EPPUR SI MUOVE
Antonio Hualde | Lunes 01 de agosto de 2016
“La Iglesia no puede empuñar otras armas que la oración y la fraternidad”. Esta es la reacción del obispo de Rouen tras conocer el asesinato de un sacerdote de 86 años mientras celebraba misa, degollado por dos islamistas. Hace algunos meses fueron cuatro Misioneras de la Caridad -la orden de la Madre Teresa de Calcuta- quienes morían en Yemen por idéntico motivo. Hay que añadir igualmente los miles de cristianos que han perdido la vida en Irak y Siria a causa de su fe.
Frente a ello, cientos de miles de jóvenes de todo el mundo se han dado cita estos días en Polonia para celebrar la Jornada Mundial de la Juventud. No han llevado a cabo marchas reivindicativas ni proferido eslóganes rabiosos; en su lugar se han empeñado en mostrar lo que decía don Alvaro del Portillo: “la alegría es manifestación del amor a Dios”. Resulta llamativo que en semejante aglomeración de gente no haya habido polémica alguna. Ya sucedió algo parecido durante la JMJ de Madrid en 2011: el comportamiento fue ejemplar.
También lo está siendo el posicionamiento público y privado de la Iglesia en su conjunto desde que ha arreciado la barbarie yihadista. Oración, misericordia y evitar identificar Islam con terrorismo son la “hoja de ruta” que ha dispuesto Francisco y que parece concitar una gran unidad. Y quizá ese mismo sea uno de los frutos del martirio de tantos inocentes: la unidad.
Es tan frecuente como recurrente zurrar a la Iglesia por cualquier motivo. Vende. Y lo peor de todo, muchos de los que lo hacemos somos los propios católicos. Algunos hemos preferido poner el acento en lo escandaloso y sordina a lo positivo, de una forma tan dañina como estéril. Luego, claro, la caída del caballo y posterior conversión resultan demasiado dolorosas. El Papa ha alzado la voz por los refugiados, agitando conciencias en todo el mundo. Cáritas en España atiende a diario a miles de necesitados, y hay una ingente legión de misioneros haciendo muchísimo bien por los cinco continentes. Es el presente, y también el futuro. Volviendo a don Alvaro del Portillo, “no paséis nunca indiferentes ante el dolor ajeno”. En eso está la Iglesia.
Presente y futuro…¿Y qué hay del pasado? Como muestra, un botón. Muerto Fernando el Católico y en espera de que llegase su nieto Carlos I desde Flandes, el cardenal Cisneros se hizo cargo de la regencia. Esto no gustó a ciertos nobles, deseosos de mangonear privilegios. Dos de ellos, el conde de Benavente y el duque del Infantado fueron a verle para preguntarle en base a qué ostentaba aquel poder, a lo que el cardenal abrió la ventana y les mostró un batallón de artillería en posición de combate. “Estos son mis poderes”, resolvió. Afortunadamente, todo evoluciona, y también la Iglesia. Hoy sus “poderes” son otros, compilados en la variedad de carismas que apuntan por igual -cada uno desde su pluralidad- hacia los mismos valores. Es el poder de la mano tendida en lugar del puño cerrado. Dice un proverbio persa que “cuando el sabio señala a la luna, el necio se queda mirando al dedo”. Miremos, pues, en conjunto y en positivo y dejemos de señalar lo que no son sino nuestras propias miserias.