Opinión

Ejército y pueblo

TRIBUNA

José Manuel Cuenca Toribio | Sábado 09 de julio de 2016

Instalado aun vocacional y anímicamente en una institución deficitaria hodierno en solidaridad y vibración con la sociedad en que se injerta y de la que se nutre, el anciano cronista quizás se halla impactado en exceso ante un lance que le aconteciera no ha mucho en punto a un organismo al que siempre fuese muy sensible y, colectivamente, agradecido.

He aquí, pues, que en la bella y provinciana –hoy, no antaño- ciudad en la que vive el articulista, un mozo situado en los comedios de la tercera década de su biografía no ha podido superar, por cuarta o quinta vez, los severos exámenes exigidos en la actualidad para el ingreso en la tropa de nuestro ejército. De su entrega ilusionada e ilimitada a todo lo concerniente a de re militaria el cronista, bien responsabilizado con su oficio de historiador y, por ende, con sacrosanto respeto a los hechos y pruebas, cervantinamente, probados, da fe rigurosa. Estimulado por su padre, humilde y honesto trabajador para el que no cuentan las horas ni los días y aun tampoco los climas, el joven en cuestión se apasionó en su infancia de la milicia y sus principales protagonistas: soldados, marinos y aviadores; y ya no tuvo más ojos ni ensueños más que para ello, con satisfacción infinita de su digno y recatado progenitor, muy probablemente frustrado en su primitiva vocación castrense por motivos desconocidos por el cronista.

Hasta aquí, sin duda, todo normal o casi en la trayectoria de centenares de miles de muchachos sin oficio ni beneficio hoy en el terebrante panorama de la átona y renqueante colectividad nacional. Ya lo son menos, a la mirada tan errónea del emborronador de los presentes renglones, las numerosas ocasiones en que el auténtico actor de estas líneas ha visto rotos sus sueños de ingresar en las Fuerzas Armadas españolas del segundo decenio del III milenio, colocadas, desde luego, frente a envites cuya adecuada respuesta requiere saberes y condiciones alejadas de los exigidos en épocas todavía recientes. Pese a ello, y sin el menor atisbo y aun menos deseo o voluntad de cuestionar el comportamiento de los competentes examinadores que le tocaron en suerte ni el tenor y naturaleza de los ejercicios que debieron corregir, le resulta arduo al cronista comprender el repetido fracaso de nuestro ardido joven, de traza y conversación por entero normales, aunque, eso sí, de indeclinable vocación –otra vez, y cuántas sea menester, Cervantes…- por el noble oficio de las armas…

Abiertos y profesionalizados hasta el extremo, los ejércitos españoles continúan demandado imperiosamente, como en los días de Flandes y Lepanto, de sus tropas y cuadros empatía profunda con su patria y la historia de su pueblo, es decir, con la identidad más honda e intransferible de la nación. Sin tal actitud, todo se construirá en arena y únicamente servirá para el espectáculo mediático o propagandístico. Bien que el tema sea muy difícil de mensurar o calibrar, en las pruebas de acceso para los futuros contingentes del ejército español, el dato mencionado habría de tener un peso si no decisorio, sí al menos específico, muy específico. En el todavía espacioso solar de la España estival de 2016, incontables mozas y mozos lo tendrían como el mejor premio a su iridiscente esperanza.