Opinión

El populismo y la crisis ideológica en Iberoamérica

WELTPOLITIK

Carlos Ramírez | Lunes 18 de julio de 2016

En un juego retórico a partir del primer párrafo de Anna Karenina de León Tolstoi se puede establecer que todas las izquierdas son iguales en el mundo pero cada izquierda vive su propia crisis a su manera. Pero se trata de una crisis muy peculiar: de comportamientos de izquierda en los diferentes sistemas políticos, no de ideas. Hasta ahora, el socialismo --es decir: el marxismo-- sigue siendo un método de análisis de la realidad y una idea utópica de igualdad.

Así como el izquierdismo fue considerado como enfermedad infantil del comunismo, así el populismo hoy debe enfocarse como una perversión del pensamiento socialista o una enfermedad de la vejez de las ideas socialistas. El populismo en sus diferentes versiones se ha saltado el conflicto de clases para acomodarse en la forma de combatir la desigualdad social, es decir, no intenta explicar las razones de la pobreza pero se dedica a asignaciones presupuestales para atenuar la polarización social, aunque sin reconocer que la desigualdad es producto del conflicto entre las dos clases productivas.

El populismo nació en América como una versión casi exacta del bonapartismo explicado por Marx en El 18 Brumario de Luis Bonaparte: un liderazgo cesarista, una utilización de subclases sociales categorizadas como lumpen y una intención de distribuir los beneficios de la riqueza sin modificar la disputas entre las clases productivas.

Los dos principales populismos en América estuvieron en Argentina y en México.

--Juan Domingo Perón revolucionó Argentina con una política laboral basada en aumentos salariales y en políticas de bienestar social, pero sin resolver las contradicciones con las clases empresariales; su límite fue el golpe de Estado en cuando menos tres ocasiones. El peronismo se resume en una élite burocrática política que ejerce el poder en nombre de los trabajadores, aplica beneficios asistencialistas con cargo al presupuesto y concilia con los empresarios. En el pasado los ciclos se medían por golpes de Estado y ahora se dirimen en las urnas.

--En México el populismo nació con la Revolución Mexicana como ruptura democrática, se definió en la Constitución de 1917 como carta magna de derechos de bienestar garantizados por el Estado y operó, mal que bien, a través del modelo de economía mixta: una clase empresarial también tutelada por el Estado. Lázaro Cárdenas (1934-1940) reconstruyó el partido del Estado como Partido de la Revolución Mexicana y creó una estructura de poder basada en la representación de clase proletaria-campesina-popular dentro del PRM. Es decir, potenció la lucha de clases, la controló dentro del partido y bajo la regulación de la autoridad del Estado y condicionó la acumulación de riqueza privada a programas de beneficio social. La clave de Cárdenas para evitar radicalismos consistió en organizar a los trabajadores como masa dentro del partido y no como clase. El régimen populista por excelencia fue el mexicano con el PRI, el Estado y el bienestar.

Los populismos se basaron en un Estado de bienestar en situaciones de estabilidad económica internacional porque sus estrategias se basaban en las asignaciones presupuestales, no en la socialización de los medios de producción. En Argentina y en México se crearon estructuras de masas y de movilización partidistas funcionales a los objetivos de controlar la lucha de clases, sacarla de la disputa productiva y asumir la realidad no como clases en pugna sino como grupos sociales enriquecidos y grupos sociales marginados.

Los populismos en América fueron producto de una falta de maduración de los sistemas políticos, de las formas de gobierno y de los Estados. Es decir, fueron un sucedáneo de la democracia. Por eso es que los populismos en sistemas democráticos están plagados de contradicciones que limitan los alcances de las políticas populistas y tienen como límite la crisis fiscal del Estado. Las formas de subordinación de las clases en las democracias son diferentes: las clases obreras tienen mayor conciencia de clase y las marginadas acumulan necesidades, a menos --como ocurre en España-- que las formaciones obreras vayan sustituyendo su socialismo marxista por objetivos de asistencialismo. Los fermentos de populismo en España son correlativos a la pérdida de identidad de clase de los trabajadores: no como una clase potencialmente rumbo a su papel clave en la definición de las políticas productivas sino como beneficiarias de subsidios directos e indirectos asignados por las élites.

En Argentina y México los partidos socialistas han sido históricamente inexistentes. En ambos países hubo partidos comunistas pero arrinconados en marxismos controlados en el siglo XX por Moscú hasta 1989. En México el Partido Comunista (marxista-leninista-castrista) dio batallas contra el autoritarismo del Estado priísta, pero en 1989 se disolvió y le cedió su registro legal como partido político al Partido de la Revolución Democrática controlado por expriístas cardenistas, con el objetivo de regresar al modelo del PRI populista. En Argentina el peronismo es la única opción de izquierda.

El populismo en América se reactivó ante el desmoronamiento ideológico de la Unión Soviética y la dictadura en Cuba; lo malo fue que ni siquiera quiso ascender a rango de socialdemocracia. Ello quiere decir que es personalista, radica en la dominación de una élite y en un discurso desmovilizador de las masas. Y en materia de objetivos de bienestar, el fortalecimiento del mercado llevó a las políticas sociales a su expresión menor basada en la política de “mínimos de bienestar”, no de desarrollo social.

En los países con mayor desarrollo de clases --los europeos, por ejemplo--, los populismos son desmovilizadores, estatistas y acomodaticios y se explican por la crisis en el pensamiento socialista marxista. Por eso una cosas es el socialismo y otra el populismo.

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