Opinión

El voto anti establishment

TRIBUNA

Luis Asua Brunt | Viernes 29 de julio de 2016

Una gran parte del electorado, e incluso en algún país de forma mayoritaria, vota en contra del statu quo, el establishment, el sistema o como quieran llamarlos. Trump, Iglesias, Tsipras, Le Pen, el Brexit o incluso Macri o los heroicos opositores venezolanos –por mucho que me cueste meterlos en una misma frase junto al segundo de los mencionados- tienen en común que representan un voto de hartazgo hacia el sistema prevalente en sus países.

Este fenómeno es generalmente de derechas salvo en el sur de Europa, donde se vuelve de izquierdas. Es un voto que abarca a toda la sociedad, aunque incide especialmente entre las capas más populares, entre los que han perdido más con la globalización o, como aciertan al clamar Trump o los partidarios del Brexit, entre los grandes damnificados por una inmigración muy desorganizada que empuja los salarios hacia abajo.

Creo que vivimos una crisis del social-liberalismo que ha imperado en Occidente. Esta especie de mescolanza de políticas socialdemócratas con un liberalismo tímido ha generado un estado gigantesco en sus promesas, pero muy ineficiente en sus cumplimientos, que acarrea unas finanzas publicas inviables, una regulación desmedida y una carga fiscal brutal para las clases medias.

El ciudadano que espera algo del estado encontrará pocas veces la satisfacción que le dan otras organizaciones, fundamentalmente las empresas. El Estado se compara muy mal con otras entidades más eficientes y ello genera aún más desconcierto o incluso malestar al sufrir en muchos casos una brutal carga fiscal. El estado actual promete mucho pero satisface muy poco. La tecnología, la educación o los procedimientos hacen que lo que procede del sector privado sea cada vez más eficiente y mientras el Estado cada vez lo es menos.

Otra de las causas del malestar es la sensación de que el estado no es imparcial y que favorece siempre a los mismos. Este es uno de los argumentos centrales de Podemos. Es lo que se denomina “capitalismo de amiguetes”. Cuando en un país las primeras fortunas proceden del sector inmobiliario o de sectores regulados algo no funciona. Se exige transparencia pero ésta se limita a los actores y a los políticos y no a los procedimientos ni las razones para determinadas políticas. Urge redefinir el estado y devolver el prestigio a la política.

Vivimos en un mundo donde la libertad personal no tiene prácticamente límites. Pero este atracón de libertad tampoco satisface y se enfrenta otro tipo de libertad, la libertad comunitaria… “solamente dentro de la comunidad es posible la libertad personal” escribía Marx. Claro que la vida en comunidad puede aportar una gran felicidad, de ahí que los sacerdotes, por poner un ejemplo, salgan en muchos rankings como quienes tienen un trabajo más gratificante.

El problema surge cuando se plantea la libertad de forma maximalista para que abarque a toda la sociedad y esta idea se hace extensiva tanto a la libertad personal como a la comunitaria. Lo que quiero decir es que llevar a la totalidad de la sociedad la libertad personal, de una forma aislada o encerrada en sí misma, lo único que provoca es depresión, anomia o agotamiento. Cuando sólo se apuesta por la libertad dentro de la comunidad se acaba en un régimen soviético, donde se amputa la iniciativa individual o cualquier tipo de ilusión y libertad personal.

El voto anti establishment (no es lo mismo que el voto anti sistema) se extiende desde Australia hasta USA, pasando por Europa e Hispanoamérica. No hay una explicación sencilla para lo que está pasando, pero sí que creo que debemos de retomar nuestras esencias ideológicas liberales para salir de este atolladero. Nunca nos han fallado. Recuperemos las esencias del liberalismo. Urge remodelar nuestras políticas desde las bases ideológicas liberales que siempre han funcionado. Debemos de recuperar el sentido de sociedad civil y comunidad. Hay que propugnar políticas que defiendan a la clase media y que busquen incorporar más población a la misma. Tenemos que resolver el problema del paro y también el de los bajos salarios enquistados de por vida. Hay que empezar a distinguir entre la riqueza adquirida de forma justa de la que no lo es. Simplificar mucho los impuestos y la regulación. Ese es el camino para recuperar el bienestar moral de nuestras sociedades.