Odio el terrorismo, proceda de donde proceda. Me repugna la violencia, venga de donde venga. Desprecio el silencio cómplice y también los mensajes con doblez de intenciones que se gastan algunos escuderos de la verborrea política. Maldigo, en consecuencia, la parte más ácida del dolor de los inocentes. Por eso, y nada más que por eso, me rebelo contra tanta inquina hacia la vida como la que viaja en estos tiempos.
Hace unas fechas escribí en mi artículo “La humanidad en bancarrota”, que estábamos en un mundo en que la gente que está muriendo no debería estar haciéndolo. Me reafirmo ante la insostenible cruzada que rompe la hegemonía de la supervivencia por el método de la violencia más atroz. Me da igual este reproche si las víctimas residen en Beirut, en Estambul, en Bagdad, en EE.UU, en Londres, en Madrid, en París, en Niza, en Múnich o en Kabul. Cualquier parte de este mundo forma nexo con nosotros mismos, con nuestros derechos, con nuestras libertades, con nuestra armónica convivencia, pero a la vez con nuestras obligaciones y responsabilidades.
Todos somos Niza, Beirut, Bagdad, etc., naturalmente que sí, porque todos somos responsables de esta humanidad en bancarrota. Hace tiempo que vivimos bajo el dominio de la ignominia y hemos caído en la inercia de lo contradictorio. Siento, al igual que ustedes, que se nos ha escapado la venerable razón al igual que el sentido de la probidad e incluso el valor de contemplar el mismísimo horror que nos doblega, pero, eso sí, sin dejar por ello de ignorar que toda esta barbarie sigue estando financiada. No tomen mis palabras como un destemple, es que la realidad se ha vuelto desleal respecto de la cordura.
Creo que esto que nos está ocurriendo, porque es verdad que sucede, es fruto de una lamentable aceptación de los propios hechos. Por un lado, dolor y repulsa, como no puede ser de otra manera, salvo para los abyectos. Por otro, la costumbre de adaptarnos a lo perverso al pensar que todo pasa mediado el tiempo; sin embargo, por desgracia seguirá el sacrificio de más inocentes. “Hay que acostumbrarse a vivir con el terrorismo” –ha manifestado el propio primer ministro francés, temeroso de lo venidero. La especialista en psicopatologías clínicas, Amélie Boukhobza, directora de un gabinete que trata de rehabilitar a los radicales ha confesado que estos casos, cuando están al principio del proceso de radicalización, aún es posible trabajar con ellos a través de la terapia; pero cuando ya son yihadistas no hay modo de rehabilitarles, es imposible: “Cuando te dicen que realmente quieren ir al paraíso, que están dispuestos a sacrificarse por Alá y por sus hermanos musulmanes, no hay absolutamente nada que hacer”
Y entre medias qué nos queda, pues el vacío de los lamentos y ese minuto de silencio. Triste bagaje y peor destino nos espera. No hay tiempo, ya no queda, hemos agotado incluso la suerte, ese factor que invita a sortear el lugar equivocado, porque en estos momentos cualquier destino lo llevamos en nuestro equipaje de mano. Lo demás es el sobrante de nuestros propios errores, de nuestra contemplación y del concierto de lo inexacto. Ayer muerte, hoy ya son números que engrosan el infortunio de lo que ha sucedido y nada más. La vida sigue y así hasta que el rédito de lo bueno quede a completa merced de lo infame convirtiéndose en una sola voz entregada a venerar lo perverso y lo execrable.
No entiendo nada de lo que está sucediendo, créanme. No es miedo ni tampoco inseguridad, es la sensación de no saber hacia dónde nos dirigimos, y en qué momento todo esto se irá al carajo por tanta sinrazón y tanta falta de equidad. Permitan que utilice uno de esos minutos de nuestro silencio para reflexionar sobre ello a través de mis versos:
Te roban el amor a la vida, en el silencio de un crujido. /No es más que un suspiro de sangre empañando los espejos callejeros. /Y algunos gritan “Libertad”, mientras los caídos blandean sus últimos versos, barridos por las sombras de unos ejércitos sin amor.