La Primera Guerra Mundial fue un acontecimiento estremecedor, que sacudió los cimientos de Europa y tuvo consecuencias que cambiaron el mapa geográfico y la dinámica del poder en el continente. Desaparecieron imperios y monarquías, se redefinieron fronteras, dejando atrás una estela de millones de muertes y destrucción. También quedaba en el pasado la vieja Europa, “el mundo de ayer” como se titula un hermoso libro autobiográfico de Stefan Zweig. Y hacia adelante quedaban problemas abiertos -como las cuestiones asociadas al tratado de Versalles-; la irrupción de un experimento inédito en la historia de la Humanidad, como era el comunismo de Lenin en la nueva Unión Soviética; algunos movimientos que tuvieron su origen en esos años y llenarían de violencia y destrucción al mundo en las décadas siguientes, como fueron los casos del nacional socialismo y el fascismo. Muchas de estas cosas se pueden observar en el cine y en los libros de historia, pero también hay alternativas distintas para conocer la guerra y sus manifestaciones.
Detrás de esta catástrofe hay alguna creación, y el tronar de las trincheras tuvo repercusiones impensadas en la belleza de la literatura. Por ejemplo, según contaba J. R. R. Tolkien, las primeras páginas del Silmarillion y El Señor de los Anillos tienen su origen en la carnicería del Somme y en la muerte de sus amigos en los campos de batalla, con quienes había soñado “escribir una mitología para Inglaterra”. Lo mismo podría decirse de la obra de Wilfred Owen, que alcanza dimensiones dramáticas en sus Poemas de guerra (Barcelona, Acantilado, 2011), en que se refiere a los hombres que han sangrado sin tener ninguna herida, mostrando en pocas palabras la sinrazón, el odio y la amputación de tantas vidas jóvenes. También se puede mencionar, para cerrar los ejemplos, la obra clásica de Alexander Solzhenitsyn, que comienza con Agosto de 1914 y se extiende hasta finales de la guerra, mostrando la pésima preparación de Rusia y dejando entrever el avance de las ideas revolucionarias que terminarían en octubre de 1917 con el triunfo de la Revolución.
Uno de los textos clásicos sobre la guerra -y que se convertiría en una especie de manual de pacifismo- es el libro de Erich Maria Remarque, Sin novedad en el frente (Barcelona, Edhasa, 2009). El escritor alemán nació en 1898 y estuvo presente en la guerra, lo cual le permite escribir “desde dentro”, a través de un grupo de amigos que estuvo luchando y sufriendo: Albert Kropp, Müller V., Leer, Paul Bläumer (quien actúa de narrador), Tjaden, Haie Westhus, Detering y Kat (Stanislaus Katczinsky). “Juventud de hierro. ¡Juventud! Ninguno de nosotros tiene más de veinte años, pero ¿somos jóvenes? ¿Nuestra juventud? Hace tiempo que pasó. Somos viejos”. Precisamente por la experiencia de la guerra, presentada con un carácter “idealizado y casi romántico” tiempo atrás.
La experiencia de la guerra conviene vivirla y resistirla, pero no pensarla: “mientras permaneces agachado en la trinchera, el horror puede soportarse, pero en cuanto reflexionas sobre él, te mata”, pues en ella lo que existe, en realidad, es “el dolor de la criatura, la terrible melancolía de la existencia y la falta de misericordia en los hombres”. No parece haber consuelo ni salida: “Granadas. Gases. Tanques… Triturar. Devorar. Morir. Disentería. Gripe. Tifus… Ahogar. Calcinar. Morir. Trinchera. Hospital. Fosa común… No existen más posibilidades”.
Así se fueron muriendo uno a uno los amigos. Así también cayeron jóvenes británicos y franceses, y así se fue exterminando una generación de europeos, para que nunca más hubiera guerra, como les decían cuando los reclutaban. Atrás quedaban -en una historia tan remota como vacía- los siglos de cultura y civilización, la formación de las creaciones más hermosas que habían dado vitalidad y sostenido el alma de Europa desde los griegos hasta el siglo XX, pasando por el Imperio Romano y la Europa cristiana.
Todas estas preguntas se hacían, cuando había algo de tiempo, los jóvenes que visitaron y sufrieron en las trincheras. De vez en cuando había algunos minutos para pensar en una mujer, recordar un libro, incluso darle vueltas a las razones del conflicto, a la persona que constituía “el enemigo”, a las contradicciones entre un discurso nacionalista y la realidad del significado del odio.
Por lo mismo, se vive una historia que muestra profundas contradicciones: “mientras ellos seguían escribiendo y discurseando nosotros veíamos ambulancias y moribundos; mientras ellos proclamaban como sublime el servicio al Estado, nosotros sabíamos ya que el miedo a la muerte es mucho más intenso”. O manifiesta ciertos absurdos: “Veo a los más ilustres cerebros del mundo inventar armas y frases para hacer posible todo eso durante más tiempo y con mayor refinamiento”.
En una de las páginas de Sin novedad en el frente, Bläumer se pregunta: por el sentido de las cosas o de la propia participación en el conflicto. Quizá en la creación de la obra estaba la respuesta. Como consecuencia impensada de la guerra se levanta un libro que puede servir para conocer la guerra desde dentro y para sufrir con los protagonistas y para recordar -un siglo después de la Primera Guerra Mundial- el valor infinito de la paz, de la “tranquilidad en el orden” de la cual hablaba San Agustín.
Después de todo, la historia demuestra que la guerra no es solo destrucción, sino que permite hacer florecer la belleza de las letras, aunque para ello deban mostrar sangre y muerte. Aunque los amigos murieran antes de que se abriera el camino de la paz después de la derrota. Cuando ya se dejaran atrás los comunicados oficiales que anunciaban que “no había novedades en el frente”, porque la acumulación de la muerte ya se había hecho rutinaria, y una granada más, unos brazos o piernas menos, un cadáver llenando las trincheras, ya no constituían novedad, sino vida cotidiana, propias de la guerra.