Viernes 29 de julio de 2016
Con naturalidad, el Rey Don Juan Carlos ha manifestado que Felipe VI se encuentra preocupado. Y no es para menos. Su Majestad el Rey comparte así el estado de ánimo de la inmensa mayoría de los españoles ante una situación endiablada y cayendo ya en lo grotesco. La nueva ronda de consultas del monarca, que concluyó ayer, había abierto una cierta esperanza de que podría producirse un sensato desbloqueo. Pero la realidad es que no ha sido así, y prácticamente estamos como estábamos. Es verdad que Mariano Rajoy, a diferencia de lo que sucedió en la primera ronda, ha aceptado el encargo de formar Gobierno. Aunque, más exactamente, a lo que se ha comprometido es a intentar buscar apoyos. Algo que es lo que ha venido haciendo con nulos resultados. Y no ha despejado la incógnita de si se presentará o no a la investidura en caso de no lograrlos.
A que se presente en cualquier circunstancia le impele una y otra vez Pedro Sánchez, y ayer volvió a hacerlo en un tono más crispado. Parece que el secretario general del PSOE está deseoso de soltarle a Rajoy en el Parlamento ese “no es que no” en el que está enrocado con un empeño digno de mejor causa. Y después de soltárselo, lo que, tal como están las cosas, significa prácticamente la imposibilidad de un Gobierno de Rajoy, quizá volver él a presentarse. Y muy probablemente repetir el fracaso de su anterior tentativa de investidura.
Con un panorama que no se aclara, la posibilidad de unas terceras elecciones avanza. Aunque todos digan que no quieren que eso suceda. El PSOE carga toda la responsabilidad en Rajoy, cuando los socialistas no son ajenos a ella, al ver al PP como un apestado y negarse en redondo a cualquier acuerdo, insultando de esta forma no ya al partido sino a los millones de electores que le dieron su confianza. Y no solo estos votantes, sino los de otros partidos, no dejan de pensar, en medio de una estupefacción y un cansancio cada vez mayores -varios sondeos apuntan a que en unas terceras elecciones se dispararía la abstención- que nos habríamos evitado este tortuoso y grotesco camino si todos hubieran trabajado por un gobierno de todos los partidos constitucionalistas, lo que no sería desdoro para ninguno de ellos sino que habría dado cuenta de su altura de miras y de su visión de Estado en complejos momentos. Máxime cuando mientras los constitucionalistas son incapaces del pacto, el secesionismo catalán ha reactivado, no por azar precisamente ahora, su delirio de ruptura, y se frota las manos en una España empantanada. Resulta manifiesto que la incertidumbre que se ha instalado o un Gobierno en minoría -que Rajoy ha apuntado como posible, aunque con alguna condición- le da alas.
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