Opinión

Cuando el pueblo vota mal

TIRO CON ARCO

Dani Villagrasa Beltrán | Domingo 10 de julio de 2016
Los políticos tienen al pueblo todo el día en la boca. Es un concepto tan laxo que todo el mundo cabe en él. Para saber quién no es pueblo, el mejor método sería escuchar lo que dicen los políticos, y así podremos llegar a la conclusión de que, por ejemplo, la oligarquía, la casta, los inmigrantes, los sátrapas, los burócratas de Bruselas, o gente así, no son el pueblo.

Por supuesto, como miembro del pueblo, uno tiene acceso a todo un capital simbólico de virtudes que sólo existen en la mente del político de turno. La honradez y la bonhomía son las más transitadas, pero hay muchas más. Los políticos se vuelven zalameros, cada cuatro años, para seducir al pueblo, ese oscuro objeto de su deseo.

Está claro que nadie se mete en política para gustarle tan sólo a las ‘minorías selectas’. Pero esa invocación constante a ‘la gente’, ‘el pueblo’ o las mayorías silenciosas es una labor de ventriloquia perversa, porque nos pone en la boca palabras y silencios que no tienen por qué ser los nuestros.

Si fuéramos tan homogéneos como nos quieren hacer ver algunos, si bastara con apartar a unas pocas personas que tienen la culpa de todos los males, si la vida fuera el cuento en el que algunos parecen querer vivir, qué fácil sería todo. La verdad es una cosa que se amolda a los intereses de cada cual, como un líquido a un recipiente, pero cuando alguien se encuentra en una situación difícil, no puede permitirse el lujo de la autocomplacencia y las explicaciones sencillas.

De la última campaña, tengo la sensación de que nos han vuelto a tratar como si no hubiéramos alcanzado la mayoría de edad. Como esos productores de las series de televisión, que no quieren guiones demasiado exquisitos por si la gente se pierde, los mensajes que nos han lanzado eran muy difíciles de tomar en serio. Quizá por eso, porque, en realidad, eran una broma, esa gran broma final de la canción de Nacho Vegas.

Luego llegan las elecciones, los referéndums, y resulta que el tal pueblo vota mal. Es la conclusión a la que han llegado muchos populistas después del ‘Brexit’ y de las elecciones generales del 26 de junio. El pueblo es majo, pero torpe. El pueblo no está a nuestra altura, parecen querernos decir. Tras el paso por las urnas, el populismo británico muere de éxito, y el español, de angustia. Como en aquel poema de Bertolt Brecht sobre los levantamientos del 17 de junio en la República Democrática Alemana, “¿no sería más simple disolver el pueblo y elegir otro?”

TEMAS RELACIONADOS: