Tres viajes hizo José Ortega y Gasset a la Argentina. El primero fue en 1916, en compañía de su padre, don José Ortega Munilla; el segundo en 1928, y el último (el más prolongado y con intenciones de quedarse) fue en 1939, en compañía de su esposa, y permaneció entre nosotros hasta 1942.
Cuando llegó, en 1916, invitado por la Institución Cultural Española para dictar un ciclo de conferencias en la facultad de Filosofía y Letras, visitó Tucumán, Rosario, Mendoza y Córdoba, y también Montevideo. Ese año, en la Argentina había ganado las elecciones Hipólito Yrigoyen, al frente de la Unión Cívica Radical, de la mano del voto de las masas populares que derrotaron a los tradicionales partidos conservadores. Ortega se sintió impresionado por el contraste de un país democrático, que festejaba en paz un triunfo popular. Éramos un país rico, comparado con una Europa que estaba en guerra y donde gobiernos autoritarios llegaban al poder. Regresó a España en enero de 1917.
En agosto de 1928, cuando Ortega arribó por segunda vez a la Argentina, nuevamente había ganado las elecciones Hipólito Yrigoyen, sucediendo a Marcelo Torcuato de Alvear, y continuaba el gobierno popular de la Unión Cívica Radical. Al llegar, Ortega tenía plena conciencia de las expectativas que generaba su viaje. No era ya un joven profesor de obra y fama incipiente, sino toda una celebridad con bien ganado prestigio académico. En dos conferencias dadas en la Asociación Amigos del Arte, la institución que encabezaba la señora Elena Sansinena de Elizalde, anticipó, según sus propias palabras, los temas que luego incluiría en su libro más famoso: La rebelión de las masas. Infatigable viajero, a fines de 1928 atravesó nuestra pánica llanura para llegar hasta Mendoza, y luego cruzó en el tren Trasandino la Cordillera de los Andes, rumbo a Chile donde dictó una serie de conferencias. Este viaje por La Pampa estimuló en él las reflexiones que luego dieron lugar al célebre ensayo, Intimidades, provocando diversas reacciones entre los argentinos y será tema central de nuestro análisis, más adelante. También hombre de amores intensos, Ortega y Gasset, vivirá en Santiago de Chile un romance, que aún no está debidamente investigado, con una joven de la clase alta, llamada Adelina Casanova Vicuña, a quien en la década del setenta conocí y me mostró sus íntimas, encendidas cartas.
En enero de 1929 dejó la Argentina, concluyendo su segunda visita. La visión del paisaje al atravesar la dilatada llanura, lo inspiraron para escribir su ensayo La Pampa, que tanta polémica traería, y así lo relata Victoria Ocampo: “Al irse de la Argentina, me contaba, desde Mendoza, que había escrito de un tirón un texto con intención de publicarlo en el diario La Nación, y donde decía que Buenos Aires era una ciudad absurda, pero que cada día la adoraba más.”
Por algún motivo, que suponemos, aunque hasta ahora se desconoce, ese trabajo y otros de la misma época no fueron publicados en el diario de la familia Mitre, como él le había adelantado a Victoria. Se conoce, también, una carta dirigida a León Dujovne, fechada el 12 de noviembre de 1929, en la que le anuncia la aparición de su “ensayo sobre la Argentina” y reconoce que su jugada “es arriesgada” por los polémicos puntos de vista que hay en ese trabajo. Quizá un nacionalismo exacerbado fue el culpable de aquellos aportes que, sin lugar a dudas, nos hacía Ortega y Gasset.
A mediados de 1939, luego del triunfo de Franco, preocupado y previendo la dictadura que ya empezaba a azotar a España, el filósofo regresó por tercera vez a la Argentina con la intención era quedarse por el resto de sus días en Buenos Aires. La época era propicia, aquí habían encontrado refugio numerosos exiliados españoles luego de la derrota de la República. Por otro lado, comenzaba la segunda Guerra mundial y los intelectuales tomaban posiciones, ya sea a favor de los aliados o de neutralidad, esta última posición equivalía a apoyar a los diversos regímenes fascistas. Durante esa tercera visita Ortega “padeció un magro reconocimiento público, malos humores, contratiempos, mezquindades y la experiencia de grandes decepciones”, confesó en una carta a su amigo Fernando Vela, secretario de la Revista de Occidente. A eso se sumó un conflicto con Victoria Ocampo, que obviamente no trascendió, pero agregó desazón a Ortega. En Buenos Aires pronunció algunas conferencias en el ámbito de la Institución Cultural Española y en Amigos del Arte y condujo un programa en la Radio Splendid. Pero, quizá, lo que más afectó al filósofo fue el hecho de que no se le otorgara una cátedra en la Facultad de Filosofía y Letras a la cual aspiraba. Según el escritor José Bianco, secretario de redacción de Sur, el ilustre visitante debió afrontar ciertas penurias económicas. Frente a estas circunstancias, bastante desencantado, decidió regresar a Europa en 1942.
Una de las frases que más ha quedado grabada en nosotros fue la que pronunciara en una conferencia en ciudad de La Plata, donde nos amonestó en voz alta: “¡Argentinos, a las cosas; a las cosas!... Déjense de cuestiones previas personales, de suspicacias, de narcisismos. No presumen ustedes el brinco magnífico que daría este país el día que sus hombres se resuelvan de una vez, bravamente, a abrirse el pecho a las cosas, a ocuparse y preocuparse de ellas directamente y sin más, en vez de vivir a la defensiva, de tener trabadas y paralizadas sus potencias espirituales, que son egregias, su curiosidad, su perspicacia, su claridad mental secuestradas por los complejos de lo personal. Repito: ¡Argentinos, a las cosas; a las cosas, sí señores míos!”
José Ortega y Gasset le hablaba de tal manera a un pueblo joven que se hacía nación en tiempos de crisis internacional. Esos conceptos suponen menos un diagnóstico que un mandato que sigue teniendo vigencia. ¡Qué pena que aún los argentinos no hayamos considerado ese sabio consejo!