Opinión

La tragedia del mundo árabe

ORIENT EXPRES

Ricardo Ruiz de la Serna | Domingo 17 de julio de 2016

El mundo islámico -y, en especial, los países árabes- afronta en este comienzo de siglo el desafío del islamismo y el yihadismo globales. En el siglo XX los distintos movimientos islamistas eran, en general, nacionales, aunque su ideología fuese, sobre todo, internacionalista religiosa, es decir, partidaria de la Umma -la comunidad de los creyentes- como primera entidad política por encima de los Estados nacionales. Las limitaciones que imponían las comunicaciones y la tecnología, impedían que esa aspiración internacionalista se propagase con rapidez. Cuando Hassan Al-Bana fundó los Hermanos Musulmanes en 1928, su aspiración era, sobre todo, liberar a Egipto del sometimiento colonial. Su consigna era “El Islam es la solución”. Su labor era caritativa. Sin embargo, la aspiración inicial religiosa se fue transformando en una clara actividad política. Entre 1936 y 1952 el movimiento fue abandonando la labor asistencial para centrarse en la propaganda y la movilización a través del activismo social: la da´wa.

El ejemplo egipcio fue cundiendo a partir de los años 30 por Siria, Irak, Líbano, Jordania, Sudán e incluso Irán. Sin embargo, tenían un competidor ideológico que, a partir de los años 40, galvanizó a los países árabes: el panarabismo. Fuertemente influido por los movimientos fascistas de Europa, el nacionalismo árabe aglutinaba el anticolonialismo, el tercermundismo -la alternativa a los bloques occidental y oriental- y el socialismo. Los panarabistas eran estatalistas, militaristas y laicos. Los islamistas parecían un objeto del pasado, mientras los jóvenes generales panárabes, especialmente el carismástico Nasser y los baazistas de Siria e Irak, encarnaban el espíritu de la época: la juventud, la fuerza, el ímpetu revolucionario.

Tan altas fueron las aspiraciones que los regímenes panarabistas nunca se recuperaron de los sucesivos fracasos: las derrotas en sus guerras contra Israel, la imposibilidad de lograr una unión nacional en un único Estado -la República Árabe Unida creada entre Siria y Egipto apenas duró tres años (1958-1961)- la corrupción, las tensiones sociales… El sueño panárabe se transformó en la pesadilla de los regímenes militaristas de Siria, Irak, Libia, Egipto, etc. El Oriente Próximo se desangró en guerras en las que nadie ganaba y todos perdían: las guerras civiles en Yemen (1962-1970), la guerra civil libanesa (1975-1990)… A esto se sumó la instrumentalización de la cuestión palestina y las tensiones entre la OLP y los gobiernos árabes. El naufragio del panarabismo a finales de los años 70 era innegable. Quedaban, por supuesto, los discursos encendidos y los gestos vistosos, pero empezaban a sonar notas de requiem por el sueño de Nasser.

Entonces, la Revolución Islámica de Irán destronó al shah aliado de occidente e implantó un régimen teocrático que desafiaba, a la vez, a los gobiernos socialistas árabes y a las monarquías petroleras del Golfo. Los seguidores del ayatolá Ruhollah Jomeini cohonestaban la ideología revolucionaria de los movimientos de liberación con la práctica del islam chií, la devoción del martirio y la reivindicación de la justicia. Desde el África Oriental hasta Hispanoamérica, los revolucionarios iraníes parecían encarnar las ansias de liberación de las masas islámicas. Su propaganda competía con la de los grupos wahabbies auspiciados por Arabia Saudí. La guerra con Irak demostró las fracturas del mundo islámico.

Así llegó la ocasión para los movimientos islamistas de reivindicar sus credenciales sociales y revolucionarias. Los Hermanos Musulmanes, que se habían enfrentado a Nasser en Egipto, aparecieron como la alternativa religiosa a unos regímenes socialistas laicos decadentes. Los iraníes marcaban el camino. El islam debía hacerse político y conquistar el poder. Los caminos fueron diversos. Los Hermanos Musulmanes fueron creando estructuras paralelas a las del Estado que suministraban bienes a las masas empobrecidas y exhaustas después de décadas de corrupción. Gozaron de la tolerancia de los saudíes. En Siria terminaron recurriendo al terrorismo. En 1981 tomaron la ciudad de Hama y el ejército de Hafez el Asad los masacró. Hasta la llegada de Bashar el Asad al poder en 2000, no lograron levantar la cabeza en Siria. Poco a poco fueron integrándose en la vida política egipcia con Hosni Mubarak. Las Primaveras Árabes fueron llevando a los islamistas de Egipto y Túnez al poder. Al presidente islamista Mohamed Morsi lo sucedió el general Al Sisi.

He aquí la tragedia del mundo árabe. A lo largo del siglo XX y, especialmente, tras la descolonización, sus líderes han sido visionarios o fanáticos religiosos, populistas o revolucionarios, reyes corruptos o demagogos incapaces. A medida que los gobiernos socialistas panarabistas iban decayendo, los islamistas iban escalando posiciones. Los esfuerzos de los intelectuales por construir una alternativa al socialismo panarabista, las monarquías petroleras y el islamismo revolucionario, fueron chocando con partidos políticos anquilosados o con organizaciones radicales que buscaban hacerse con el poder para no dejarlo nunca más. Lejos de ser condenado, el terrorismo se convirtió en un elemento más de la política que ha causado miles de muertos en los países árabes. El yihadismo ha ido apareciendo como una ideología de odio que se dirige por igual hacia Occidente y hacia los regímenes considerados impíos. El enfrentamiento entre chiíes y sunníes ha agravado el desgarro que hoy sufren las sociedades árabes. Por supuesto, ha habido factores externos a ellas que han incidido en los procesos políticos -las influencias extranjeras, las guerras con Israel o de los países islámicos entre sí, la economía del petróleo- pero ha habido, al mismo tiempo, dinámicas propias de las sociedades islámicas que las han abocado a la crisis en la que hoy se encuentran.

Uno podría pensar que, tras los movimientos políticos, estaba la larga mano de los Estados Unidos o de las viejas metrópolis imperiales, pero las cosas son más complicadas. El shah estaba protegido por los Estados Unidos y el Reino Unido, que pudieron derribar a Mossadegh en 1953 pero no salvar la casa de los Pahlevi en 1979. El Egipto de Nasser y la Argelia del Frente de Liberación Nacional se situaron entre los no alineados. Es absurdo culpar de todos los dramas de Oriente Próximo a los Estados Unidos, Israel, Occidente o Europa y soslayar que el propio liderazgo islámico ha tenido gravísimas carencias tras la Descolonización. No niego que el postcolonialismo perpetuó formas y estructuras colonialistas, pero creo que hay que contar con los factores internos de las propias sociedades -cultura, religión, economía- y no solo con la influencia extranjera a la hora de explicar las tensiones que hoy se viven en el mundo islámico y, especialmente, en los países árabes. Así, ha desempeñado un papel fundamental la exaltación y la práctica del terrorismo por parte de los distintos grupos islamistas y yihadistas. Por desgracia, el terror se ha convertido en un factor del juego político durante décadas y, gracias a él, distintas organizaciones han conseguido resultados políticos y han ganado prestigio ante las masas.

No hay nada en las sociedades árabes que las condene a sufrir este azote del terrorismo ni una política hecha por demagogos y fanáticos, pero el cambio social es lento y requiere de unas condiciones para consolidarse -por ejemplo, libertad, compromiso de las élites intelectuales, derechos humanos, instituciones fuertes- que los más radicales o los más corruptos tratan sistemáticamente de dinamitar en su camino hacia el poder o en su lucha por permanecer. Por supuesto, hay excepciones, pero, en general, el balance del liderazgo árabe en más de medio siglo desde la descolonización es bastante negativo.

He aquí la tragedia de las sociedades árabes.

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