Opinión

Homo cretinus

TRIBUNA

Alfonso Cuenca Miranda | Lunes 01 de agosto de 2016

Hace unos días uno de los hijos de quien esto escribe, ante la insistencia paterna sobre la conveniencia de abandonar por un momento la consola de turno y encomendarse a la lectura de un buen libro, preguntó con inocencia: “¿por qué es importante leer?”. Interpelado por la que quizás sea una de las últimas preguntas de la Humanidad (lo cierto es que la pregunta, como siempre, encerraba más valor que la apresurada respuesta), le expliqué que leer es fundamental para pensar por uno mismo, para no dejarse manipular o arrastrar por lo que otros puedan querer que pienses, en definitiva, para atesorar una capacidad crítica propia, o más entendible, para decidir más correctamente, con la mayor cantidad posible de elementos de juicio (aunque la decisión final pueda eventualmente coincidir con la que se adoptase en un proceso menos meditado).

Las generaciones adultas de todas las épocas se han caracterizado por una visión pesimista del porvenir, del destino reservado a sus sucesores, lo que encierra en todo caso un miedo al futuro, ante una realidad que no se llega a comprender del todo o de la que, en el fondo, se lamenta no poder llegar a formar parte. Baste recordar los estudios publicados a medidos del XIX sobre los perniciosos efectos que para la salud humana tendría el desplazarse en ferrocarril a 50 kilómetros por hora. Y efectivamente, no toda época pasada fue mejor, sino más bien lo contrario; no obstante, el silogismo inverso ha de ser igualmente acogido: no todo tiempo presente (o futuro) es necesariamente mejor; o, lo que sería más acertado, no todo aspecto del presente-futuro es necesariamente más positivo que su predecesor: así, como resulta obvio, el mundo no era mejor en 1939 que en 1925.

Lo cierto es que, por muchos factores, frente a lo que suele afirmarse, esa capacidad crítica antes aludida no ha hecho sino disminuir en los últimos tiempos. El venerable politólogo italiano Giovanni Sartori ha podido hablar así del paso del “homo videns” (objeto, hace ya dos décadas, de una de sus más célebres obras) al actual “homo cretinus”, caracterizado por el “pensamiento” efímero y por entero visual, al pairo, a merced de los vientos que desde instancias incontrolables puedan insuflarse. Así, habría que desconfiar de la afirmación de que los jóvenes actuales sean los mejor preparados de la historia. Es verdad que han viajado más y hablan más idiomas en mayor número que en el pasado, pero ello no alcanza a contrarrestar el efecto de otras influencias menos elogiables, destacando entre ellas, el destierro del papel impreso, o mejor dicho, de los libros, a la penumbra de las bibliotecas. Internet no pude considerarse seriamente como un sustitutivo, pese a las loas de los juglares de la era digital. Su propio formato, píldoras pseudoculturales para consumo y, lo que es más grave, digestión instantáneos, así lo impide. La distinción entre información y conocimiento es ahora más pertinente que nunca, sin olvidar que la red, en efecto, cuenta con muchas puertas, pero en numerosas ocasiones los itinerarios posibles están “teledirigidos”, siendo muy limitadas las posibilidades reales de elección de los mismos.

La visión no ciertamente optimista que alumbra estas líneas se alimenta de ejemplos, aislados, bien es verdad, pero muy gráficos respecto a la situación descrita.

En primer lugar, aquellos en los que se hace patente la obsesión contemporánea por subjetivar (en el peor sentido) las referencias culturales, o incluso espirituales, de todo tipo. Hace unos años, a la muerte del pontífice Juan Pablo II, organizada como es tradicional la exposición del cadáver del Papa para que los feligreses pudieran presentarle sus respetos, no eran pocos entre los mismos quienes se hacían “selfies” con el cuerpo momificado de aquél al fondo. En relación con lo señalado, en el Museo del Belvedere de Viena, junto a la sala donde se muestra la obra de Klint hay una pequeña estancia, llamada “sala de selfies”, en la que se “expone” una copia del célebre lienzo “El beso” del pintor austríaco, cuyo original se halla en la sala contigua. Hace breves fechas pude comprobar que era mayor la afluencia de público en la pequeña sala de “selfies” que a aquella en la que se exponen los afamados óleos del artista. Los ejemplos señalados, con parecer anecdóticos, no lo son del todo, pues, como se ha señalado, expresan la creciente reducción de la realidad a un yo egótico e infantilizado, incapaz por tanto de comprender y aprender lo valioso de las creaciones humanas (valgan también las de la naturaleza). Junto a ello, constatan el traslado de los “valores” consumistas al propio espacio cultural-artístico, antaño antitético respecto a los mismos.

En segundo término, y en relación íntima con lo apuntado, la sustitución de los tradicionales referentes intelectuales o culturales, creadores de las tendencias en otros tiempos, por “lo viral”, como faro respecto a lo que pensar o hacer en los tiempos actuales. Ello no sería del todo preocupante si no fuera porque en la mayoría de ocasiones lo más difundido o visitado son escenas en donde se ve a un tigre devorando a una incauta visitante china de un zoológico abierto o, lo que es peor, las últimas abdominales o lapsus de un famoso. De nuevo consumismo, en esta ocasión informativo: lo más atractivo, lo que hay que conocer es aquello que más se difunde en la red.

Pero no solo la Red de redes es la única culpable. La existencia de programas pretendidamente informativos de 24 horas o fracciones relevantes, hace que terrenos tradicionalmente exentos de la frivolización tengan que fijarse necesariamente en los aspectos más banales para mantener el horno encendido. El problema es que ello ha provocado que en muchas ocasiones no se distinga lo accesorio de lo principal, pasando lo adjetivo por sustantivo y viceversa.

Por si el panorama descrito fuera poco, ante la claudicación o el desentendimiento de muchos padres (mea culpa), lo cierto es que desde la escuela poco se logra para contrarrestar los efectos descritos en aquellos a quienes pertenece el futuro. En algunos casos no se hace sino incrementar “el ruido y la furia”. Baste otro ejemplo: en un libro de una célebre editorial para cuarto de primaria (9-10 años), correspondiente a la asignatura “Conocimiento del Medio” (Ciencias Sociales), el tema 2 consagrado a la organización política de España, tras dedicar un párrafo a la situación geográfica de nuestro país, directamente pasa a señalar como órganos de gobierno de la Comunidad Autónoma en cuestión al Presidente de la misma y a la Asamblea Autonómica, sin haber hecho anteriormente (ni con posterioridad a lo largo del libro) ninguna mención al Gobierno de la Nación, a la Jefatura del Estado ni a las Cortes Generales. Para más inri, a renglón seguido se obliga a los niños a memorizar que la asamblea autonómica, formada por diputados y diputadas, aprueba las leyes y los presupuestos de la Comunidad, cundiendo el escepticismo respecto a la capacidad de comprensión de un niño de nueve años del Derecho Financiero.

Pudiera parecer excesivamente sombría la visión que subyace en las líneas que anteceden. En compensación, el autor de las mismas puede señalar que en sus recorridos diarios en el suburbano madrileño contempla con regocijo cómo muchos usuarios se encaminan hacia sus labores diarias con un libro en las manos, muchos en formato electrónico (por cierto, es significativa la práctica desaparición de la prensa escrita, avistada en muy raras ocasiones), si bien en los últimos tiempos va en aumento el número de usuarios de aplicaciones lúdicas de móviles.

Lo señalado hasta el momento puede ser contemplado como una elegía por lo pasado, y, por tanto, focalizado en los aspectos más estridentes de la realidad actual, y en parte debe reconocerse que así es. Con todo, resulta acuciante la necesidad de subrayar la importancia de que cada individuo debe procurarse su propio espacio de conformación de una conciencia crítica, algo que el horizonte presente no le facilita. Ello es aplicable a todas las facetas de la vida, pero, con particular intensidad, al ámbito político. Como ha señalado Sartori, los sistemas político-constitucionales de las democracias se basan en conceptos abstractos y, desaparecida dicha capacidad de abstracción ante un mundo dominado por la imagen, los habitantes del espacio público pueden verse arrastrados a poner en cuestión, cuando a no a demoler, un sistema que les han hecho no entender. El peligro es que ciudadanos sin conciencia crítica son especialmente vulnerables a las manipulaciones desde el poder o desde las orillas del mismo. Todo libro, por baja que pueda ser su calidad literaria, siempre será mejor antídoto frente al referido peligro que “Pokemon Go”.