Opinión

La devastación de Niza

ESCRITO AL RASO

David Felipe Arranz | Martes 19 de julio de 2016

El tiempo se detuvo a las 22:45 de la noche del jueves en el Paseo de los Ingleses de la capital de la Costa Azul. Desde algún rincón oblicuo, Lahouaiej Bouhlel, al volante de un enorme camión frigorífico, acechaba en medio de la pirotecnia del 14 de julio, dispuesto a arrollar a todos los paseantes que le fuese posible. Minutos después, el asfalto encharcado de sangre inocente nos sacudía con su rosal de cadáveres aplastados, la solidificación de que, una vez más, el islamismo radical había burlado los sistemas de seguridad de la vieja Europa, que asistía impotente al enloquecedor y más doloroso de los escenarios posibles, al oasis de sufrimiento que a renglón seguido aprovecharían los políticos, esa especie de zombis éticos que nos gobierna.

Algunos también hubiésemos silbado al primer ministro galo Manuel Valls durante el homenaje de ayer a los 85 asesinados en la tercera matanza yihadista perpetrada en Francia en los últimos 18 meses. En pleno estado de excepción, el Ejecutivo de François Hollande sabía que más de 120 jóvenes habían abandonado los Alpes Marítimos para unirse al Daesh en Siria y que los barrios “africanos” de St. Roch y L’Ariane en Niza eran –son– el centro “oficial” de reclutamiento de uno de los imanes radicales más peligrosos de Europa, el franco-senegalés Oumar Diaby, que proyectaba una sombra de radicalidad cargando de argumentos aquella pobreza de gueto, sembrando la tragedia, cosechando la muerte…

A esto le hemos de añadir un grupo de imanes argelinos salafistas pertenecientes al Frente Islámico de Salvación que reclutaban con laboriosidad a jóvenes en los barrios deprimidos, a la salida de las mezquitas o en los clubes deportivos. Todos estaban fichados por la policía desde que en 2012 las fuerzas de seguridad localizaron una célula que hizo volar por los aires un supermercado de Sarcelles en París y que se dio a la fuga: a uno de los asesinos le dio tiempo a ir y volver entrenado de Siria, siendo tan solo apresado a su regreso en 2014. Y de la pobreza y la frustración al odio y la sacralización de la muerte va un paso. De momento, el terrorismo islamista ya es un influjo sofocante, perceptible, invasor…

Estos jóvenes buscan el Paraíso en una muerte devastadora y sangrienta, el premio gordo de una guerra “santa” del demonio que da respuesta contundente y aterradora a las masacres y bombardeos que han perpetrado EE.UU. y Francia en Irak, Libia, Yemen o Siria. Los documentos desclasificados anteayer por la policía sobre la masacre de Bataclán ofrecen un relato dantesco y espantoso de evisceraciones, mutilaciones de genitales, punciones de ojos y violaciones: un ensañamiento infernal que podía haberse evitado si hubiese existido coordinación y flujo de información entre los policías nacionales de los diferentes estados de la Unión Europea, como lo atestiguan las idas y venidas de terroristas a Siria fichados por distintos servicios de seguridad que finalmente –mortalmente– no mantuvieron contacto ni una investigación compartida; o la realidad del yihadismo a la europea de la segunda y tercera generación, vidas truncadas que fermentan en silencio hasta que se inmolan en nombre de Alá, infligiendo un dolor inconmensurable a miles de inocentes en París o en Bagdad, solo que aquí nos pilla más cerca –siempre poniéndonos de perfil ante las matanzas de Oriente Medio, la trastienda de la muerte–.

Hollande se estrenó en mayo de 2014 como vigesimocuarto presidente de la República Francesa entregando armamento letal a los rebeldes sirios y que después nadie sabía en qué manos acababa: lanzacohetes, ametralladoras, sistemas de artillería y misiles antitanques que han ido a parar a las enloquecidas fuerzas del ISIS. Precisamente es la guerra de Siria la que fortaleció al Daesh, así como esa membrana permeable que ha sido la Turquía del cínico Erdogan al que le ha brotado una asonada militar y que ha propiciado ese intercambio de petróleo y arsenal para controlar a kurdos y chiíes, al punto de bombardear las unidades de protección kurdas –las YPG kurdas– en vez de al Daesh, como se ha demostrado sobradamente.

Porque Hollande y Erdogan pertenecen a esa especie de dirigentes macilentos de la gran familia yanqui de la OTAN, agotados en sus propias ansias de poder y volcados en los enseres de la guerra. Están en la misma onda: ambos, demócratas chirriantes al igual que sus socios, las monarquías del Golfo Pérsico, se dedican a embargar libertades negociando con terroristas, el liquen del mal. Para muestra, un botón: el pasado 8 de julio, mientras el ejército sirio luchaba contra el Daesh al este de Homs, un escuadrón de aviones de EE.UU. ofrecieron cobertura desde el aire a los terroristas durante cuatro horas, gracias a lo cual los yihadistas pudieron hacer saltar por los aires el gaseoducto que une Siria con Irán e Irak. También se sabe que muchos de los explosivos militares de alta tecnología que usa el Emirato Islámico provienen de los arsenales del Pentágono. Y nadie dice nada.

Ahora el mundo vive una resaca de ropas en el suelo, cochecitos de bebé y familiares llorando junto al cadáver de su madre o su hijo en el barro portuario de Europa. El Daesh conoce la debilidad de la carne de los “dioses” del Elíseo y de Washington y actúa, golpea y seguirá haciéndolo hasta que los aviones de Hollande y Obama regresen a casa y dejen de sobrevolar sus cielos dejando caer sus bolas de fuego. El califato del petróleo decretado por Al Bagdadi y el Emirato Islámico en Irak seguirá quemando con su rasgadura sangrienta el vientre de los atlantistas hasta que no dejen a un lado sus agresiones militares de dominador de razas. En esta escalada mortal, la devastación de Niza es una fase más de una guerra que inició Occidente.

@DavidFelipe1975