La nominación del empresario ultraderechista Donald Trump como candidato oficial del Partido Republicano a la presidencia de los EE.UU. para el periodo 2017-2020 representa un desafío al escenario geopolítico para el próximo cuarto de siglo. Hasta ahora conocemos al Trump retador, inconsecuente, ajeno a su partido, racista y aislacionista. La campaña va a servir para conocer su propuesta formal de gobierno.
No debe extrañar el acomodamiento a la derecha-ultraderecha de la sociedad estadunidense. La política de reconocimiento de derechos de las minorías --sobre todo las raciales-- se hizo en función precisamente de derechos, sin atender los efectos sociales y raciales. Los ocho años de Barack Obama confirmaron esta hipótesis de trabajo: Obama supuso que sólo el color de su piel en la Casa Blanca iba a reacomodar los sentimientos, pero la falta de una estrategia de gobierno sólo polarizó el racismo.
Extraña, para el análisis, que el tema de la migración mexicana a los EE.UU. se haya convertido en tema de elección de un candidato presidencial; a lo largo de más o menos setenta y cinco años hubo un aumento de la población mexicana en los EE.UU., bastante por la crisis económica mexicana --2% promedio anual de crecimiento económico en el largo periodo 1982-2016-- pero también por la demanda de mano de obra barata en ciertas actividades de la economía estadunidense.
En su primer discurso como aspirante presidencial hace casi un año, Trump centró su propuesta en frenar la migración mexicana, caracterizarla de criminal y proponer la construcción de un muro en la frontera. El tema tomó a México y a los estadunidenses fuera de lugar: ¿era la migración mexicana un tema mayor que el terrorismo radical acreditado al islamismo furioso? A lo largo de otros discursos de campaña en las primarias, Trump metió el asunto de la comunidad musulmana dentro de los EE.UU. pero sin obtener reacciones importantes de la sociedad. Por tanto, el interés social estadunidense tuvo que ver con el racismo y no con el terrorismo árabe.
De acuerdo con cifras oficiales, en los EE.UU. viven alrededor de treinta y cinco millones de personas de origen mexicano --antiguo y reciente--, poco más del 10% del total de la población total. Y así como esos mexicanos han contribuido a la actividad económica con trabajo y pago de impuestos, también existe una parte que se ha dedicado al crimen organizado: los cárteles mexicanos controlan el tráfico de droga al menudeo en tres mil ciudades estadunidenses, dominan el delito en las cárceles y han cometido crímenes atroces contra población local.
Pero en la balanza de positivos-negativos, la comunidad mexicana tiene más aportación social y económica que criminal, pero en el entendido de que la penetración de los cárteles en territorio estadunidense se ha debido a dos razones: la demanda de drogas mexicanas entre los millones de consumidores locales y la corrupción oficial que permite el tráfico de drogas y su comercialización local y el lavado de dinero sucio del narco. En términos de política económica, la demanda determina la oferta.
¿Por qué se colocó el tema México sucio en la agenda de un precandidato del Partido Republicano a la presidencia? Aquí escribí hace poco que el tema no era Trump sino la radicalización racial de la sociedad estadunidense conservadora. El asunto, en consecuencia, debe tener un enfoque sociológico. Trump está en condiciones de ganar las elecciones presidenciales y de llevar su agenda racial a políticas de Estado, pero sólo por el apoyo de una mayoría social que acepta los razonamientos raciales y racistas de Trump y que basa su existencia en la pureza de la sangre que animó a la sociedad fascista hitleriana.
Pero el problema será práctico: la imposibilidad de frenar la migración ilegal en tanto haya corrupción en empresas que contratan a trabajadores sin permisos y siga siendo un negocio el tráfico de personas a lo largo de la frontera geopolítica y de seguridad nacional más insegura del mundo. La relación deportación-ingreso ilegal de personas no ha bajado la presencia mexicana. Y peor aún: legalmente se pueden invertir quinientos mil dólares (455 mil euros) en un negocio y obtener la ciudadanía estadunidense en automático.
El tema central es el racismo social y masivo como efecto de los ocho años de un afroamericano en la Casa Blanca. Democráticamente los EE.UU. estaban preparados para un hombre no blanco en la presidencia, pero con el costo social de activismos raciales contra las minorías. La victoria de Trump en la elección de candidato republicano es efecto directo del fracaso de Obama en sus inexistentes políticas raciales. Obama en la realidad fue el primer presidente negro de los blancos porque gobernó para el establishment y no se preocupó por el problema racial que, por cierto, le está estallando en la comunidad afroamericana como guerra civil molecular por los asesinatos de negros por parte de policías y los asesinatos de policías por radicales afroamericanos.
Al tema religioso de las rupturas nacionales y de la geopolítica se suma hoy la vertiente racial al interior de los EE.UU. El repudio de Trump a los mexicanos es racial, no económico ni sociológico. Y como se ven las cosas en territorio estadunidense, el repudio de Trump a los mexicanos y árabes desde la Casa Blanca --si ganara las elecciones de noviembre-- tendrá un activismo social violento como el de las milicias armadas cazamigrantes --los minuteman que se inventaron en la construcción de los EE.UU. en la época de las trece colonias-- que existen y operan en Arizona.
Si Trump gana las elecciones, el problema no estará en el poco margen de maniobra para políticas raciales sino en la movilidad social autónoma de quienes votaron por un discurso racista y que podrían iniciar una guerra civil silenciosa.
@carlosramirezh