la actualidad, en suma, su des-actualización.
Dejémoslo ahí. Me había propuesto llegar cuanto antes al final y aún no estoy ni en el principio. Y eso que traigo un asunto candente: la sugerencia de suprimir los símbolos religiosos (“símbolos religiosos” es un eufemismo, pues, en España, se trata básicamente de la cruz) de los edificios y actos públicos.
Los motivos de quienes abogan por ello son razonables. Un Estado aconfesional no puede permitir que se dude de la neutralidad de sus instituciones. Estamos muy lejos de la época en que los papas, torturados por su mala conciencia inquisidora, llenaban templos y capillas de dioses paganos. Claro que los partidarios de la medida no son gente de fe, sino agnósticos y ateos a los que repugna la exclusión de las religiones minoritarias y cosas por el estilo. Además: ¿qué pinta un crucifijo en el despacho de Poncio Pilatos?
El movimiento iconoclasta, sin embargo, no las tiene todas consigo. Los símbolos, y esto incluye a los religiosos, forman parte de la memoria de los pueblos y, por tanto, de su identidad. Deshacerse de ellos no es como quitarse el sombrero, sino como arrancarse los ojos. Por recurrir otra vez a la metáfora del cohete: para prescindir de la tobera no sólo hay que estar seguro de no querer volver atrás, sino también de que no querer seguir adelante. Evidentemente, es una decisión plausible, al menos en un país como el nuestro, pero, salvo que se suponga que fundar un orden que absorba cualquier diferencia es la única forma de mantener la coherencia de una sociedad en trance de perder su identidad racial y cultural, no se trata de una decisión necesaria. De hecho, puede ocurrir que parte de la comunidad la rechace, y no por motivos religiosos, sino invocando precisamente su amenazada identidad nacional. Esto complica sobremanera el problema, pues la historia, lejos de lo que se dice, es un ámbito donde todavía reinan los mitos.
La ventaja de haber anclado –varado, diría mi crítico- en un modelo zodiacal es que progreso y retroceso no se ven como inclinaciones opuestas, sino como momentos de un mismo movimiento. Sólo así cabe recelar tanto de esa gente que, después de erigir edificios monstruosos sobre nuestros lugares queridos, se muestra tan quisquillosa con la liquidación de sus símbolos, como de esa otra que presume de lucidez y no barrunta la menor relación entre la esterilización simbólica y el paisaje démoralisé del totalitarismo. Separar la yema de la clara de una tortilla no es menos fácil para un geocentrista que escoger entre una identidad psicótica y un credo demencial que, atribuyendo la imperfección humana a la imperfección de sus instituciones, sacrifica la racionalidad en nombre de la racionalización. Si detrás de la cruz se oculta una fuerza menos sobrenatural que política, detrás de la fuerza organizativa del Estado (da igual su apellido) se agazapa una fuerza demostradamente inhumana.
¿Entonces? No lo sé. Uno sueña con salvar las apariencias. ¡Qué bien nos vendrían ahora aquellos elegantes bucles de los astrónomos alejandrinos en los que cada revolución comportaba también una aproximación a lo anterior, aunque con otro espíritu!
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